lunes, octubre 22, 2012

CUANDO CUBA CONCENTRÓ TODO SU TEMPLE Y CORAJE

¿Por qué se insiste en los puntos de vista de las dos grandes potencias que en octubre de 1962 se enfrentaron –la URSS y los EEUU- y se silencian la posición y las razones de Cuba frente a aquellos acontecimientos?
Desde el siglo XXI se mira al XX con ojos asépticos. La historia insisten en escribirla los que se autoproclamaron vencedores de la guerra fría, pretendiendo ignorar a los pobres de la tierra, esas grandes mayorías, que sufrimos sus verdaderos avatares y que tenemos pleno derecho a reivindicar nuestras razones.
El 30 de noviembre de 1961, apenas unos meses después de la derrota militar, política y diplomática de la invasión de Bahía de Cochinos, el gobierno de los Estados Unidos aprobó un programa subversivo que devendría el instrumento esencial de su política hacia Cuba, denominado Operación Mangosta. Para Washington, era imprescindible detener el ejemplo libertario y soberano de Cuba con el fin de impedir su propagación por América Latina.
 La Operación Mangosta fue en su momento el más vasto programa emprendido contra una nación extranjera, muchos de cuyos secretos son considerados todavía hoy como joyas de la CIA, es decir, secretos de máxima seguridad nacional, pero del cual se sabe que lo integraban 32 grandes tareas de guerra económica, política, militar, terrorismo, inteligencia y subversión ideológica, a las que se agregó al final una tarea de guerra biológica. El costo estimado de las operaciones superaba los 100 millones de dólares (de la época) por año.
 Como resultado de dicho plan, se cometieron más de 5 mil acciones de sabotaje y actos terroristas contra Cuba en menos de 10 meses y, aunque crearon 452 organizaciones contrarrevolucionarias, no pudieron organizar las “grandes fuerzas guerrilleras” con las que pretendían desatar un conflicto civil interno. Entre las acciones planificadas estuvieron varios planes de atentado contra el Comandante en Jefe Fidel Castro y otros dirigentes de la Revolución.
 Sometida a tan brutales presiones Cuba solicitó ayuda internacional de diversas naciones para fortalecer su capacidad de defensa, puesta a prueba en los heroicos combates de Playa Girón. En el verano de 1962 Cuba aceptó la propuesta soviética de instalar en la Isla misiles nucleares como instrumento disuasivo frente al peligro real de una agresión militar en gran escala y, también, como parte de un esfuerzo global que balancearía los peligros que también enfrentaba la URSS, rodeada de armas nucleares, especialmente tras la instalación de cohetes en Turquía.
 Sin embargo, Fidel Castro, que siempre actuó con profunda ética, incluso ante sus peores adversarios, insistió durante toda la negociación que la instalación de las armas debía ser parte de un acuerdo político público, que fijara con claridad las causas de la decisión, sus límites y su alcance. Los soviéticos prefirieron no escuchar al líder revolucionario y aceleraron la instalación secreta de los cohetes.
 A principios de octubre de 1962 los estadounidenses, cuyos aviones espía violaban regularmente el espacio aéreo cubano en esa época, descubrieron las instalaciones en construcción. Los soviéticos negaron su existencia. Los Estados Unidos, con apoyo de los regímenes dictatoriales de la OEA, decretaron el bloqueo militar contra la isla. El 22 de octubre la guerra era inminente y Fidel Castro, como comandante en jefe, puso en estado de alerta a toda la Nación. Esa misma tarde, el presidente Kennedy declaró una crisis nuclear internacional con el pretexto de la instalación de cohetes nucleares soviéticos en Cuba. El 27 de octubre el Secretario de Defensa yanqui se adjudicó el derecho a violar la soberanía cubana. En respuesta, baterías antiaéreas cubanas derribaron un avión espía U-2 que sobrevolaba el territorio nacional. Esa noche todo el país se preparó para enfrentar el bombardeo con armas nucleares.
