domingo, mayo 29, 2022

LA BATALLA DE MAR DEL PLATA Y LA GUERRA PENDIENTE CONTRA EL ALCA

La iniciativa de un Área de Libre Comercio de las Américas, ALCA, lanzada en 1994 por los Estados Unidos, fue derrotada en la IV Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata, Argentina, en 2005. El proyecto reflejaba aspiraciones contenidas desde fines del siglo XIX que lograron expresión en el marco de la globalización neoliberal y los esfuerzos por imponer un orden unipolar. Como demuestra este análisis político e histórico, los Estados Unidos aprovecharon la transnacionalización de las empresas y la internacionalización de las economías regionales para lograr a ese nivel lo que no alcanzaron con los gobiernos, y que no renuncian a la pretensión de obtener en las nuevas circunstancias, en un mundo en crisis y feroz competencia entre centros de poder.

“La política es la expresión concentrada de la economía”.

V.I. Lenin,

 

Había proclamado con seriedad y pausas la histórica frase: “…digamos todos: ALCA…, ALCA… ¡Al Carajo!” y la repitió de modo fluido y alegre después: “¡ALCA, ALCA, Al carajo!” El estadio mundialista de Mar del Plata enloqueció. El presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías, había resumido en una frase popular el grito que miles de personas en esa ciudad tenían atragantado en sus gargantas durante cuatro jornadas, el mismo grito que estallaba en boca de millones de latinoamericanos y caribeños. Ya lo había hecho antes, de modo más cortés, en la previa –III- Cumbre de las Américas, celebrada en Quebec, en 2001. En esta ocasión, evocando a José Martí, Chávez añadió: “Llegó la hora de la segunda independencia de los pueblos de la América. Ha llegado la hora…, y yo me voy a la otra cumbre, a llevar el alma de ustedes y la palabra de ustedes, de los pueblos hasta la muerte, ¡hasta la victoria siempre! ¡Patria o muerte, venceremos! ¡Viva el Che Guevara!, ¡carajo!” (Chávez, 2005).

Y marchó al encuentro con Néstor Kirchner, con George Bush, con el resto de los mandatarios que aguardaban el inicio de la IV Cumbre de las Américas, y, sobre todo, ¡con la historia! Había hablado esa mañana dos veces con el líder de la revolución cubana Fidel Castro, que no se perdía por televisión un detalle de los acontecimientos, ni la marcha del mítico tren del ALBA, ni las caravanas de personas que, a pie, en autos y autobuses confluían desde todas partes del hemisferio en la principal ciudad balneario de Argentina, con la esperanza de impedir, con sus voces desde las calles, que sus jefes de Estado y gobierno firmasen un acuerdo que los ponía para siempre de carros de cola del imperio. La batalla estaba planteada. Fidel y Chávez, como estrategas militares, sabían bien que la lucha por impedir la concreción del Acuerdo para el Área de Libre Comercio de las Américas que hacía más de diez años pergeñaban los diplomáticos estadounidenses seguidos por sus falderos latinos, no se resolvía únicamente volteando una mesa de negociaciones y mucho menos en una votación. Sin embargo, el poder simbólico de los hechos tiene un valor fundamental en la política y en la historia. Ciertamente, era el momento, el lugar y hora de librar el combate, y se hizo. Había que subir un nuevo escalón en la larga guerra por la justicia y la liberación social de Nuestra América, a sabiendas que podrían ocurrir avances y retrocesos. La integración no iba por el Norte, sino por el Sur. Y Cuba estaría presente, aunque la hubieran excluido de la reunión.

Antecedentes históricos del ALCA

En 1889, los Estados Unidos habían cumplido sus primeros cien años y amenazaban con erigirse en potencia mundial: eran la economía más grande del mundo; a la fuerza, en negociaciones o en el mercado, habían arrancado territorios a los nativos norteamericanos, a los imperios coloniales británico, francés y español, a México; y preparaban en silencio la primera guerra imperialista de la historia para apoderarse de Cuba, Puerto Rico y otros territorios.

Para avanzar en su proyecto mesiánico, convocaron a una Conferencia Internacional Americana –también conocida como Conferencia Panamericana-, adelantando desde el primer momento “el modo altanero y peligroso” (Martí, 1889) en que se proponían tratar y usar a la América Latina.

A José Martí, que por su y prestigio político, intelectual y diplomático y por su condición de cónsul rioplatense en Nueva York se vio involucrado en aquellas negociaciones, le preocupaba la “confianza infantil en la ayuda cierta de los Estados Unidos” (Martí, 1889) que obnubilaba a muchos latinoamericanos. No en balde calificó a la Conferencia como “el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder” (Martí, 1889),

La creación de una unión aduanera y la implantación de un sistema de arbitraje obligatorio regido desde Washington que necesariamente colocarían al dólar como eje del sistema económico y financiero del hemisferio, fueron las dos piezas claves del plan derrotado a fines de aquel 1889.

La batalla prosiguió a fines de 1890 e inicios de 1891, durante la Conferencia Monetaria de Washington, a la que Estados Unidos acudía con el plan de establecer la unión monetaria interamericana. Ese proyecto volvió a ser derrotado a resultas de la intensa acción diplomática del mexicano Matías Romero, de los argentinos Roque Sáenz Peña y Manuel Quintana y, especialmente, del cubano José Martí (González, 1998).

Ante el fracaso, los Estados Unidos propusieron convocar en otro lugar otra conferencia monetaria de “todas las potencias del mundo” (Martí, 1891). Tuvieron que pasar más de cincuenta años y dos guerras mundiales para que esa aspiración se materializara en Bretton Woods, con la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, el aliento a los mercados abiertos, la imposición del dólar como alternativa de convertibilidad forzosa contra el oro y la iniciativa de crear una organización internacional de comercio (que no se materializó hasta 1995, cuando el neoliberalismo controlaba el mundo).

