lunes, abril 20, 2015

PARA LEER EL BIENESTAR Y EL EMPODERAMIENTO DEL PUEBLO


Ayer se celebraron las décimo quintas elecciones de delegados municipales del Poder Popular en Cuba. Aparentemente se trata de un asunto interno cubano, y muchos así lo defendemos. Sin embargo, las elecciones en un país bloqueado, perseguido, demonizado, enlistado entre terroristas, como lo es Cuba, no son únicamente un asunto interno.

Las elecciones, en Cuba y en cualquier otro lugar, son, ante todo, un acto de ejercicio de la soberanía nacional y la libre determinación de un pueblo organizado dentro de un Estado nacional. Ambos principios, unidos al de independencia, constituyen a su vez pilares fundacionales sobre los que se levanta todo el sistema de relaciones internacionales.

El acto soberano de votar, en ejercicio de un poder residente en cada ciudadano, implica, al mismo tiempo, un ejercicio de delegación de su representatividad en otro para que lo gobierne. Es una negociación, en el marco de una estructura política y socioeconómica previamente consensuada y codificada en una Constitución, y a la que, si se le abren brechas, todo se arriesga.

Dicho esto, les cuento que hubo una vez un gran Estado, hoy desaparecido, que se construyó, de origen, sobre estos mismos pilares y que, por razón de sus propias deformaciones, claudicaciones, concesiones y del incesante acoso externo, los fue minando hasta destruirse y desplomarse por sí mismo.

Es de esto de lo que tratan las CRONICAS DEL DERRUMBE SOVIÉTICO, contadas sin complejos al cabo de veinte años por este que fue corresponsal del principal diario cubano en Moscú, entre 1990 y 1992, y cuyo final está por ver, como se afirma en la línea final del ensayo Sin el Escudo y en las palabras de la rectora Isabel Allende.

Me han preguntado si no es tarde para publicarlas. Creo que hay vivencias que necesitan asiento, distancia y estudio para ser contadas, sobre todo si son teleológicas, para que no hagan daño. Por eso agradezco a quienes al leerlas en su más primitiva versión, me instaron a salirme del recuerdo telúrico para razonar más sobre los hechos.

Aquí está uno de ellos, el entonces Embajador en Moscú, José Ramón Balaguer Cabrera, con quien tuve el privilegio de compartir no pocos debates sobre lo que ocurría en la URSS, y cuyas recomendaciones me guiaron tanto como las de otros consejeros críticos: el general de división Ulises Rosales del Toro, el maestro de periodistas Guillermo Cabrera Álvarez y la profesora e investigadora Magda Arias Rivera, entre muchos más.

No pocas veces he debido rebatir la idea simplista de que el desplome de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no se debió a una gran conspiración imperialista y occidental, sino a una combinación mucho más compleja de factores, entre los que, sin excluir lo anterior, estuvo también la renuncia a la soberanía del pueblo y del Estado.

Deben saber también que al margen de los errores cometidos –hasta hoy ninguno estratégico-, la revolución cubana tiene una ley no escrita según la cual, ninguna decisión relevante se adopta sin consultar al pueblo. No solo pueden mencionarse aquellos primeros años en que la Plaza era un gran ágora, o recordar el secreto de la Operación Carlota, compartido por millones. El debate y proceso ulterior de adopción de los lineamientos económico-sociales es quizás la más reciente y también, la mayor y más profunda expresión de ejercicio de soberanía de la forma más democrática posible, por el mayor número de cubanos.

Recordarán los contemporáneos y lo estudiarán los recién llegados al ISRI, a la Cancillería cubana o al Departamento de Relaciones Internacionales del Partido, que en el ejercicio del internacionalismo y la solidaridad internacional, Cuba nunca cruzó la raya que limitaba nuestra actuación de las decisiones soberanas de los pueblos y gobiernos receptores: Siria, Venezuela, Guatemala, Congo, Vietnam, Chile, Angola, Etiopia, Nicaragua, El Salvador, Namibia, lo atestiguan.

Sin embargo, cuando en 1938 la URSS sentía acercarse la amenaza del fascismo, Stalin pactó con Ribentrop en nombre de la paz y ocupó a la vez una franja del territorio oriental de Polonia y los países ribereños del mar Báltico, ampliando su territorio a cuenta de la soberanía de otros.

En 1953, cuando ya gobernaba Jrushov, la URSS decidió instalarse definitivamente en el este de Alemania y de su capital, Berlín, en el marco de la tirantez generada por los acuerdos de la postguerra que establecieron la ocupación y división del país derrotado entre las potencias aliadas vencedoras, pretendiendo resolver con un muro de hormigón lo que las ideas no habían logrado.

Cuando la URSS invadió en 1956 a Hungría, la soberanía de los cubanos había sido conculcada por una dictadura militar, y en 1968 cuando se tomaron a Checoslovaquia, Fidel, que ya había derrotado a la dictadura usurpadora de la soberanía nacional, respondió con una pregunta que nunca fue atendida (como no lo fue tampoco la que hizo en 1999 a la OTAN, respecto a si extendería sus operaciones al hemisferio occidental).

