sábado, febrero 27, 2016

LA GRAN PROVOCACIÓN (IV Y FINAL)

En la mañana del sábado 24 de febrero de 1996, Hermanos al Rescate había solicitado autorización para volar en una ruta planificada y luego, contraviniendo todas las normas, las avionetas se desviaron completamente hacia Cuba para ejecutar su provocación. El supervisor del Control de Tránsito Aéreo (ATC) en el aeropuerto de La Habana estableció comunicación con su homólogo del ATC de Miami a fin de esclarecer cuál era la situación de esas aeronaves, quien contestó a los ocho minutos y dijo textualmente lo siguiente:
“Que había consultado con el servicio de guardacostas de Estados Unidos y otras personas, y no se tenía información alguna con respecto a este vuelo.”
Esa es otra prueba de que este fue un viaje deliberado. Aquel día, desde bien temprano, el propio Departamento de Estado solicitó información a la torre de control del aeropuerto de Opalocka acerca de si los aviones de Hermanos al Rescate habían salido o iban a salir y requirió que lo mantuvieran informado. Washington supo ese día, minuto a minuto, todos los movimientos de Basulto y su gente y lo que harían, pero no hizo nada por impedirlo.
A las 10 y 12 de la mañana, las estaciones radiolocalizadoras cubanas detectaron tres objetivos aéreos desconocidos dentro de los límites de las fronteras, los cuales tenían desconectados el código respondedor, mientras realizaban un vuelo paralelo a las costas cubanas en una amplia extensión. Cazas interceptores de la guardia cubana despegaron con la misión de persuadir a las aeronaves violadoras para que desistieran de su actitud, y a las 11 y 30 de la mañana lograron que cesara esa provocación.


Hermanos al Rescate retiró las tres naves y aterrizaron en el aeropuerto miamense de Opalocka sin el más mínimo llamado de atención por parte de las autoridades norteamericanas. Almorzaron, volvieron a pedir permiso a la ATC de Miami para despegar, dieron de nuevo una ruta falsa, y a pesar de todo lo que había pasado esa mañana del 24 de febrero y de las alertas dadas por Cuba directamente desde La Habana al controlador aéreo de Miami, Basulto y sus pilotos recibieron la autorización de vuelo.
Justo después de que José Basulto y otros dos aviones de este grupo despegaron desde el aeropuerto de Opalocka, el controlador de la torre del aeropuerto le deseó por radio: “buena suerte.” y la respuesta de Basulto fue: “la necesitaremos”.
Ese sábado en la tarde el Malecón de la ciudad habanera comenzó a inundarse de personas por los festejos del carnaval. Los grupúsculos contrarrevolucionarios pretendían aprovechar la ocasión para el show mediático, de manera que los corresponsales -muchos de los cuales estaban confabulados con la acción-, reportaran de inmediato a sus agencias para desinformar con “las manifestaciones multitudinarias que apoyaban a Concilio Cubano”.
Mientras, Basulto y sus piratas volaban sobre la zona, como ya creía él que podía hacerlo impune, lanzándoles cosas a los cientos de miles de personas, lo que ya había hecho con sus octavillas y medallas religiosas en otra oportunidad. Eso es pensando que tiraran volantes, porque ya se sabe que estuvo concibiendo lanzar artefactos explosivos.
La Habana, en realidad, esa tarde era un hervidero de acontecimientos. Además de las fiestas carnavalescas, estaba celebrándose el acto de conmemoración por el 40 aniversario de la creación del Directorio Revolucionario 13 de Marzo en las áreas del antiguo Palacio Presidencial; otro foco de atención mediático era una importante reunión del clero católico. También en esa jornada se efectuaría el juego final de Villa Clara e Industriales en uno de los campeonatos más candentes de béisbol que ha habido en Cuba.
Dos horas después del despegue en Miami, los radares cubanos detectaron nuevamente a las tres naves avanzando hacia la Isla. A las 2:57 de la tarde, el controlador de vuelo del ATC de La Habana informa a los pilotos de estas aeronaves que estaban penetrando en una zona militar peligrosa, activada, y que su vuelo corría peligro. Ante la advertencia, Basulto contesta: “Estamos conscientes del peligro cada vez que cruzamos el área al sur del paralelo 24, pero estamos dispuestos a hacerlo en nuestra condición de cubanos libres”.