Aun así, este entramado resultaba insuficiente a Estados Unidos para ejercer el pleno dominio económico y financiero mundial, base de todo su poderío político y militar. Hicieron un nuevo intento durante la Conferencia del Acuerdo General de Aranceles y Comercio, GATT, por sus siglas en inglés, celebrada en La Habana entre 1947 y 1948. Esa reunión es calificada oficialmente hoy por la OMC como un foro “vacilante”, “limitado” y “provisional” que pretendía ordenar y obligar a todos los países a operar en el marco acordado en Bretton Woods. El resultado, la Declaración de La Habana, abrió camino al fomento y liberalización de gran parte del comercio mundial, pero no fue ratificada siquiera por su principal animador, los Estados Unidos, lo que dio origen a numerosas rondas de negociaciones que no finalizaron hasta 1994, en Marraquech (OMC, 2022).

En ese mismo período nació la UNCTAD. El Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento se integró en el Grupo Banco Mundial, que incluyó a una serie de nuevas organizaciones como la Asociación Internacional de Fomento (AIF), la Corporación Financiera Internacional (CFI), el Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones (OMGI) y el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI).

En el caso de Nuestra América, la aparición en 1959 del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Corporación Andina de Fomento en 1968, todos estimulados por los Estados Unidos, devinieron brazos regionales del sistema mundial que crecía, aislando al otro sistema creado por la URSS y la comunidad socialista euroasiática, basado en el patrón rublo, puesto que a Moscú se le negaba el ingreso a los nuevos mecanismos.

Sin embargo, nada de ello pudo impedir la aparición de pujantes competidores europeos y asiáticos, ni el surgimiento de monedas nacionales, resultantes de la descolonización. Por ello, el 15 de agosto de 1971 el presidente Richard Nixon separó definitivamente su divisa del oro, enterrando los acuerdos de Bretton Woods. El anuncio permitió que los Estados Unidos comenzaran a imprimir billetes de dólares sin más respaldo que la confianza en su sistema financiero, un régimen que se mantiene hasta hoy. Esta tendencia se acentuó con el avance del neoliberalismo económico, introducido en América Latina a través de las dictaduras militares de seguridad nacional y las democracias neoliberales que les sucedieron. Fue impulsado por Ronald Reagan durante su revolución neoconservadora –que negoció la firma en 1988 del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN). Y alcanzó su apoteosis mundial con el derrumbe del socialismo europeo y el fin de la URSS, entre 1989 y 1991.

En camino hacia el ALCA

Cuando en 1994 Washington animó el convite de las naciones del hemisferio occidental en Miami, el neoliberalismo se había convertido en el credo dominante de todos los países del hemisferio occidental y Cuba estaba aislada tras el colapso socialista europeo y soviético. Se celebraba el fin de la historia, los días del gobierno de La Habana se contaban y los Jefes de Estado y de Gobierno de la región acordaron crear una Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), en la cual se eliminarían progresivamente las barreras al comercio y a la inversión, con miras a lograr un acuerdo final en año 2005.

A partir de ahí, todas las cumbres y reuniones hemisféricas entre 1994 y 2005 recorrieron una hoja de ruta diseñada en Washington para identificar y analizar las medidas existentes relacionadas con el comercio e identificar posibles enfoques para las negociaciones. En la OEA fue creada una Secretaría de Cumbres, encargada de la concertación político-diplomática y la negociación. Se celebraron encuentros ministeriales en Denver, Cartagena, Belo Horizonte y San José. Todo estuvo a punto para cuando en 1998 se reunió en Chile la II Cumbre de las Américas, donde los jefes de las delegaciones acordaron que el proceso de negociaciones del ALCA sería supuestamente equilibrado, comprensivo, congruente con la OMC, y constituiría un compromiso único.

Las negociaciones continuaron en Toronto y Buenos Aires, hasta llegar a la III Cumbre, de Quebec en 2001. Como resultado, fue publicado un primer borrador del Tratado del ALCA. A partir de ahí, todo fue una carrera de relevos entre Quito, Miami, Brasilia, Panamá y Puebla a fin de llegar a puntuales a la IV cita hemisférica que tendría lugar en 2005 en Mar del Plata. Durante el proceso, la suma de contradicciones y dudas los llevó a considerar incluso la idea de un ALCA “light”, o “a la carta”. Un informe del Subcomité de Comercio y del Comité de Medios y Arbitrios del Congreso de los Estados Unidos admitía que, en una relación de dependencia, en la que Washington solo intercambiaba entre el 16 y 18% de su comercio con la región y esta dependía en más de la mitad de su comercio con el mercado estadounidense, sería necesario realizar grandes esfuerzos para remover lo poco de proteccionismo que quedara a las economías latinoamericanas. En sus propias palabras:

“¿Por qué los países latinoamericanos estarían de acuerdo con tal liberalización asimétrica? La respuesta corta es que realmente tienen pocas opciones si quieren competir en los mercados globales y regionales. El ALCA proporcionaría una póliza de seguro contra nuevos impulsos proteccionistas en los EE. UU. y otros mercados regionales, así como también "aseguraría" sus reformas internas a través de obligaciones internacionales y, por lo tanto, aumentaría sustancialmente el costo de los cambios de política. Al hacerlo, el ALCA proporcionaría fuertes incentivos para que los inversores nacionales y extranjeros desarrollen sus mercados y aporten nuevas tecnologías y habilidades de gestión” (Schott, 1997).

Conscientes de las complicaciones para que los estados latinoamericanos y caribeños aceptaran la liberalización económica propuesta, los Estados Unidos hicieron algunas concesiones, como la eliminación de barreras al comercio de bienes, servicios e inversión, así como aceptaron tomar en cuenta, las diferencias en los niveles de desarrollo y tamaño de las economías del Hemisferio, a fin de crear oportunidades para su plena participación y aumentar su nivel de desarrollo. También aceptaron la creación de un Programa de Cooperación Hemisférica (vieja némesis de la fracasada Alianza para el Progreso).

Conseguir a toda costa el Acuerdo se convirtió en una carrera de relevos para asegurar “otros importantes objetivos políticos y de política exterior de EE. UU., incluida la cooperación en la interdicción de drogas, la mejora de las condiciones ambientales y laborales y el refuerzo de las reformas democráticas. Por lo tanto, un ALCA tendrá importantes efectos secundarios en las relaciones generales de Estados Unidos con la región. Este punto está bien ilustrado por las recientes elecciones mexicanas [1994, en las que fue electo el neoliberal Ernesto Zedillo], que demuestran el efecto saludable de la integración económica en la reforma política” (Schott, 1997).