Cuando Cuba asumió la presidencia del Movimiento de Países No Alineados, en 1979, la URSS ocupó militarmente a Afganistán. Las experiencias precedentes, incluso las nacidas bajo el estalinismo, habían quedado codificadas bajo una doctrina que se denominó de “soberanía limitada” o “Brezhnev,” por ser el entonces Secretario General del PCUS y Presidente de la URSS su artífice principal, y que en la práctica, resultó una manifestación “imperialista” de su política exterior, como la califica Fernando Rojas en el prólogo.

Al actuar de esa manera unilateral –como también lo hizo durante la crisis de Octubre de 1962, o se propuso hacerlo en medio de la hecatombe el propio Yeltsin, convocando a la revisión de fronteras en 1991-, la URSS impuso un modus operandi en política exterior que minó no solo su autoridad y prestigio internacional y dañó la de sus aliados reales y potenciales, sino que imitó a su adversario.

Al hacerlo, se apartó de los principios del derecho internacional, al tiempo que relegaba al soberano –el pueblo- de la toma de decisiones. Como los grandes acuerdos se adoptaban en la cúpula del poder –en los marcos de la burocracia estatal-, una grieta irreparable se fue abriendo entre gobernantes y gobernados, hasta enajenarlos a los unos de los otros.

Dicho así de breve, de eso trata este libro: de cómo fueron atacadas las ideas y fundamentos del socialismo, del marxismo y del leninismo en la URSS, cómo fueron destruidos el formidable partido y las fuerzas armadas que forjó Lenin, y cómo la burocracia, la corrupción y la apatía los secuestraron, destruyéndolos como armas de ejercicio soberano del pueblo soviético.

Poder, Ideología, Política, Economía, Bienestar, Seguridad, Cultura, Dignidad Nacional… Todo fue dinamitado en nombre de la desideologización, la despolitización, la búsqueda del bienestar individual y el empoderamiento de un pueblo, el de los sóviets, que había perdido el poder soberano que conquistó en épica hazaña.

Esto último es de relevante actualidad para los cubanos. Por ello el libro concluye con un ensayo, inspirado en esa cincuentenaria joya del Che Guevara, que es El socialismo y el hombre en Cuba, y que aproxima, a la inversa y como acertijos, la experiencia vivida del derrumbe soviético, a la otra, heroica, de la resistencia cubana, y las contrasta para que siempre pensemos y busquemos respuestas con cabeza propia y no repitamos errores ajenos.

Nadie podía imaginar, en junio de 2014, cuando fue puesto el punto final, que unos seis meses después, esas mismas nociones que los soviéticos destrozaron, serían puestas a prueba para nosotros, al abrirse una nueva etapa de relaciones con el adversario histórico de la Nación cubana: pensamiento contra pensamiento, valores contra valores. Ese es el destino histórico que nos fijó José Martí  y no tememos otra alternativa que no sea la victoria.

Pero estas CRÓNICAS no se agotan al llegar a los versos de Silvio Rodríguez que obran de epílogo. Les adelanto que otros dos tomos vienen en camino: uno resume varios de los trabajos publicados en Granma en aquellos años, trazos de la renuncia y la conjura, acaso botón de muestra de que, aun dosificada –más que censurada-, la cruel verdad siempre fue contada a nuestro pueblo, por dura que pareciera. El tercer volumen contrasta experiencias vitales de este corresponsal en los años de la petrestroika soviética y del período especial cubano, cuya historia ya requiere ser escrita.

Entre esas últimas experiencias, hay una crónica inédita escrita en 1998, que se preguntaba sobre el surgimiento de los posibles Gorbachovses cubanos, la cual adquirió dramática vitalidad después de la sacudida que Fidel nos dio a todos la noche del 17 de noviembre de 2005, cuando se cumplían 60 años de su ingreso a la Universidad. No se las adelanto, pero sí les sugiero que, al leer estas páginas y cada vez que se encuentren en los meses y años venideros con exhortaciones a la prosperidad y el empoderamiento del pueblo de Cuba, pero renunciado a la soberanía y libre determinación que hemos ejercido como pocos, tengan en cuenta su autocrítica del socialismo cubano y su claridad respecto a lo eterno y lo efímero del legado humano.

Recordemos que estamos aquí, publicando e intercambiando de estas cosas, porque nuestros predecesores, nunca cometieron el error de agrietar los cimientos del edificio nacional, ni se alinearon con la caída de las fronteras, ni con el fin de la historia.

Estamos aquí también, porque sus nietas y nietos crecieron lo suficiente como para demostrarnos su estirpe al hacer valer en Panamá que los derechos no se mendigan, sino que se ganan y se defienden con ideas y hasta con la vida, siempre de pie.

Y podemos incluso hablar ahora de estas cosas, porque el socialismo sigue siendo nuestra elección libre y soberana –construcción heroica, nunca mejor dicho-, porque estamos comprometido con su presente y futuro, y porque ya no es posible dar marcha atrás a la desmesura de echarnos a los hombros a los pueblos de Nuestra América, que el Canciller Roa nos encomendó hace 55 años, cuando abandonó de un portazo la vergonzante Asamblea de la OEA donde Cuba sería juzgada.

Muchas gracias.
Palabras pronunciadas por el autor en la presentación del libro CRÓNICAS DEL DERRUMBE SOVIÉTICO: EL VIAJE DEL CORRESPONSAL DE GRANMA, 1990-1992, en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales del Ministerio de Relaciones Exteriores, La Habana, 20 de abril de 2015.

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