jueves, octubre 08, 2026

UNA OBRA DE PASMOSA VIGENCIA

ImagenImagen En el marco de la celebración de la XIV edición del Modelo de Naciones Unidas Ágora´2026, que la Universidad de Relaciones Internacionales Raúl Roa García, ISRI, celebra desde 1988, presenté el libro Playa Girón en la ONU: el famoso debate Roa vs Stevenson, una obra de pasmosa vigencia ante la deriva que toman los acontecimientos en Estados Unidos, en Nuestra América, en el mundo, y en la recrudecida agresividad contra la revolución cubana; en un contexto de crisis, descrédito y anulación del derecho internacional y de los organismos multilaterales...
PALABRAS DEL DR.C PEDRO P. PRADA, EMBAJADOR Y VICERRECTOR DE INVESTIGACIÓN Y POSTGRADO DEL ISRI EN LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO PLAYA GIRÓN EN LA ONU: EL FAMOSO DEBATE ROA VS STEVENSON. LA HABANA, 7 DE OCTUBRE DE 2026

Queridos estudiantes:
El libro que se presenta hoy, Playa Girón en la ONU: el famoso debate Roa vs. Stevenson, editado por Ocean Sur en 2025, no es un libro de ocasión, ni de memorias, ni de historia de la diplomacia.
Ante todo, debemos felicitar y agradecer a Ocean, a su director David Deuchtman, a Ana María Cabrera, su representante en Cuba, y a todo el equipo habanero de la editorial, por haber rescatado archivos de la Primera Comisión de las Naciones Unidas, de la Cancillería, del libro Canciller de la Dignidad, y los originales revisados del propio ministro Roa, para devolvernos la película de una de las más formidables batallas diplomáticas de nuestro tiempo.
Como glosa Roa-hijo en el prólogo, aquel encontronazo en Nueva York, “más que un debate diplomático, fue un choque de ideas de dos puntos de vista sobre los conceptos de libertad, independencia, soberanía y dignidad, absolutamente diferentes. Fue el enfrentamiento de dos formas de vida”.
No solo son valiosas la segunda y tercera parte del libro, que ponen frente a frente a Raúl Roa contra Adlai Stevenson, sino la primera, en la que el cubano, recién nombrado al frente de la cancillería de la Isla, se enfrenta al predecesor del yanqui: el embajador James Wadsworth, ante quien despliega el mapa de la batalla política y diplomática que sobrevendrá si Estados Unidos insiste en sus planes contra Cuba, recordándonos que él es un martiano que bien ha aprendido que “en prever está todo el arte de salvar”.
Para entender la lógica del enfrentamiento verbal de dos colosos en abril, no se puede prescindir de ese esencial mes de enero de 1961 en el que era imprescindible advertir al mundo lo que iba a ocurrir, mostrar al adversario, sus planes agresivos, su creciente bloqueo económico y sus actos de subversión cultural, ideológica, política y diplomática; el financiamiento, organización, armado y empleo de la contrarrevolución interna y de gobiernos títeres de América Latina, así como el conocimiento y empleo de los recursos del derecho internacional y de sus órganos, en primer lugar, el Consejo de Seguridad y luego, la Primera Comisión -conocida entones como “de Política y Seguridad” y ahora, como “de Desarme y Seguridad Internacional”.
Debe entenderse el contexto de hace 65 años: Estados Unidos acaba de romper relaciones con Cuba. Entonces brillan las palabras con que Roa selló aquella primera porfía, que pudieran haber sido las mismas de nuestra diplomacia el pasado 29 de febrero, fecha de la primera orden ejecutiva contra Cuba del binomio Trump-Rubio:
“No hay que equivocarse –dice Roa. Cuba no tiene agravios ni querellas con el pueblo norteamericano. La actitud resentida, hostil, predatoria y soberbia del Gobierno del presidente Eisenhower, le es radicalmente ajena (…). Nuestras puertas siempre han estado abiertas y seguirán abiertas a los amigos con que contamos en Estados Unidos; y confiamos en que las relaciones hoy suspendidas entre ambos países, se reanuden en un día no lejano, sobre bases de igualdad absoluta, respeto recíproco y provecho mutuo”.