De ahí que la promesa de crear el área de libre comercio más grande del mundo, en un territorio de unos 40 millones de kilómetros cuadrados, con 815 millones de personas y un PIB de 12 billones de dólares tuviera que ir acompañada de requisitos: preservar y fortalecer la comunidad de democracias de las Américas; promover la prosperidad mediante la integración económica y el libre comercio; erradicar la pobreza y la discriminación en el hemisferio; garantizar el desarrollo sostenible y la conservación del medio ambiente para generaciones futuras; lograr la justicia, la responsabilidad social de las empresas, mejorar las condiciones en transporte, trabajo y empleo, migración y pueblos indígenas (OEA, 2005).

Para entonces, avanzaban profundas reformas neoliberales en todas las naciones de la región. Los Chicago Boys junto con los “Niños de Pinochet” desembarcaban en cada país para presentar las recetas de neoliberalización de las economías. El presunto éxito del modelo chileno –alcanzado a sangre y fuego-, marcaba la ruta, iluminado luego por el Tratado de Libre Comercio para la América del Norte (TLCAN) que el gobierno mexicano de Carlos Salinas de Gortari negoció con Ronald Reagan, y firmó con George H. Bush y el premier canadiense Brian Mulroney.

Entonces se alegaba que el TLCAN le ofrecía a México la oportunidad de “despetrolizar” la estructura de sus exportaciones y aumentarlas en un 20.15 por ciento en cinco años. A cambio, debía hacerse cargo de la contracción del Estado y la precarización del empleo, la reducción del salario, el aumento del empleo informal y del sub-empleo. En realidad, el acuerdo promovió los grandes déficits fiscales, comerciales y de cuenta corriente, y la fuga de las reservas internacionales, que fueron las causas fundamentales de la crisis de 1994, conocida como el “Error de Diciembre” o el “Efecto Tequila”.

La crisis mexicana no se contuvo dentro de las fronteras mexicanas. El modelo de transnacionalización de las economías impuesto por la globalización neoliberal actuaba como cadena de contagios. Sucedieron a continuación colapsos dramáticos en Asia y Rusia –los llamados “Efecto Dragón” y “Efecto Vodka”. El “Efecto Samba” en Brasil también fue el resultado de esa contaminación, en la medida que se intensificaban las turbulencias financieras en los mercados internacionales.

A su vez, la inestabilidad mexicana puso en riesgo a los Estados Unidos debido a las interacciones que ya tenían ambas economías, y el gobierno de Bill Clinton intervino para salvar la situación con un oneroso paquete de emergencia. Le siguieron los estremecimientos en Brasil y, a fines de la centuria, en Argentina, donde las recetas ultraortodoxas de Domingo Cavallo –al timón del ministerio de Economía en los gobiernos de Carlos Menem y de Fernando de la Rúa- propiciaron el default del país y crearon el escenario propicio para que estallara el “Efecto Tango” en 2001 (Sotelo, 2014).

Durante todo ese tiempo, las negociaciones del ALCA fueron conducidas con secretividad o, cuando menos, opacidad. Con frecuencia se negociaban textos envejecidos y se presentaban borradores que no se sabía cómo se habían actualizado. John Audley, director de proyectos sobre Comercio Equidad y Desarrollo de la Fundación Carnegie, reconoció a en mayo de 2003, durante una audiencia del Comité de Finanzas del Senado de los Estados Unidos, que los borradores de los documentos se circulaban hasta 9 meses después de haberse negociado, que se le ocultaba su contenido a la sociedad civil y a esta se le marginaba de las discusiones. Y reclamaba que la transparencia empezaba por casa, respecto a la actitud del gobierno estadounidense (Audley, 2003).

Ese es el escenario que encontró Néstor Kirchner en 2003, cuando llegó a la presidencia de la Argentina, convertida ya en el mayor emisor de deuda del planeta, sin ninguna capacidad de pago. El nuevo mandatario tuvo que hacerse cargo de una situación catastrófica y, a la vez, de los compromisos políticos de sus predecesores, que fijaban, en su propia patria, la consagración de aquel modelo económico que había estallado: la firma del Acuerdo del Área de Libre Comercio de las Américas, comprometida para la IV Cumbre de las Américas que se celebraría en Mar del Plata, en 2005.

El entonces Coordinador Nacional de la Cumbre y luego canciller, Jorge Taiana, reveló cómo se definió la postura del país ante el desafío de organizar aquel complejo encuentro: “Me reuní con el presidente Kirchner para contarle el estado de los debates y el incremento de las presiones por parte de los defensores del ALCA, y cerró todo margen de duda con respecto a la postura que tendríamos que tener los negociadores argentinos. Me dijo que él no haría nada que fuera contra el pueblo y que ésa era la posición argentina en esa cumbre” (Karg, 2016).

Debate y resistencia frente al veneno

Desde la última década del siglo XX, se sucedieron en toda América Latina rebeliones antineoliberales. Algunas expresiones fueron ahogadas en sangre en Chile, Perú y Venezuela, donde también hubo un alzamiento cívico-militar. Otras derivaron hacia procesos de mediatizada democratización. Los movimientos populares y sociales que tuvieron protagonismo en las luchas contra las dictaduras militares y contra la deuda externa desde fines de los años ochentas, se fueron reorganizando, resignificando, amplificando y radicalizando, incluso unificando. Con ideas propias y renovadoras, bolivarianas y antimperialistas, llegó al poder una revolución popular en Venezuela. También pujaban por establecerse o consolidarse nuevos empeños integracionistas regionales, como la Asociación de Estados del Caribe, el MERCOSUR y el Sistema de Integración Centroamericano. Ya no se podía hablar de guerra fría, ni del largo brazo de Moscú.

