sábado, marzo 12, 2011

SCHAFIK ESTARÍA DANDO LAS MISMAS BATALLAS

Queridos compañeros:
 Ante todo quiero disculparme por haber llegado un poquito tarde. Estábamos haciendo un recorrido por las comunidades costeras de La Libertad y Sonsonate que estaban bajo amenaza de tsunami. Terminamos en la planta de combustibles de Albapetróleos en Acajutla. Tratamos de brindar solidaridad y apoyo a los compañeros y trasladarles algunas de nuestras experiencias en la prevención de desastres. Sé que Schafik, que era muy puntual, me habría perdonado esta vez la tardanza, porque habría compartido esas mismas inquietudes.
 Esta noche es una importante noche de batalla de ideas, no solo por los libros que se han presentado. Mientras estamos aquí, conmemorando el primer aniversario de la Casa Museo de Schafik[1], otra reunión ha tenido lugar también hoy en San Salvador, que es la contramarcha o el llamado a la contramarcha. Una reunión convocada por FUSADES[2], en la que se ha vestido de gala el pensamiento neoliberal, derechista, ultraconservador; una fiesta de los apologistas del fin de la historia, de la desideologización y la despolitización con la presencia en San Salvador de Francis Fukuyama[3], del excanciller mexicano Carlos Castañeda[4], de Abraham Lowental[5], entre otras bellezas de esa forma de ver el mundo, de lo cual ustedes han sido víctimas y lo han sufrido como nadie en carne propia.
 Y es importante, decía, porque una de las cosas que nos ha enseñado a creer Fidel[6] a los cubanos, es que una revolución verdadera tiene que ser hija de la cultura y de las ideas; y un museo, una casa, un instituto, un partido, un pueblo, que mantienen vivas las ideas de Schafik Hándal están siendo consecuentes con ese concepto de preservar ante todo aquello que hace a los pueblos seres pensantes, revolucionarios y revolucionadores. Sobre todo, a la hora de evaluar los acontecimientos del mundo en que vivimos y actuar sobre ellos.
 Como decía Schafik en un análisis punzante de los sucesos que condujeron al derrumbe del socialismo en Europa y en la Unión Soviética: “las ideas son la esencia, lo que cambia es el fenómeno”. Esta frase, que tiene un laconismo extraordinario, sirve para plantearnos el tipo de reflexión que debemos hacer quienes sobre todo no conocimos a Schafik, incluso nosotros, que solo conocimos el Schafik de la tribuna en la Plaza de la Revolución de La Habana, el Schafik de los periódicos, y no pudimos gozar del privilegio que disfrutaron muchos de ustedes de estrechar su mano, de divertirse con su humor y compañía, de sentir su genio y verlo y escucharlo en la conversación privada y en la polémica, en la clase, en la persuasión y en el combate de las ideas.
 Es esta inspiración la que me hace plantear, al calor de los libros que se presentan, cuatro preguntas, referidas a la idea del socialismo, que flota en todas estas discusiones, y a la idea misma de la revolución: ¿Qué socialismo se derrumbó y por qué? ¿Qué socialismo no se derrumbó y por qué? ¿Qué socialismo se puede derrumbar y, también, por qué? ¿Qué socialismo debemos construir para que no se derrumbe?
 Aquí, indudablemente, hay que pensar en todos aquellos acontecimientos, errores, cometidos por los partidos comunistas europeos, por el Partido Comunista de la Unión Soviética, que condujeron a la desaparición de aquel mundo que se nos había presentado como la Santa Sede de las ideas revolucionarias y comunistas, y que en determinado momento, incluso, pretendieron apropiarse de ellas, por lo cual los revolucionarios latinoamericanos, que nos acercábamos al socialismo desde una perspectiva cultural e histórica totalmente diferente, no la de las sociedades obreras europeas, o la del feudalismo ruso, como se acercaron los bolcheviques soviéticos, sino desde el neocolonialismo más feroz, desde la explotación despiadada, casi esclavista, de las masas de campesinos e indígenas en nuestro continente, comenzábamos a percibir aquellas ideas desde otro ángulo, a pasarlas por el subconsciente de nuestras culturas y tradiciones nacionales y, en algunos casos, a hacerlo, como enseñaba Mariátegui[7], “una creación viva” de nuestros pueblos, ni copia ni calco de otros.