Tras esta afirmación, Roa emplaza al Consejo de Seguridad a designar a Estados Unidos como país agresor y advierte al mundo con vehemencia que, en caso de ser agredida, Cuba hará uso de su derecho a la legítima defensa, y que Washington deberá contar que, en su patriótico empeño, la isla no estará sola ni desamparada, augurándole un “Waterloo”.
De modo que, cuando uno llega leyendo al 15 de abril de 1961, entiende por qué Raúl Roa ya está en la ONU, esperando el día “D”, para lanzarse con su equipo a la pelea en los salones y pasillos del rascacielos del río Hudson, como lo hacían desde la madrugada los artilleros antiaéreos cubanos contra los aviones que bombardeaban aeropuertos de La Habana, Santiago de Cuba y San Antonio de los Baños.
Mis compañeros multilateralistas no me dejarán mentir, y ustedes, futuros colegas, deben saber que, para un diplomático en general, y en particular para un cubano, es imprescindible dominar a profundidad e interpretar no solo el articulado sino el espíritu de las reglas y procedimientos que rigen el funcionamiento de los órganos del sistema de Naciones Unidas y, aun así, ser capaz de desafiarlos inteligentemente con categorías inapelables del derecho, como hizo Roa aquella mañana, al contraponer al concepto de “orden formal” con que se pretendía callarle, el de “orden vital”, que establece una primacía de vida por encima de cualquier orden.
Roa era consciente que se enfrentaba a un brillante intelectual y político estadounidense, un hombre que había sido dos veces precandidato a la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Demócrata, un profesor universitario como él, de lenguaje preciso y agudo, que lo había estudiado largamente y estaba preparado para plantarle cara al cubano.
Stevenson acudió bien pertrechado ante su retador, pero nunca imaginó que su propio gobierno, su partido y su presidente le habían escamoteado la verdad, por lo que su defensa ante las acusaciones de Roa era hueca e insostenible, y eso no lo supo hasta muchos días después del fin de aquella batalla.
Los diplomáticos de la revolución cubana –lo confirmarán los veteranos y lo comprobarán ustedes- hemos gozado de la fortuna de poder contar en toda circunstancia con el respaldo de nuestra Cancillería, de nuestro Partido y de nuestro Gobierno, que nunca han usado la mentira para defenderse, como nos inculcó, enunció en su concepto de Revolución, y pregonó hasta sus últimos días Fidel. Y esa certeza, que le falló a Stevenson, acorralándolo ante hechos irrebatibles, fue la gran ventaja de Roa.
Hemos escuchado muchas veces a muchas personas repetir en los últimos tiempos que el sistema de Naciones Unidas está agotado –y lo está-, que está en crisis –y así es-, que dejó de funcionar –y dejó de hacerlo en buena medida. Roa nos advierte que, sin importar lo que parezca y sus resultados, hay que usar y agotar todos los recursos legales por todos los medios en el ámbito diplomático para denunciar la amenaza y el uso de la fuerza, para impedir que las intimidaciones se materialicen dramáticamente sobre nuestra gente y nuestro suelo. Pero al mismo tiempo, enseña a ser astutos y creativos dentro del marco de derecho establecido, a separar lo procesal de lo políticamente sustantivo, a combinarlos cuando es pertinente, y a ser siempre valientes.
De profundo interés resulta la contraposición de los debates en la ONU con los que estaban ocurriendo en fechas cercanas sobre similares temas en la OEA y en varias capitales de la región. Es una evidencia de cómo la diplomacia revolucionaria se desplegaba desde muy temprano, con los limitados recursos conceptuales y humanos de entonces y sin el acervo glorioso, culto y numerario de hoy. Es importante conocerlo porque no hay batalla que libremos en ONU que no tenga concertación ni réplica en las capitales donde estamos acreditados, aunque haya quien piense –con error- que el voto y lo que haga o deje de hacer por Cuba una minúscula isla del Caribe o del Pacífico no cambia el curso de la historia.