La propia Argentina, escenario de aquella batalla que se adivinaba definitoria, estaba enredada en una nueva vuelta del espiral de deudas a que la habían sometido los Estados Unidos desde fines del siglo XIX, cuando tras enfrentar a sus diplomáticos en la fallida Conferencia Monetaria de Washington, compró al banco londinense Baring Brothers la deuda adquirida por Buenos Aires con el Reino Unido en 1824, para utilizarla como mecanismo de sometimiento de la pujante nación rioplatense que se comportaba desafiante frente a sus apetencias de dominación continental. Kirchner inició una difícil negociación con los acreedores, que condujo a la reestructuración de la deuda externa en 2005 –el año de la Cumbre-, logrando reducirla en 27,057.00 millones de dólares (Rapoport, 2014).

La llegada al poder de la revolución bolivariana en Venezuela, liderada por el comandante Hugo Chávez Frías, había inclinado la balanza del poder regional por el peso de la economía, la política y la historia venezolana en los asuntos latinoamericanos. Su temprana identificación con la revolución cubana y con su líder, el comandante Fidel Castro Ruz, construyó una alternativa al discurso y la práctica política hegemónica. Su sobrevivencia a tres intentos seguidos de golpe de Estado y la manera en que Chávez revirtió esas situaciones, en alianza con el pueblo y los sectores más patrióticos del país, así como la construcción de la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América, ALBA, junto con Cuba, para impulsar la cooperación y la solidaridad en la región, abrieron un nuevo escenario de luchas.

Cuando Fidel Castro acudió en 2003 a la toma de posesión de Néstor Kirchner, advirtió en el político y en el pueblo que lo seguía las cualidades que pronto se iban a descubrir. Por ello, explicó a los propios argentinos el alcance de aquella victoria electoral y los preparó para lo que ocurriría con el ALCA dos años después: “…todos ustedes han oído hablar del ALCA y yo me hacía, en mi fuero más íntimo, una pregunta, ¿y si les da por decir que el ALCA es la salvación de todos los dolores y de todas las calamidades? Es decir, cómo puede decidir alguien que no sepa leer y escribir, o que apenas tenga cuarto, quinto o sexto grado, lo que es el ALCA; lo que es abrir todas las fronteras de países que tienen un nivel muy por debajo de desarrollo técnico a los productos de aquellos que tienen los más elevados niveles tecnológicos y de productividad, de aquellos que fabrican aviones del último modelo, de aquellos que dominan las comunicaciones mundiales, de aquellos que quieren garantizar de nosotros tres cosas: materia prima, fuerza de trabajo barata, y, además, clientes…

 “Hoy una enorme necesidad de nuestros pueblos es evitar que ese veneno se implante en nuestros países y estaríamos obteniendo una gran victoria.

“Les puedo añadir que vemos en América Latina un movimiento de avance que se produce. Si me preguntara alguien por qué sentí gran satisfacción y júbilo cuando llegaron las noticias de un resultado electoral en nuestra queridísima Argentina, fíjense, hay una razón muy grande: lo peor del capitalismo salvaje, como diría [Hugo] Chávez; lo peor de la globalización neoliberal es que el símbolo por excelencia... Y no menciono nombre, nadie puede quejarse, a no ser que alguien se sienta símbolo de lo que digo. Mi opinión es que una de las cosas extraordinarias es que el símbolo de la globalización neoliberal ha recibido un colosal golpe.

“Ustedes no saben el servicio que le han prestado a América Latina; ustedes no saben el servicio que le han prestado al mundo al hundir en la fosa del Pacífico —no sé cómo se llama ahora—, que tiene más de 8 000 metros de profundidad, el símbolo de la globalización neoliberal. Le han insuflado tremenda fuerza al número creciente de personas que han ido tomando conciencia en toda nuestra América sobre qué cosa tan horrible y fatal es eso que se llama globalización neoliberal” (Castro, 2003)

En su percepción estratégica del escenario, Fidel percibió que con Néstor en Argentina estaban dadas las condiciones en la región para librar el combate contra el ALCA. Chávez estaba al mando de Venezuela, Lula llegaba al poder en Brasil, Evo libraba una lucha titánica en su Bolivia. El no estaría presente, pero puede, desde la distancia, apoyarlos a todos. Y al final, como enseñó toda su vida, estaría el pueblo, en este caso el argentino, acompañado por sus hermanos de todo el hemisferio.

A pesar del estancamiento de las negociaciones, la Secretaría de Cumbres de la OEA siguió en su farragoso empeño de negociar párrafos, palabras, puntos y comas, sin tocar las esencias de un Acuerdo, imponiendo a brazo torcido un falso “consenso”. Tenía un mandato del Departamento de Estado que no podía ignorar, pero no contaba con que el 4 de noviembre de 2005, cuando al final de una tibia primavera austral, José Miguel Insulza inauguró la Cumbre, miles de personas se movilizaran desde todo el continente hacia Mar del Plata clamando para que no se adoptara el Acuerdo.

Un viejo tren sobreviviente al desmadre neoliberal de Menem avanzó desde la capital porteña hacia el balneario. En el viajaban también, compartiendo suerte, decenas de cubanos que habían llegado como habían podido hasta la Argentina para cerrar filas con el resto de sus hermanos, porque sentían que el destino de uno era el de todos. En ese tren contra el ALCA iban las esperanzas de Nuestra América.

Insulza trató de persuadir a los presentes, porque la negociación estaba estancada –los gobiernos de Chávez, Néstor y, en menor medida de Lula, habían sido fuertes objetores del documento-, de que las oportunidades eran mayores en aquel momento en que también se había firmado un acuerdo regional de libre comercio en Centroamérica. El político y diplomático chileno no mencionó el nombre, pero hilvanó compromisos sociales, al tiempo que se esforzó por espantar el fantasma del Estado rector de la macroeconomía ante sus embajadores neoliberales.

Fue el Primer Ministro conservador canadiense Paul Martín a quien correspondió defender a pecho abierto el adefesio: “…Deberíamos comprometernos aquí a completar nuestras negociaciones para un Área de Libre Comercio de las Américas: un acuerdo que complementaría, y no competiría con, nuestras ambiciones de completar con éxito la Ronda de Doha. Fundamentalmente, tenemos que cooperar mejor y con más urgencia en las Américas... Aquí, en Mar del Plata, tenemos una oportunidad histórica para avanzar en nuestra visión de las Américas; reafirmar nuestro apoyo a la OEA; y formar en nuestro hemisferio un ejemplo para el mundo de lo que se puede lograr cuando los países dejan de lado sus diferencias y se enfocan en las aspiraciones comunes de todos nuestros pueblos” (Martin, 2005). Todo era música para los oídos de Bush.

Néstor Kirchner ignoró los falsos modales protocolares y fue frontal y político desde el primer momento: “Si esta construcción colectiva, que quiere abarcar la geografía americana que atraviesa la última década de su historia, tiene que integrar un tema central a su agenda para producir resultados que ayuden al bienestar de nuestros pueblos, ese tema tiene que ser el lema de esta IV Cumbre, donde los señores presidentes y los representantes de los distintos países queremos dejar de hablar en voz baja para hablar en voz alta y buscar los puntos de acuerdo y solución que nuestro hemisferio necesita… Esa uniformidad que pretendía lo que dio en llamarse el “Consenso de Washington” hoy existe evidencia empírica respecto del fracaso de esas teorías” (Kirchner, 2005).

A contrapelo de la OEA y de los Estados Unidos, la Argentina había adoptado como tema central de la Cumbre el problema del empleo, medular para todas las economías de la región en medio de la crisis. Utilizó el lenguaje de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), para plantear como objetivo la promoción del “empleo decente” y hacer un diagnóstico más o menos aproximado a la realidad. La OEA, en su proyecto de Declaración, evitó ir al fondo del asunto o cuestionar el modelo económico que creaba todos los días desempleo y empleo precario. Mucho menos ofreció soluciones distintas a la continuación de las mismas políticas que habían hecho cada vez más miserable e injusto al continente, donde existe la peor distribución de la riqueza en el mundo. Y coló de contrabando y en corchetes los postulados del ALCA. Otros países, en particular la delegación mexicana de Vicente Fox, trabajaron a brazo partido para imponer como tema central al comercio, retomar las negociaciones del ALCA y ponerle nuevos plazos.

En política y diplomacia el lenguaje extraverbal cuenta. Los videos de aquellas jornadas muestran los intercambios inteligentes de miradas entre Néstor y Chávez, y de ambos al mexicano Vicente Fox y al Premier canadiense, que se contemplaban asombrados entre sí. Mientras, Bush solo fruncía los labios (TELAM, 2005).

Aunque algunos autores sobredimensionan el papel que desempeñaron los países del Mercosur, enfrentados como bloque al proyecto del ALCA, fue realmente el tándem Argentina-Venezuela el que resultó determinante para los destinos del Área. Diplomáticos y medios presentes han asegurado que Kirchner “humilló” a Fox y a Bush, retándolos con su discurso y mandando a callar literalmente a este último. Puede afirmarse que sus palabras marcaron la línea roja que no se podía cruzar en la mañana del 5 de noviembre, cuando la Cumbre se estancó: “Un acuerdo no puede ser un camino de una sola vía, de prosperidad en una sola dirección. Un acuerdo no puede resultar de una imposición en base a las relativas posiciones de fuerza. Por eso seguimos pensando que no nos servirá cualquier integración. simplemente firmar un convenio no será un camino fácil ni directo a la prosperidad” (Kirchner, 2015).

El presidente Hugo Chávez invocó al economista brasileño Celso Furtado para poner las cosas en su lugar: América Latina no había tenido libertad para desarrollarse como debía y podía. De un lado, por culpa de las élites internas que cada día se enriquecían más; del otro lado, por culpa de los mecanismos de dependencia financiera, tecnológica y de todo tipo que la región tenía con respecto al hegemón regional. Además, con los ejemplos de la relación económico-comercial venezolana con Argentina y Colombia, Chávez ridiculizó la impertinente insistencia en crear áreas de libre comercio cuando era posible alcanzar niveles superiores de crecimiento e integración a partir de otro tipo de vínculos. Las caras de Bush, Fox y Martin, revolviéndose en sus asientos, lo decían todo (TELAM, 2005).

En realidad, “Lo que estaba en juego en la cumbre oficial de Mar del Plata era si Estados Unidos conseguiría avanzar en imponer el 'paquete' de más 'libre comercio', mayor apertura de sectores y recursos vitales, control migratorio, 'seguridad' subordinada a sus intereses y mayor militarización bajo su mando. Esa jugada no prosperó como estaba planeada. La IV Cumbre de las Américas terminó naufragando en Mar del Plata. En una imagen de un patetismo casi no visto hasta ahora, George Bush salió de Argentina con las manos vacías y 'la cola entre las patas' antes de que finalizara siquiera la cumbre oficial y en medio del festejo de la otra cumbre, la de los Pueblos, que representaba y resumía la lucha que había hecho posible semejante humillación para el imperio” (De la Cueva, 2005).

La derrota del ALCA y la búsqueda de alternativas

Néstor Kirchner lo expresó con un argentinismo: un grupo de países no estaba dispuesto a dejarse “patotear” –abusar- por una supuesta simple mayoría que, al forzar una salida por imposición al disenso surgido, ponía en riesgo la vida de todos los pueblos del Sur. No servía cualquier integración que no considerara las asimetrías de desarrollo, ni los derechos de los pueblos, ni las deudas históricas del colonialismo y el neocolonialismo en la región. Y así ocurría también fuera del hotel Hermitage, de Mar del Plata, en las calles y plazas de la ciudad donde tenía lugar por primera vez una Cumbre de los pueblos, en la que sí se hablaba sin fundamentalismos, sin hipocresía y con sincera claridad, como demandó a sus pares el mandatario argentino.