A las 3 y 15 uno de los pilotos informa a Basulto que se dirige a La Habana, y el otro lo sigue, siguen rumbo hacia la zona de la playa Baracoa, al oeste de la capital cubana. Cuando las dos avionetas se encontraban entre ocho y cinco millas de la costa fueron interceptados por dos aviones Mig, los cuales les hacen varios pases y giros para que desistan, les lanzan las bengalas como llamado de atención. Los pilotos de Hermanos al Rescate hacen caso omiso a los requerimientos y persisten en proseguir su vuelo hacia La Habana. No dejan otra alternativa que interrumpirles el vuelo y son derribados.
Por los comentarios entre otra furibunda contrarrevolucionaria, Silvia Iriondo, que va de pasajera junto a su marido y Basulto, se supo que tenían a la vista la ciudad de La Habana, según se constató por las cintas de audio y un video que el jefe de Hermanos al Rescate hizo para testimoniar la tragedia a la que estaba lanzando a sus compañeros de viaje.
Basulto vio a los Migs con sus giros de advertencia, “nos van a tirar”, dijo, y entonó una risita continua de “ji ji ji ji… como de cierta complacencia, (aunque años después expresaría en el juicio de los Cinco Héroes que era por nerviosismo), e inmediatamente le dijo al copiloto Arnaldo Iglesias que tomara los mandos pues iba a dedicarse a filmar con la cámara de video.
Su misión provocativa se aprecia mucho más cuando nunca dio la orden de retirada a los pilotos de las otras dos naves, pese a las advertencias que recibía del ATC de La Habana y luego los vuelos de los aviones militares cubanos con sus exhortaciones a desistir de la grosera violación del espacio aéreo que desde su avión percibe y comenta con sus pasajeros. También lo hace con uno de los pilotos de los otros dos aviones: hablan de la presencia de los Migs, las bengalas y mencionan una columna de humo que tienen enfrente (el primer avión derribado). A esta tripulación tampoco le dijo que saliera de allí y retornara. Con total desenfado dejó que los aviones siguieran su vuelo desafiante hasta ser derribados.
Como el “capitán araña”, cuando vio que las otras dos avionetas no eran más que dos columnas de humo en el horizonte, y que logró su fatídico propósito, en la cinta se escucha a Basulto decir a sus acompañantes: “Bueno, nos parece que nos tenemos que ir pa’l carajo…”
En su retorno, Basulto vuelve a probar que él tiene patente de corso. Recibió orden del ATC de Miami de aterrizar en Cayo Hueso, y respondió que no, que aterrizará en Opalocka. Ha ocurrido un grave incidente, y este hombre todavía desobedece a las autoridades. Tiene que sentirse realmente muy respaldado y de hecho así lo es, porque, de nuevo, por esta violación no le pasará nada, por el desacato nadie le exige ninguna responsabilidad.
Cuando llegó a este aeropuerto se le ordenó dirigirse hacia la Aduana, y respondió que no, que iría a su hangar, como siempre hacía. Le reiteran que no, que vaya para Aduana, y dice de nuevo lo mismo: “Iré para mi hangar, como siempre lo he hecho.”, con lo cual se demuestra que Basulto y Hermanos al Rescate nunca estuvieron sometidos a las normas de control. Podían haber entrado cocaína, armas, personas, que a nadie le rendían cuenta, porque campeaban por su respeto.
Solo cuando le dijeron por tercera vez: “Venga para Aduana”, y punto, es la orden, se dirigió hacia allí, y ocurrió, entonces, el hecho insólito de que no entrega la cinta, porque aduce un tecnicismo: Aduana no tiene cómo copiarla. Eso no se lo cree nadie .Fue parte de la componenda. Sólo por orden judicial tuvo que entregarla durante el proceso contra los Cinco, y pudo conocerse la verdad de lo que realmente ocurrió ese fatídico día.
La mentira se hace verdad