 Sin embargo, como había ocurrido al final de la guerra de independencia cubana contra España en el siglo XIX, mientras en Cuba el pueblo y sus líderes se jugaban la vida, en Nueva York, Washington y Moscú los Estados Unidos negociaban en secreto con la URSS, ignorando a los cubanos. Como resultado, los soviéticos se comprometieron a retirar de manera pública sus cohetes de Cuba (que nunca llegaron a estar habilitados) y los Estados Unidos a hacer lo mismo, pero de modo silencioso, con las baterías ya operativas que tenían en Turquía. El pacto restablecía los equilibrios armamentistas entre los dos colosos, pero no asumía ningún compromiso respecto al reconocimiento de la soberanía, independencia y libre determinación de los cubanos.
 Aquella salomónica decisión que aseguró la paz mundial, ofendía la dignidad de Cuba y sacrificaba, en aras de la guerra fría, la seguridad nacional de todo un pueblo, que por voz de su líder máximo, reivindicaba la no aceptación de un pacto que no incluyera el cese del bloqueo económico, comercial y financiero; de los actos de subversión y terrorismo; de los ataques piratas; de las violaciones del espacio aéreo y naval soberano de Cuba, y la retirada de la base naval de Guantánamo. Esa posición consta en los discursos públicos y en las cartas dirigidas por Fidel al entonces secretario general de la ONU, U Thang, así como al premier soviético Nikita Krushov, estas últimas desclasificadas por Cuba desde hace años y convenientemente silenciadas como fuentes para poder comprender los hechos históricos.
 De aquellos cinco puntos, solo al cabo de los años, por la lucha heroica de Cuba y la solidaridad internacional, y porque los yanquis desarrollaron otras tecnologías para alcanzar los mismos fines, se suprimieron solo las violaciones del espacio aéreo y naval. El bloqueo, la subversión, las amenazas terroristas y la ocupación militar de una porción de nuestra Patria aún existen, son expresión del cinismo e hipocresía de sucesivas administraciones estadounidenses y constituyen riesgos permanentes a la paz mundial, a los derechos humanos de los cubanos, a la seguridad nacional y a la existencia misma de nuestra Nación.
 Al recordar aquellos “días luminosos y tristes”, el comandante Ernesto Che Guevara escribió: "Es el ejemplo escalofriante de un pueblo que está dispuesto a inmolarse atómicamente para que sus cenizas sirvan de cimiento a sociedades nuevas y que cuando se hace, sin consultarlo, un pacto por el cual se retiran los cohetes atómicos, no suspira de alivio, no da gracias por la tregua; salta a la palestra para dar su voz propia y única, su posición combatiente, propia y única, y más lejos, su decisión de lucha aunque fuera solo". Silenciar esto es parte sustancial del mismo plan, para que ningún otro pueblo se atreva a pararse y mirar de frente al gran Imperio.
 La crisis fue superada. Se evitó la conflagración mundial, pero sus causas, así como la larga guerra de Estados Unidos para someter a Cuba, siguen vigentes, recordándonos que la paz verdadera se impondrá solo cuando el Imperio acepte la existencia de un país libre, soberano e independiente, que nunca lo ha amenazado, en la Isla que Thomas Jefferson, uno sus padres fundadores, concibió como “la más jugosa adición que quizás pueda hacerse a la Unión americana”.
 Quienes insisten en nuestra capitulación, incluso, mediante la consoladora fórmula “biológica”, derivada de la desaparición natural de la generación fundacional de la revolución, no deberían olvidar que en aquellas jornadas gloriosas de unidad, el miedo huyó de nuestra geografía física y humana, y las palabras “rendición” y “derrota” fueron de hecho suprimidas definitivamente en nuestro vocabulario político y militar. Fue entonces que los cubanos asumimos para siempre esa terca necedad de vivir sin tener precio, que cantó Silvio Rodríguez.

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