Esa Cumbre de los pueblos, que sesionó en paralelo desde el 1 de noviembre, tuvo un brillante colofón el día 4, con la congregación de más de cien mil personas en el estadio mundialista de la ciudad balneario. Nunca antes tantas y tan diversas organizaciones sociales, populares y políticas de todo el hemisferio habían coincidido juntas para expresar su oposición a la creación de una zona de libre comercio desde Alaska hasta la Tierra del Fuego. Hugo Chávez fue el único orador de la jornada. Arropado por luchadores obreros y campesinos como el candidato presidencial boliviano Evo Morales, que llegó a la reunión caminando; por luchadores de derechos humanos como las madres y las abuelas de Plaza de Mayo; por representantes de pueblos amazónicos y andinos; por estrellas del arte, la cultura y el deporte continental, como Diego Armando Maradona, pronunció en aquella jornada uno de los discursos más conceptuales de su vida.

Con la virtud aprendida de Bolívar y de Fidel Castro, Chávez argumentó desde la razón histórica la impertinencia del ALCA y la necesidad de barrerlo como opción. Afirmó: “…a nosotros, los hombres, las mujeres de este tiempo de comienzos del siglo XXI, nos toca, compañeros, compañeras, camaradas, una doble tarea histórica: nosotros tenemos que ser los enterradores, no sólo del ALCA, porque el ALCA fue una propuesta, una de tantas propuestas, pero es vieja esa propuesta, antier se llamó de una manera, 'Iniciativa para las Américas' la llamaron por allá por 1990, pero ya en el siglo XVIII, naciendo aquella gran república, aquel gran estado que luego se convirtió en imperio, nació con las garras del águila imperial, lamentablemente desde el inicio, desde hace 200 años pues. Thomas Jefferson, uno de los creadores de aquel estado norteamericano lo dijo, lo dijo, lanzó el plan imperialista Thomas Jefferson, dijo que Estados Unidos tenía como destino tragarse, –así mismo lo dijo, con esa expresión– tragarse una a una las nacientes repúblicas antes colonias españolas, desde entonces viene el plan anexionista, colonialista de Estados Unidos, así que nosotros no sólo debemos ser enterradores del ALCA sino enterradores y en mucha mayor dimensión, complejidad y profundidad, del modelo capitalista neoliberal que desde Washington arremete contra nuestros pueblos desde hace tanto tiempo”.

Previsor, al mismo tiempo, de que la lucha contra el ALCA era apenas un primer episodio de otra mucho más larga, alertó: “…¡cuidado!, esto es sólo una batalla, esto es sólo una batalla de tantas batallas pendientes que nos quedan para toda la vida. Ahora, decía que tenemos una doble tarea, enterrar el ALCA y el modelo económico, imperialista, capitalista por una parte, pero por la otra a nosotros nos toca, compañeros y compañeras, ser los parteros del nuevo tiempo, los parteros de la nueva historia, los parteros de la nueva integración… una verdadera integración liberadora, para la libertad, para la igualdad, para la justicia y para la paz...” 

Uno de las contribuciones importantes de los debates diplomáticos, políticos y populares que generó la batalla contra el ALCA en aquella IV Cumbre de las Américas fue abordada con claridad meridiana por el líder bolivariano: “…aquí en Mar del Plata han venido a confrontarse dos viejos proyectos…  dos proyectos que desde allá desde la punta más al norte de América hasta la punta más al sur del continente, desde hace unos 200 años, vienen confrontándose. Dos proyectos, pudiéramos sintetizarlos, así como en el Norte lo lanzaron Jefferson, Madison, Monroe; igual aquí en el Sur ellos lanzaron su proyecto imperialista, anexionista. Y aquí en el Sur nuestro proyecto fue lanzado desde entonces por hombres como Miranda, San Martín, Artigas, O’Higgins Sucre, Bolívar, Manuela Sáenz; hombres y mujeres de esta tierra lanzaron un proyecto hace 200 años.

“…Estos proyectos, el anexionista del Norte y el proyecto de liberación del Sur hoy vuelven a estar confrontados como siempre. Es una nueva hora, es un nuevo momento el que estamos viviendo. Hace 200 años los padres libertadores no pudieron, ellos no pudieron hacerlo, y Bolívar recogió en una frase profunda, en una frase dramática aquella realidad dolorosa cuando dijo: 'He arado en el mar…' ¿De qué sirvió esta independencia?, decía Bolívar, muriéndose ya. Ellos no pudieron, no pudieron cuajar las repúblicas que querían, eliminando las desigualdades, los privilegios, creando repúblicas de iguales y de libres; y luego, al mismo tiempo, uniéndolas en la liga de repúblicas para equilibrar con el Norte, con el Este y con el Oeste. Así los planteaba Bolívar cuando convocó al Congreso de Panamá en 1824. El Congreso se reunió en el año 26 en Panamá, pero murió al nacer. Él decía que era necesario, era imprescindible conformar la Unión del Sur, una Liga de Repúblicas, en lo político, en lo económico, en lo social y en lo militar, para luego ir en condiciones de igualdad y de dignidad a negociar sobre la paz, la economía y la guerra, con el Norte, con el Este y con el Oeste.

“Esa estrategia, la estrategia de Bolívar, que era la misma de todos ellos, esa estrategia; sólo que quizás Bolívar logró llevarla más lejos, logró clavar una pica allá en Flandes, logró orientar la brújula mejor. Unir el Sur es imprescindible para poder negociar en condiciones de igualdad y de dignidad con el Norte, y con el resto del mundo; eso hoy tiene más vigencia que ayer. Hoy es más angustiantemente necesario que ayer. Nunca antes fue tan vital esta idea estratégica. Por eso es que hace cinco años hubo la Cumbre de las Américas, la tercera, en Quebec, allá en Canadá, y como Cuba no participa en estas cumbres de presidentes, porque parece que 'democráticamente' consultaron con alguien y 'en democracia' se decidió que Cuba no participara, creo que fue así. Claro que Cuba sí participa, porque Cuba está en nuestra palabra, en nuestra voz y en nuestra moral. Cuba anda con nosotros.

“…Hace cinco años, allá en Canadá, el gobierno de Estados Unidos logró que se aprobara, casi por unanimidad, lamentablemente, la propuesta del ALCA, un Área de Libre Comercio para las Américas, y Venezuela fue el único país que en solitario levantó esta misma mano para decir ¡no!, para decirle no a aquella propuesta. Pero todos los demás gobiernos aprobaron la propuesta, y fíjense lo que ha ocurrido: allá en Canadá se aprobó un artículo, un párrafo de la declaración que siempre se saca donde dice: 'Las negociaciones para un Área de Libre Comercio de las Américas deberán estar concluidas el primero de enero del 2005, y además el acuerdo o convenio deberá estar activado a más tardar el 31 de diciembre de 2005'. Amaneció el primero de enero de 2005 y el ALCA ¿Dónde está? Ya viene el 31 de diciembre de 2005 y el ALCA ¿dónde está? Al ALCA, repito, la derrotamos los pueblos de este continente, y al ALCA hoy le tocó su entierro aquí en Mar del Plata. Hoy enterramos al ALCA, en Mar del Plata se queda enterrado y bien hondo” (Chávez, 2005).

Sin embargo, Chávez tenía bien claro que, por sobre todas las cosas, “…no se trata sólo de decirle no al ALCA, se trata de plantear y construir la propuesta alternativa, el camino alternativo”, que venía creciendo en el ALBA constituida en La Habana un año antes, y en su propuesta, lanzada en el estadio y durante la reunión, de construir una Alianza Contra el Hambre en el hemisferio. Ese camino lo fueron pavimentando en los años sucesivos la consolidación del MERCOSUR, el surgimiento de UNASUR y el proceso que inició en Costa de Sauipe, Brasil, en 2008, con escala en Cancún, México, en 2010, para dejar constituida en Caracas, en diciembre de aquel mismo año de los bicentenarios de la independencia latinoamericana, a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, CELAC.

El nuevo ALCA y sus peligros

Lo que muchos desconocían es que, mientras todos estos hechos ocurrían, los Estados Unidos, que miraban espantados los anuncios de algunos países de plebiscitar el Acuerdo para su entrada en vigor, ya habían previsto la derrota y buscaban cómo relativizarla, usándola políticamente para elevar su influencia regional aislando a la Venezuela de Chávez –lo cual no pudieron lograr en ese momento. Trabajaron, al mismo tiempo, en una ruta alternativa, de promoción de acuerdos de libre comercio bilaterales que tejieran por debajo la gran red de sometimiento que armaba el ALCA por arriba y que, a la vez, contuviera el indetenible avance de economías emergentes como las de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (Murano, 2017).

Desde la creación de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio, ALALC, primero, y del Mercado Común Centroamericano, después, se habían comenzado a institucionalizar los mecanismos jurídicos y económicos regionales, necesarios para consolidar un modelo de acumulación en el que la competencia de las transnacionales desplazó paso a paso al capital nacional. Ello explica los problemas de consolidación de muchos gobiernos de corte progresista en la región, sus derrotas electorales e, incluso, su derrocamiento en algunos casos. El crecimiento de este proceso fue en un 20% superior a cómo ocurrió en los países desarrollados, mientras que la inversión de capital era inversa en un 60%. De a poco, las empresas transnacionales, avanzaron comprando o quebrando empresas nacionales, promoviendo fusiones, capitalizaciones y cuanta forma les permitiera irse apropiando de activos físicos y financieros de los países de la región, llegando a controlar desde el 50 hasta el 100% de los activos de las empresas nacionales. Un empeño especial los Estados Unidos pusieron en el control de los bancos centrales y las finanzas, impulsando la dolarización de las economías nacionales (Basualdo, 1982).

Frente a estados nacionales debilitados, divididos, despolitizados y represivos, “fallidos”, “oscuros”, las transnacionales y sus empresarios tomaron el mando. El desfile de presidentes empresarios que llegaron al poder en México, Guatemala, el Salvador, Panamá, Colombia, Perú, Paraguay, Ecuador, Chile, y Argentina, por poner algunos ejemplos, así lo demuestra. Cada uno de ellos se asocia en sus países con crisis estructurales, estallidos sociales y rebeliones populares.

La estrategia de Estados Unidos y sus aliados se concentró en el impulso de tratados bilaterales o subregionales. Los objetivos de avanzar en el “libre comercio” giraron hacia las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC), y una verdadera pandemia de acuerdos de libre comercio se expandió por la región. Solo hasta enero de 2012, la OMC había recibido unas 511 notificaciones de acuerdos, el 90% de los cuales correspondía a América Latina y el Caribe. De estos, estaban vigentes unos 319 acuerdos. Según el Sistema de Información sobre Comercio Exterior de la Organización de los Estados Americanos, existen 64 acuerdos de libre comercio, 3 acuerdos marco y 33 acuerdos de comercio preferencial vigentes entre sus países miembros (Dingemans, 2012).

Los ciclos de endeudamiento externo, herramienta de control del capital financiero transnacional sobre las naciones, se repiten con frecuencia, provocan estallidos, tumban presidentes o ponen en jaque su gestión. Argentina es un ejemplo. Después de haber superado el endeudamiento legado por los gobiernos dictatoriales y neoliberales que precedieron a los Kirchner, y de haber librado una exitosa batalla contra el FMI, el Banco Mundial, el Club de París y los Fondos Buitres, un solo jefe de Estado empresario –Mauricio Macri- empeñó los destinos de varias generaciones de argentinos adquiriendo, contra las propias normas y prácticas del FMI, una deuda de 46 mil millones de dólares que representan el 65% del capital del Fondo. Si a la Argentina le llevó 120 años liquidar la deuda con Baring Brothers en el siglo XIX, cuántos le llevará saldar ésta, odiosa, de Macri. ¿Cuántos gobiernos verán vigiladas la soberanía nacional y sus decisiones políticas por la temible “Board” del FMI?