Es igualmente relevante el dominio exhaustivo de la realidad que defiende, los datos, los hechos, las cronologías, las fuentes. Defender a Cuba, enseña Roa frente a Stevenson, no es un acto de retórica discursiva ni un torneo de palabras o de ardorosos gestos, sino una ilustrada argumentación de razones, de convicciones y, por qué no, un ejercicio de persuasión, incluso ante el más tenaz y recalcitrante de los enemigos. No hay cabos sueltos. No hay hechos aislados, sino concatenación de fechas, actos, razones, consecuencias, víctimas, que golpean en el pecho al contrincante. Roa interpretaba así las lecciones políticas de Fidel Castro.
Otro de los valores de la polémica está en el manejo del arte de la oratoria y de sus recursos por parte de ambos contendientes. En el caso del cubano, el empleo de la elocuencia adjetiva y lujo del lenguaje, combinado con frases breves, quirúrgicas, articuladas con muestras finas, a veces mordaces, otras irónicas, sarcásticas, plenas de jocundia criolla y de simpáticos ardides confrontacionales, eran parte de una estrategia para fatigar al contrincante, en las réplicas o en las contrarréplicas, lo cual debió ser un dolor de cabeza para los traductores.
Para los que se asomen ante esta historia, les sorprenderá comprobar cómo Estados Unidos camina en círculos en su agresión contra Cuba, repitiendo los mismos argumentos, recursos y epítetos que escuchamos hoy. Desde el “panfleto macartista –como lo llama Roa- que, previo a la invasión de Bahía de Cochinos, nos declara como “amenaza”, hasta el uso de las mismas mentiras y descalificaciones que ahora profieren el Presidente y el Secretario de Estado de ese país. Ante ello, como ocurre hoy, Roa hace gala de cortesía, prudencia y ecuanimidad cuando procede, y acusa con su largo dedo, sin eludir la respuesta implacable a la ofensa, cuando toca.
En fin, estamos ante una obra de una pasmosa vigencia ante la deriva que toman los acontecimientos en Estados Unidos, en Nuestra América, en el mundo, y la recrudecida agresividad contra la revolución cubana, en un contexto de crisis, descrédito y anulación del derecho internacional y de los organismos multilaterales.
Estamos también ante un documento que enseña el valor del conocimiento, de la cultura, de la ética y del patriotismo; que convoca a conocer y no subestima al adversario, y que deben estudiar y emplear para alumbrar los debates en estas simulaciones de la Asamblea General de la ONU que cada año organizan los estudiantes de nuestra Universidad de Relaciones Internacionales Raúl Roa García.
Hoy lo decimos, pero antes lo dijo Roa, en abril de 1961: “Cuba tiene derecho a vivir en paz. Y tiene derecho, también, a que la dejen en paz”. Para él fue tan inaceptable la frase “hagamos en Cuba lo que hicimos en Guatemala”, como lo es hoy para nosotros la expresión “una solución venezolana para Cuba”.
Su defensa inquebrantable de los derechos de Cuba a la independencia, soberanía, libre determinación, igualdad e integridad territorial; su rechazo a la amenaza y al uso de la fuerza; su insistencia en la solución de conflictos por medios pacíficos que no pongan en peligro ni la paz, ni la justicia ni la seguridad internacional; y su reivindicación del derecho inmanente de nuestra Patria a la legitima defensa, constituyen hoy, como entonces, las guías de la conducta a reflejar en este importante ejercicio académico que los preparará para los futuros escenarios de lucha, y en estos, cuando les llegue la hora.
¡Buena lectura y mejores debates en su Ágora´2026!

No hay comentarios: