Buenos Aires ya no es
Buenos Aires. Esta ciudad de diez millones de habitantes está desierta, en
pausa. La avenida Corrientes, corazón de la vida comercial, con sus decenas de
teatros, cines, librerías y cientos de tiendas, es una rampa muda donde el sol
centellea arrojando la sombra larga del obelisco de la independencia.
Los anuncios
lumínicos están apagados. Cerraron los asados, pizzas y cafés con sus cortados
y medialunas. Falta el bullicio de los porteños y de sus miles de visitantes,
que hasta hace una semana iban y venían por costumbre, por amor, por
curiosidad, por deber y hasta por “boludeces”. Solo palomas, gorriones y
gaviotas se desplazan entre los edificios y parques en silencio, como animitas.
Duele el silencio, tan ajeno a esta ciudad de hábitos atrabiliarios y escandalosos. Solo lo quiebra el paso de una ambulancia o un auto de la policía. O se rompe cada noche, cuando a las nueve en punto la gente se vuelca a los balcones, ventanas, puertas, y algunos pocos valientes o indisciplinados a las aceras y calles, para aplaudir.
¿A quién le
aplauden los argentinos? A los trabajadores de la salud, a los suyos y a los
del mundo; a los que les ha correspondido el mayor de los sacrificios en esta
pandemia global de coronavirus.
Privilegiado
con un salvoconducto para moverme en la cuarentena por razón de mis funciones
en este país, los he visto a toda hora camino o a la salida de sus largas
guardias, con sus ropas azules, verdes o moradas, con sus batas blancas
estrujadas, a veces sin quitarse el gorro los hombres o con el pelo despeinado
las mujeres, después de largas noches de guardia.
Algunos usan
el nasobuco y solo se dan cuenta que llevan puestos protectores de ojos cuando
una llovizna otoñal les salpica repentinamente. No hay pedantería en su
conducta. Son héroes que entran y salen del campo de batalla sin preocuparse de
ellos, sino de la vida de los demás. En cada uno veo reflejados a los míos,
vencedores de terremotos, huracanes y epidemias en casa y en el mundo.
En jornadas
como estas vuelven a mi memoria los días aciagos del verano de 1981 en Cuba,
cuando nos introdujeron el dengue hemorrágico y la gente moría por decenas,
incluidos 101 niños. Entonces era un periodista practicante en penúltimo año de
la carrera, y estuve entre los que fue a donar sangre. Vi las escenas
angustiosas de los médicos y enfermeras que se esforzaban por enfrentar lo
desconocido. Es comprensible el dolor de un familiar por la pérdida de un ser
querido, pero nadie imagina los desgarramientos en el alma de un médico por la
muerte incontrolada de sus pacientes.
Los de Buenos
Aires no son muy diferentes a los de La Habana, salvo que los nuestros añaden
una escuela y una experiencia de entrega a otros pueblos del mundo que los ha
encumbrado como símbolos de solidaridad planetaria. Más que médicos, son
ángeles guardianes de la vida, dijo de ellos Fidel Castro, rendido ante las
evidencias de su sacrificio.
El ministro
de salud de la provincia de Buenos Aires, ese otro “país” de 15 millones de
corazones que rodea a la capital, esbozó la idea de reforzar con cubanos los
valerosos equipos locales, enflaquecidos por cuatro años de brutal
neoliberalismo. Algunos de los comprometidos con la tragedia, sus voceros, y
sus orientadores aquí y en Estados Unidos, reaccionaron con usual fiereza y
denuestos contra la idea.
Bastaron
apenas 24 horas para que la #ArgentinaDeTodos, la #ArgentinaUnida de Alberto
Fernández y Cristina Kirchner, respondiera con un clamor a los que en medio del
desastre atacan a Cuba y buscan salvar su dinero y privilegios. La verdad
inconmovible de que #CubaSalvaVidas se impuso como certeza de un pueblo que nos
ve como hermanos, nos quiere y admira.
Pero la
justeza de la causa se reafirmó en la noche del jueves 26, cuando el
Presidente, que en la mañana había advertido a sus pares del G20, que el mundo
había cambiado y que ellos, los líderes de los países ricos y emergentes no
podían quedarse pasivos frente a sanciones que suponen bloqueos económicos que
solo asfixian a los pueblos en medio de esta crisis humanitaria, volvió a
decir, en cadena nacional, y esta vez sí con todas sus letras, que debía
ponerse fin a los bloqueos contra Cuba y Venezuela.
Alberto
concluyó sus palabras antes de las 21:00 horas, y Argentina, que se había
quedado en casa, como exhorta uno de los pocos lumínicos que ha sobrevivido en
la avenida Corrientes, salió como cada noche a los balcones, a las ventanas, a
las puertas y a las calles, y empezó a aplaudir… Mas de pronto, ¡empezó a
cantar!
¿Es posible
imaginar un país entero cantando? Bueno, hasta ahora solo lo creía posible en
Cuba. Pero ¿Argentina? ¿Por qué no en la tierra de los tangos, las milongas y
los payadores? Cuando treinta de las más grandes voces de la canción rioplatense se
unieron en línea, desde la cuarentena de sus casas, con las redes sociales, con
la televisión y la radio, entonaron La Cigarra, de la inmortal María Elena
Walsh, la gente, que aplaudía, de suyo rompió también a cantar, y luego selló
la noche con una ovación.
Y yo, tan lejos de
mi Isla que salva, pensé que también le cantaban a nuestros médicos,
bienvenidos donde quiera que vayan, y a nuestra resistencia heroica frente al
bloqueo. Ya me habían demostrado antes que esa Argentina medio quebrada que se
ha puesto de pie y prefiere hoy rescatar vidas en vez de su maltrecha economía,
también es solidaria y no se olvida de su barrio.
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