Un Informe macroeconómico del Banco Interamericano de Desarrollo planteó desde 2017 que la multiplicidad y diversidad de acuerdos bilaterales de libre comercio limitaba la integración y desestimulaba la competitividad y el crecimiento de las economías de escala, haciéndolas irrelevantes. al mismo tiempo, se contradijo al asegurar que la era de los megacuerdos de libre comercio habría llegado quizás a su fin, no solo por el fracaso del ALCA en 2005, sino por las consecuencias del Brexit en 2016 y las decisiones adoptadas por el gobierno de Donald Trump respecto al Acuerdo Transpacífico y al TLCAN en 2017 (BID, 2017)

Aunque reconoció que la relación entre globalización neoliberal y desigualdad y subdesarrollo es “compleja” y pretendió adjudicarse los resultados de los primeros quince años virtuosos del siglo en la región, el Informe silenció que no fueron precisamente acuerdos de libre comercio bilateral o multilateral los que propiciaron esos resultados, sino las políticas económicas y sociales que desplegaron en aquel tiempo gobiernos como los de Bolivia, Brasil, Ecuador, Nicaragua, Uruguay y Venezuela, varios de los cuales se opusieron al ALCA y a ulteriores acuerdos neoliberales de libre comercio –o Acuerdos Comerciales Preferenciales, ACP, como prefirió disimularlos.

Un factor no menor fue que, a pesar de defender ese modelo de acuerdos, el BID admitió que los acuerdos comerciales preferenciales basados en el neoliberalismo económico no garantizaron un nivel suficiente de participación de las economías en desarrollo en el mercado global, controlado por las transnacionales de los países desarrollados, y al que concurren como proveedoras de materias primas, esencialmente. Y aunque las estadísticas evidencian cómo el comercio bilateral mediante TLCs con los Estados Unidos domina, el BID achacó la responsabilidad del atraso a las naciones latinoamericanas y caribeñas, y no a quien impone las reglas del comercio (BID, 2017).

Por ello, insistió en la idea del megacuerdo regional, bajo égida estadounidense: “La pregunta clave, por lo tanto, es cómo reparar esta fragmentación. ¿Cómo puede el mosaico de ACP transformarse en un tratado más amplio con suficiente masa económica para marcar una diferencia en el entorno comercial difícil e incierto?” Y retomó la idea de una zona de libre comercio, a la que ahora va a denominar “Área de Libre Comercio de América Latina y el Caribe”, ALCALC, o LACFTALatin American and Caribbean Free Trade Area, en inglés-, en la que el papel del gobierno estadounidense se invisibiliza, porque su función la desempeñan ahora las empresas y las nuevas reglas del comercio.

En la nueva ALCALC prevalecerían la libre circulación de bienes y servicios, una institucionalidad “light” apoyada en los TLC bilaterales y en las regulaciones de la OMC –sobre las que los Estados Unidos han venido trabajando intensamente durante los últimos años (el llamado “plan vanilla” –plan vainilla, en español). Para alcanzarlo, propuso entre los primeros pasos la eliminación total de aranceles, zanjar las brechas de preferencias y abordar el costo de las actuales reglas de origen como un “mal necesario”. Además, absorber los Acuerdos de Complementación Económica registrados en ALADI y dejar para más adelante las salvaguardas ambientales y los mercados laborales. La meta, como en 1994, sigue siendo crear un mercado global hemisférico de 5 billones de dólares que representaría el 7% del PIB global  (BID, 2017).

Aunque presentó como un avance de todo lo anterior a la llamada Alianza del Pacífico, que reunió a las economías de gobiernos neoliberales de derecha –Chile, Colombia, México y Perú- y a sus reglas, silenció, convenientemente, el escaso impacto en el comercio y las inversiones intrarregionales de las economías de dicho bloque. Los números que la Alianza del Pacífico puede presentar como un resultado colectivo, no son más que la suma del comercio bilateral de cada país con los Estados Unidos, mientras que entre ellos solo alcanzaron un 15% en su momento de más impulso, cifra que ha ido descendiendo. La causa es sencilla: cada vez es más limitada la capacidad soberana de dirección sobre sus economías neoliberales transnacionalizadas (Gomez-Parada, 2021).

El ALCA, tal cual lo soñaron inicialmente los Estados Unidos, quedó enterrado en Mar del Plata, pero su veneno sigue moviéndose a través de las venas abiertas de América Latina y el Caribe.  También se mueve y reorganiza la resistencia a esas políticas. Nuevas voces encaran a los poderes transnacionales e imperiales que pretenden la hegemonía sobre sus destinos. Otros se apuran a celebrar como cierre de ciclo la salida del poder de algunos gobiernos progresistas en la región y calificar como “colapsos” las situaciones de crisis provocadas con bloqueos, sanciones, terrorismo, agresiones y campañas de odio contra los que sobreviven, batallan y se defienden, Cuba incluida. Son los mismos que generaron durante años la actual crisis mundial, resultante combinado de una pandemia y una guerra en Europa, que resucitan al fascismo para enfrentar alternativas de poderes económicos y políticos emergentes. Se niegan a tener competidores, y creen rediseñar el mundo a su medida y reglas, ignorando principios y normas globalmente acordados y una nueva realidad multipolar y diversa. En 2005 se ganó una batalla. La guerra sigue pendiente.

Ese visionario que fue Fidel Castro, quien como pocos conocía de los avatares de la lucha por transformar el mundo, lo advirtió dos años antes en la misma Argentina del entierro del ALCA, ante miles de personas que lo escucharon una noche gélida de otoño, cuando se abría un ciclo de esperanzas para ese país. Sus palabras valen para todos: “No se alcanza el cielo en un día, pero créanme —no lo digo por halagar, y trato de decirlo con el mayor cuidado— que ustedes han asestado un descomunal golpe a un símbolo, y eso tiene un enorme valor, y se ha producido, precisamente, en este momento crítico, de crisis económica internacional, donde están envueltos todos; ya no es una crisis en el sudeste asiático, es una crisis en el mundo, más amenazas de guerra, más las consecuencias de una enorme deuda, más el fatalismo de que el dinero escape. Es mundial el problema, y por eso mundialmente también se está formando una conciencia y por ello será un día de gloria ese día en que el pueblo argentino, pese a dificultades, que como sabemos todos existen aquí y en otras partes, muchas veces fragmentación, muchas veces divisiones, y divisiones puede haber y hasta debe haber, pero es que hay tantas cosas de interés común que se puede tener la convicción de que estas deben prevalecer, el mundo posible” (Castro, 2003).



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[1] Periodista y diplomático cubano. Actualmente es Embajador de Cuba en Argentina.





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