La primera escaramuza informativa ocurrió el propio sábado 24 cuando las grandes cadenas de televisión propalaron al mundo la versión de que aviones de guerra cubanos habían abatido dos avionetas civiles estadounidenses en aguas internacionales y que murieron sus cuatro tripulantes. Ante cámaras, el presidente Bill Clinton condenaba “de la forma más enérgica” la acción y ordenaba a las fuerzas militares de su país que protegieran las operaciones de búsqueda y rescate en las aguas del estrecho de Florida.
La manipulación mediática de los hechos y las presiones ulteriores, incluso, sobre el equipo investigador de la Organización Internacional de la Aviación Civil (OACI) fueron muy burdas con el propósito de convertir la mentira en una verdad.
Las avionetas de Hermanos al Rescate no cumplían los requisitos establecidos por la propia OACI para ser consideradas como aviones civiles en transporte de pasajeros, carga o correo y sí tenían todas las características para ser consideradas como aeronaves que cumplían acciones piratas, diversionistas o subversivas contra el Estado cubano.
A la hora de la determinación del lugar, ocurrió que Estados Unidos dijo que se perdieron los registros de los radares que, una semana antes y con tanto celo, desde Washington habían ordenado que se documentaran con todo lujo de detalles. Todavía, a 20 años del hecho, se haN negado a entregar las imágenes satelitales de la fecha y lugar de los acontecimientos para corroborar los datos de los radares de Cuba, donde sí quedaron probados los sitios exactos donde fueron derribadas las avionetas.
Quizás ninguna demostración mayor de que la acción se desarrolló en aguas jurisdiccionales de Cuba es que las autoridades norteamericanas ese mismo 24 de febrero solicitaron participar en la búsqueda dentro de las aguas y el espacio aéreo territorial cubano, y recibieron esa autorización. Ya nuestro país tenía helicópteros y embarcaciones de guardafronteras en esas labores. De la misma manera, la evidencia de que Basulto, como jefe del grupo violador, no fue derribado, porque se movió de manera veloz hacia las aguas internacionales.
Luego, hay muchas cosas que fueron retorcidas por parte de las autoridades norteamericanas para evitar reconocer la violación ocurrida aquel 24 de febrero. Por ejemplo, presentaron como testigos a la tripulación del crucero Majesty of the Seas, que al día siguiente fue que escribieron —según ellos— lo que había ocurrido, después que las autoridades norteamericanas se entrevistaron con ellos. Para localizar la ubicación donde cayeron las avionetas se basaron en las observaciones humanas del piloto del buque sobre su cálculo de dónde vio la columna de humo en el lugar supuesto del derribo. La objetividad de ese testimonio ha sido puesta en duda durante estos años, pues esa empresa de cruceros financiaba a la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) y el segundo al mando del buque es miembro de esa organización acusada de actividades terroristas contra Cuba.
El otro testigo del incidente que los norteamericanos presentaron ante la OACI fueron los tripulantes de una embarcación pesquera, quienes entregaron sus testimonios por escrito con una coincidencia exacta desde la a hasta la z en lo que escribieron. Sin embargo, cuando se les preguntó qué estaba haciendo la embarcación pesquera frente a las costas de La Habana, dijeron que estaba pescando…atún. Si Cuba tuviera túnidos frente a sus costas, quizás nuestra industria pesquera estaría compitiendo con el turismo.
Brutus se desencadena