 Sin lugar a dudas, uno de los pecados originales en esta historia del derrumbe, fue el de haber impuesto el socialismo a sociedades bajo el peso de los tanques soviéticos que liberaban a Europa del fascismo. Bolívar no cometió ese error en América. Y si se rompe la unidad en el siglo XIX, no fue precisamente por el pecado soberbio de imponerle a Bolivia, a Ecuador, a Perú el mismo sistema republicano que se forjaba en Venezuela. Digo esto para subrayar esa vocación latinoamericana de ser genuinos y auténticos en nuestras creaciones políticas.
 Luego están los demás errores que se han ido conociendo después y que el propio Schafik devela en el análisis que hace de aquellos acontecimientos, de cómo el partido aquel, que había sido creación viva de Lenin, se convierte después en un monstruo burocrático que devora a sus propios militantes, que los enajena y que en el año 1991 –ya en vísperas de los grandes acontecimientos mortales que tuve la suerte o quizás la desdicha, ¡o el aprendizaje! de presenciarlos, de ser testigo excepcional de ellos-, lleva a ese partido a convertirse en alguien incapaz de llamar a las masas a la calle para defender el socialismo por el que sus fundadores habían luchado y muerto; porque sus líderes habían ordenado la represión de esas masas por estar protestando contra las reformas económicas que iban destruyendo y desmontando el sistema social al que había dado vida ese mismo partido.
 Eso fue en abril de 1991. Pero en el mes de mayo ocurrían otras cosas más dramáticas, porque se había aprobado la ley de partidos políticos, del paso al pluripartidismo, y ocurrieron tres cosas: la primera, una marcha del Primero de Mayo a la que se podía asistir solo por invitación. ¡Qué pueblo, qué obreros se convocaban a marchar por cuál sistema, que solo admitía a manifestantes invitados! Lo segundo; el 9 de mayo, el ejército que puso de rodillas al fascismo se arrodillaba también ante la bandera de las barras y las estrellas. Y lo tercero: el partido que había fundado ese país tenía que solicitar permiso para inscribirse y ser “legal” como partido político. Parecería sacado del surrealismo más absurdo.
 Estos elementos mencionados, muy breves, ayudan a explicarnos esa primera pregunta sobre qué socialismo se derrumbó y por qué. Porque al saber qué se derrumbó y por qué, si tenemos claro que aquel sistema había dejado de ser lo que aspiraba en sus inicios, y había dejado de ser paradigma, de ser ejemplo, de ser modelo, y sus líderes, la organización, habían perdido aquel carácter de vanguardia por el que tanto Schafik siempre se preocupó, nos lleva entonces a preguntarnos: bueno, y los que no se cayeron, por qué no se cayeron. E indudablemente esto nos lleva a Vietnam, nos lleva a China y, para hablar de lo que conozco, nos lleva también a Cuba. Y hay algo que vuelve a ser de nuevo piedra de toque: la autenticidad.
 La revolución cubana no llegó al poder por la vía de una invasión extranjera, sino que creció del mismo pueblo, de nuestras propias tradiciones. En el pensamiento, en la médula, en la misma columna vertebral de la revolución cubana estaban los pensadores y todas las ideas de todos los revolucionarios cubanos desde el momento fundacional de nuestra nación en el siglo XIX; pero no solo desde el momento en que los cubanos se alzaron en armas sino desde el instante en que un cubano por primera vez le dijo a los otros: somos un pueblo con carácter e identidad propia y debemos proyectarnos y manifestarnos como tales ante el mundo y ante la historia, y por tanto, sobra un poder extranjero que nos gobierne y nos diga cómo comportarnos. Así, desde el padre Félix Varela, que fue maestro de quien después sería maestro de José Martí, se va tejiendo a lo largo de la historia de Cuba una historia que encadena hechos y nombres, y que nos conduce hasta Fidel Castro y aún más, nos trae hasta nuestros días en que cinco compatriotas y luchadores antiterroristas presos, en nombre de su Patria, desafían al más grande todos los imperios. Ello ha sido posible justamente por ese apego a lo cubano, a lo nacional, bebiendo siempre de lo universal, porque de lo contrario, cometeríamos el pecado del aldeano presuntuoso que cree que el mundo entero es su aldea, como decía Martí.
