
Me picaba la curiosidad por conocer a aquella mujer ya venerable y mítica, con una obra poética y una ética de vida revolucionarias –en el sentido más transgresor y moral de la palabra-, a cuyos pies se rendían los cubanos, robados por sus encantos intelectuales, físicos y humanos, y por su sentido del humor y vitalidad.
Es la única vez que he disputado y me he apropiado de la
tarea de un colega. Elsa, que venía de largo en la vida profesional y nos
trataba a todos los jóvenes como sus hijos, fue indulgente. Carilda me
desordenó con la seducción de las palabras, los gestos y las miradas, con su
visión de la historia y los hombres, con su asomo a la belleza como condición
humana –y de la obra humana.
Desde entonces, mi esposa decía que la única vez que sintió
algún celo fue a mi regreso de Matanzas aquel sábado caluroso. Llegué enamorado
y me senté a escribir de un tirón la entrevista. Ella objetó si la autora era
Elsa o yo, y por qué lo hacía. Reconozco sin pudor que el resultado fue una
pequeña joya, firmada por ambos. Elsa y hasta la puntillosa y temible Jefa de Redacción
y el Director estaban felices. El texto fue incluido en la edición que se
preparaba. Pero aquella entrevista nunca se publicó. Verde Olivo dejó de salir durante largos años, yo pasé a trabajar en Granma y en su corresponsalía en Moscú, y la grabación y las cartillas mecanografiadas se extraviaron en el tiempo. Solo sobrevivieron las notas que tomé en una libreta y el recuerdo imborrable de aquel diálogo. Hubo después otros encuentros con Carilda, pero ninguno como el de aquella tarde en que fui desordenado por quien hoy tendrá de Cuba toda la tierra sobre su cuerpo y su cielo en el alma.
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