Horas después de la tragedia, el presidente Bill Clinton reunió al general John Shakikashvili, presidente de la Junta de jefes de estados mayores de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, con miembros de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y funcionarios del Departamento de Estado, donde se ofrecieron varias opciones para responder a la acción cubana, incluidos un ataque con misiles Crucero y bombardeos aéreos a varios puntos seleccionados en el occidente de Cuba. Al día siguiente, domingo 25, el presidente reunió al Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca para evaluar la situación.
Los jefes del Pentágono no recomendaron los ataques militares a la Isla. “Dijeron que era mala idea”, señaló el Nuevo Herald el primero de octubre de 1996, con la aclaración del entonces consejero de seguridad nacional, Anthony Lake. Según se ha ido filtrando con el paso de los años, la posición del Departamento de Defensa partía de la situación operativa al valorar que Cuba tiene alto sentido de orgullo nacional, capacidad y preparación militar defensiva, una posición geográfica a solo 90 millas, además de una comunidad asentada en territorio estadounidense que no se podía medir cómo reaccionaría ante ataques que de manera inevitable causarían destrucción en áreas muy pobladas.
Al Palacio de la Revolución en Cuba comenzaron a llegar los alarmantes mensajes de los ataques y bombardeos, cuyo potencial peligro fue una amenaza desde el momento en que la Administración de Ronald Reagan había llegado al poder en 1981 y en la plataforma neoconservadora republicana, conocida como Programa de Santa Fé, se había dejado en claro la intención de “hacerle pagar un costo muy caro a La Habana por el desafío a los Estados Unidos”. Desde entonces, nuestra nación emprendió intensamente su preparación para la defensa en tiempo de paz e hizo refugios y túneles para proteger a la inmensa mayoría de la población, sus recursos fundamentales y sus fuerzas de defensa.
Mientras el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz leía aquellos informes sobre la posible agresión que le entregaban en la secretaría del Consejo de Estado, algunos compañeros se inquietaron por su manera calmada de asumir los riesgos y quisieron inducirlo a tomar las medidas de protección para tiempos de guerra. El Jefe de la Revolución paralizó a todos los presentes: ¿De veras creen que yo me voy a meter en un refugio, cuando mi pueblo va a estar sometido a ese peligro? Dijo una mala palabra fuerte y agregó ¡yo estaré siempre junto al pueblo, pase lo que pase y asumiré todos los riesgos con ellos!
Tras desistir del ataque, Clinton y sus asesores electorales utilizaron el incidente con total oportunismo político y, para desembarazarse de las presiones domésticas con el tema cubano, dieron luz verde a la peor versión de la Ley Helms-Burton, que ya desde el mes de noviembre de 1995 estaba conciliada por el Congreso e iba a ser aprobada de todas maneras.
En todos los debates del Congreso estadounidense siempre fue aprobado el neocolonialista contenido de los dos primeros capítulos de esta Ley, donde esencialmente definen la política de agresión hacia Cuba y los intereses norteamericanos acerca del futuro político de la Isla, bajo el supuesto de que harán colapsar a la Revolución.
Clinton hizo lo que ni los “halcones” Reagan y George Bush padre hubieran aceptado: renunció y les quitó a los venideros presidentes norteamericanos la facultad de decidir la política hacia Cuba y modificó el contexto del litigio entre las dos naciones, dejando su posible solución en el limbo, como ahora lo apreciamos.
“El presidente está feliz de haber podido llegar a un acuerdo con el Congreso”, dijo el entonces vocero presidencial Michael McCurry, pero la felicidad completa la tuvieron los ultraconservadores. El representante Dan Burton, uno de los coauspiciadores de la macabra ley, afirmó que el refuerzo al bloqueo le dará un golpe de gracia al gobierno del presidente comunista cubano, Fidel Castro. “Yo creo que este es el último clavo en su ataúd”, manifestó jubiloso.
Era de esperar tanta jactancia. Para los políticos norteamericanos de esa camada, que viene desde el presidente Eisenhower, como alguien dijo, cuando nada más se les menciona el nombre de Fidel Castro se transforman como los lobos aullándole a la luna.

(Tomado de Lázaro Barredo Medina, en Bohemia)

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