 Ese fue un elemento importante. Y otro elemento importante es algo que aparece también siempre como línea conductora en el pensamiento de Schafik y que los revolucionarios cubanos hemos tratado en todos los momentos de preservar. Ha sido justamente el papel de la vanguardia política, del liderazgo político dentro de la revolución. Un papel que no está otorgado por acuerdos, por reuniones, por congresos, o por decisiones de dedo e incluso decretos constitucionales, aunque las coyunturas pudieran determinar que ello se produzca, sino que se da por un crecimiento de la ejemplaridad de los revolucionarios, de la lealtad de los revolucionarios a las ideas, de la fidelidad a los principios y sobre todo, de la capacidad de los revolucionarios de interpretar a esa gran masa que constituye la conciencia colectiva de la Nación y es la verdadera protagonista de las revoluciones.
 Entonces, haber logrado esa simbiosis entre el ser vanguardia y ser intérprete de los sentimientos, de los anhelos, de los valores de todos y cada uno de los cubanos, estar conscientes que construimos voluntariamente un nuevo país sobre la base de un consenso nacional –que no significa la unanimidad, que significa una suma de voluntades puestas de acuerdo en que el camino es ese y no otro- fue lo que, llegado el momento de la guerra de los mundos, como dijo en algún momento un poeta cubano, nos permitió mantener la unidad y estar del lado de los que fundan, de los que aman, de los que construyen, y entender que no podíamos destruir lo que había costado tantos siglos y años edificar.
 ¿Que nos equivocamos en el camino? Sí. En uno de los análisis más lúcidos de Fidel Castro, de los más electrizantes, por su autocrítica descarnada, el 17 de noviembre de 2005, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, -a Fidel siempre le ha gustado utilizarla cuando necesita plantear ante la revolución cubana, ante los revolucionarios, ante el pueblo, el debate de grandes ideas, y emplea el podio universitario porque la universidad es la cuna de las ideas y del pensamiento revolucionarios-, Fidel lanzó dos tremendas diatribas: la de que los cubanos habíamos cometido el pecado capital de creer que sabíamos cómo se construía el socialismo y que el socialismo no caería en Cuba víctima de una agresión externa, sino de nuestros propios errores e inconsecuencias. De un golpe Fidel nos sacudió y nos puso a pensar de una manera diferente, sobre todo lo que habíamos hecho, sobre cómo lo habíamos hecho, para qué lo habíamos hecho, y la necesidad de plantearnos una relectura crítica de nuestro trabajo y de nuestra acción en función de los nuevos tiempos y rectificar.
 ¿Se acuerdan de lo que dije al principio de Schafik? “Las ideas son la esencia. Lo que cambia es el fenómeno”. Se mantenían vivas en el mensaje de Fidel al pueblo de Cuba, a los estudiantes, las mismas ideas que ha enarbolado él como líder revolucionario, pero que también ha enarbolado la revolución cubana a lo largo de la historia y, al mismo tiempo, Fidel nos hacía ver que había cambiado el fenómeno, que había cambiado la época, por si acaso alguien no había entendido su más hondo concepto esencial de los últimos años, que es su concepto de Revolución, al que ustedes con frecuencia se refieren en sus discursos y en sus análisis, y que plantea, ante todo, que “Revolución es sentido del momento histórico”, y a continuación añade un conjunto de razones que desde su punto de vista deben observarse para que un proceso político genuino no pierda en la brega cotidiana, en el desgaste extraordinario de la batalla contra el Imperio, contra los poderosos, aquello que le da el lustre de ser revolucionarios auténticos, de ser transformadores, de ser ejemplares, de ser actuales todo el tiempo.
 Hay una vieja teoría política que plantea que las revoluciones tienen una etapa y después vienen los períodos de estabilización institucional. Y había otra teoría, atribuida a Trotski[8], de la revolución perpetua. En el pensamiento de Fidel no hay ni lo uno ni lo otro, sino la capacidad de renovarse constantemente, de crecerse constantemente ante cada desafío que plantea la vida a un verdadero proceso político, sin que pierdan el filo las virtudes. Y en ese punto entonces entronco con otra de las preguntas que traía: ¿qué socialismo se puede construir en esas condiciones, para que no se derrumbe?
 Bien. Yo creo que tanto Nidia[9] como Paco[10], al citar a Schafik, dieron la respuesta. Él lo decía: “nuestro propio modelo y el papel de la vanguardia”, “nuestro propio modelo y el papel de la vanguardia”. Con ello Schafik nos demostraba, desde mi punto de vista, su capacidad extraordinaria para ser profundamente marxista, universal, y ser a la vez genuinamente latinoamericano, genuinamente centroamericano, genuinamente salvadoreño. Si uno relee la obra de Schafik –lo he hecho en estos días tratando de prepararme para este desafío que tan generosamente me planteó Tania[11]- atisban, por momentos las ideas, los pensamientos, parábolas, vueltas que se dirigen a lo más preclaro del pensamiento y la cultura salvadoreñas, ya sea para criticar, para retomar o para diseñar el futuro. Y ahí están Masferrer[12], Farabundo[13], Mélida[14], Roque[15], Romero[16], poetas, de todo lo que había producido el pensamiento salvadoreño en más de siglo y medio. Y todo eso Schafik lo mezcla y produce un pensamiento nuevo, con lo cual nos está revelando su profundo carácter marxista, dialéctico, de dar un salto en pos de una nueva calidad. Con ello subraya nuevamente aquello a lo que me referí, basándome en Fidel, de que una revolución verdadera solo puede ser hija de la cultura y de las ideas.
 Por eso Schafik, con todo su carácter recio que le caracterizaba, hoy estaría dando las mismas batallas, por ejemplo, por extender la alfabetización a todos y cada uno de los rincones del país. No solo para cumplir con una meta de campaña electoral, con una meta de un plan de trabajo político, sino convencido de que en la medida que todos y cada uno de los salvadoreños puedan leer y escribir y se eduquen, no los podrán seguir engañando más, porque podrán comprender mejor el mundo, podrán interpretar mejor las complejidades del tiempo, y sobre todo, podrán entender mejor a una vanguardia política que siempre tiene que marcar el paso con ideas avanzadas y necesita explicárselas, pero no rebajándose al nivel del analfabeto para que las entienda, sino levantándolo, encaramándolo en el conocimiento, armándolo con esas ideas y llevándolo adelante. Y de ese mismo modo estaría Schafik en todas las demás batallas que hoy ustedes libran. 
 En la medida que lo he ido leyendo y conociendo más. En la medida que me ido acercando más a Schafik, a su obra, a través de ustedes, entiendo también mejor por qué las derechas salvadoreñas llevaron a este país a la situación de indigencia en que lo dejaron, a la situación de abandono, de desamparo; por qué redujeron el pensamiento y la cultura a apenas meros atributos simbólicos de poder y, en muchos casos a modas cursis de las familias oligárquicas. Los empeños que hoy ustedes realizan y que generan la mayor admiración, el mayor respeto, y que le han granjeado a este partido dentro de la izquierda continental y dentro de la izquierda mundial un sitial de honor, porque han sido capaces de actuar en la paz con la misma valentía, heroicidad y modestia con que actuaron durante doce años de heroica guerra revolucionaria y popular, son los valores que con toda seguridad permitirán que se fortalezca el proceso de transformaciones que ustedes han puesto en marcha.
 En una oportunidad, en uno de los momentos más duros de los años noventas, cuando por todas partes se contaban los días que le quedaban a la revolución cubana, cuando nadie daba un chícharo, como decimos los cubanos, por nuestra supervivencia, cuando entre los pocos que iban a La Habana a reafirmar su compromiso y su solidaridad con Cuba estaban los revolucionarios salvadoreños, muchos de los cuales están aquí presentes, y que fueron a La Habana a decirnos que habían estado con nosotros en las buenas y estaban con nosotros en las más duras circunstancias, a sabiendas que corrían grandes riesgos con el proceso de paz que se había echado a andar en El Salvador; en aquel momento, en una de las reuniones de esa época, cuando contábamos los barriles de petróleo que nos quedaban para iluminar cuatro horas a nuestras ciudades, o repartíamos lo poco que producía la tierra en ese momento, Raúl[17] tuvo la lucidez de decirnos a los cubanos algo que él practicaba desde mucho antes y que nos proponía fuera una brújula en nuestra conducta: nos dijo Raúl que cada vez que estuviéramos en una situación difícil, cada vez que nos enfrentáramos a un problema, cada vez que nuestras fuerzas fallaran, cada vez que sintiéramos que no podíamos con el camino que teníamos por delante, pensáramos y nos preguntáramos qué haría Fidel en esas condiciones, qué habría hecho Fidel. Y con la respuesta, que de antemano la sabíamos, porque la única alternativa de Fidel siempre ha sido la victoria, retomaríamos el camino, encontraríamos la ruta y actuaríamos a favor de las mismas ideas que necesitaban ser replanteadas para no perdernos en la búsqueda del sol que habíamos fijado.
 Trazando entonces una parábola. Sabiendo que más que amigos, que más que compañeros de lucha, Schafik y Fidel fueron entrañables hermanos que se profesaron respeto y admiración mutua y extraordinaria. Que llegaron a confiarse los pensamientos más íntimos y las reflexiones más profundas sobre el destino de nuestros pueblos y la lucha revolucionaria en América Latina y en el mundo, me atrevería, con idéntico cariño y respeto y sin el menor asomo de presunción, a proponerles similar desafío: cada vez que estén ante una situación difícil. Cada vez que las fuerzas fallen. Cada vez que el camino parezca que se hace imposible. Cada vez que alguien los traicione, piensen –como nosotros en Fidel-, en cómo lo haría Schafik. Piensen cómo lo habría hecho Schafik.
 Yo estoy convencido que este partido extraordinario, con una historia que asombraría a los más legendarios pueblos de la humanidad, con una devoción, con una honestidad que ahora cuando algunos se rasgan vestiduras en la Corte de Cuentas y en las cuentas de los políticos y de los empresarios, descubren que estos políticos y los empresarios que hay dentro de este partido no viven en los caserones de El Escalón, sino que siguen viviendo en sus casitas de Soyapango y de Mejicanos, del centro de San Salvador, de los barrios populares; que todo eso que los hizo grandes con las armas durante veinte difíciles años de construcción de la democracia, de la paz, haciendo aquello que decía Schafik, cambiando el sistema por dentro, sin que el sistema los haya logrado cambiar, que siga siendo el blasón, el orgullo del pueblo salvadoreño; que siga siendo esa estrella que los guió a la extraordinaria victoria del 15 de marzo del 2009, y que los siga guiando en los años por venir, para el bien de este pueblo, de esta patria pequeña y valerosa.
 Muchas gracias

PALABRAS EN EL COLOQUIO CON MOTIVO DEL PRIMER ANIVERSARIO DE LA CASA-MUSEO DE SCHAFIK HÁNDAL, San Salvador, 11 de marzo de 2011.


[1] Schafik Jorge Hándal, líder comunista y revolucionario salvadoreño, fundador y guía del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.
[2] Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social. Tanque pensante de la derecha salvadoreña.
[3] Francis Fukuyama, filósofo estadounidense padre de la fracasada teoría del fin de la historia y de las ideologías.
[4] Carlos Castañeda, político derechista mexicano desertor de la izquierda y hoy acérrimo enemigo de esta, donde quiera se manifieste.
[5] Abraham Lowental, teórico de la globalización neoliberal, vinculado a los más importantes tanques pensantes de la política exterior de Estados Unidos.
[6] Fidel Castro Ruz, líder histórico y Comandante en Jefe de la revolución cubana. Primer Secretario del PCC.
[7] José Carlos Mariátegui, destacado marxista y revolucionario peruano que realizó una de las lúcidas interpretaciones de los ideales socialistas y comunistas a la realidad latinoamericana.
[8] Leon Trotski, uno de los fundadores y líderes del Partido Bolchevique y de la Revolución de Octubre, además de teórico marxista.
[9] Nidia Díaz, en realidad Martha Valladares, comandante guerrillera del FMLN. Actual diputada centroamericana y Secretaria de Relaciones Internacionales del mismo partido.
[10] Francisco Valencia, prestigioso periodista y militante del FMLN, actual director del periódico Diario Co Latino
[11] Tania Vichkova de Hándal, viuda de Schafik Jorge Hándal.
[12] Alberto Masferrer, destacado pensador, polígrafo y socialista utópico salvadoreño del primer tercio de siglo XX.
[13] Agustín Farabundo Martí, líder obrero y comunista salvadoreño, fundó el Partido Comunista Mexicano y luego el Centroamericano. Entendió la importancia de aliarse a los pueblos originarios de Centroamérica para luchar por el cambio social.
[14] Mélida Amaya Montes, conocida como comandante Ana María, destacada maestra normalista y pedagoga, además de líder comunista. Contribuyó a desarrollar con sus ideas la escuela salvadoreña y forjar la alianza popular revolucionaria en su país.
[15] Roque Dalton, el más grande poeta salvadoreño y destacado combatiente revolucionario.
[16] Monseñor Oscar Arnulfo Romero, considerado guía espiritual de la Nación salvadoreña. De miembro del Opus Dei pasó a abrazar y dar voz a las luchas de su pueblo contra las dictaduras y sus atrocidades. Murió asesinado por los escuadrones de la muerte.
[17] Raúl Castro Ruz, uno de los líderes principales de la revolución cubana, general de Ejército y actual Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros. Segundo Secretario del PCC.

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