viernes, marzo 14, 2025

ESTAMOS OBLIGADOS A PERMANECER, A INNOVAR Y RENOVAR NUESTRO SOCIALISMO

Necesitamos alzarnos por nuestros pies, derrotar al bloqueo y caminar por nosotros mismos. Tenemos la obligación de salvaguardar y consolidar cada vez más el consenso social que recién quedó plasmado en la Constitución de 2019, y cuidar como niña de los ojos la unidad que enseñó Martí y construyó Fidel, y que hoy lidera nuestro Partido. Solo así seremos dignos de ser el ejemplo que ustedes proclaman; solo así salvaremos a Cuba. Solo así prestaremos un verdadero servicio a la causa de la humanidad...

CONFERENCIA DEL EMBAJADOR DE CUBA EN ARGENTINA, PEDRO P. PRADA, EN EL CENTRO DE ESTUDIOS Y FORMACIÓN MARXISTA HÉCTOR P. AGOSTI, DEL PARTIDO COMUNISTA DE LA ARGENTINA, EN LA PRESENTACIÓN DE ÁREA DE ESTUDIOS SOBRE CUBA. BUENOS AIRES, 13 DE MARZO DE 2025.

Queridos compañeros, buenas noches a todos.

Me traje a una parte del equipo político de nuestra Embajada. Todos son militantes, jóvenes, además, y uno de ellos es nuestro secretario general del núcleo del Partido. Compartiré primero algunas ideas y luego intercambiamos con todos, para que también los escuchen.

Como este va a ser un encuentro y un diálogo entre compañeros, entre militantes, no vamos a hablar de la épica historia de la revolución cubana, ni de sus logros incuestionables, que todos ustedes conocen. Les propongo hablar de nuestros desafíos, que no son pocos.

Para empezar, es imprescindible referirnos al contexto. Cuba inició año 67 de revolución en circunstancias muy especiales: el mundo vive en una crisis múltiple profundizada por la pandemia de covid-19, por los efectos del cambio climático y por guerras con secuelas de las que nadie escapa.

Está en marcha una reconfiguración del orden mundial y de varias regiones de nuestro planeta: vemos la emergencia de nuevas potencias y actores y somos testigos, en particular del auge de China y de Rusia (a pesar de la guerra). También vemos el resurgimiento e instalación de ideas fascistas y de gobiernos ultraconservadores en varios continentes -incluido el nuestro-, del retorno al neoliberalismo más brutal, y, por si fuera poco, sufrimos el genocidio contra el pueblo de Palestina y el reordenamiento impuesto en el Medio Oriente tras la conspiración internacional que permitió el derrocamiento del gobierno de El Assad Siria y la ocupación parcial de ese país y de parte del Líbano.

Vivimos un retroceso sin precedentes del multilateralismo, del papel de la ONU, de la Asamblea General y, en particular, del Consejo de Seguridad, donde cada vez es más nocivo el irritante privilegio de veto que ostentan algunos países.

Observamos el declive de organismos regionales, empezando por la Unión Europea, venida a menos, las diferencias dentro de la Unión Africana, el sabotaje de los gobiernos de derecha a la CELAC y la situación de parálisis en el Mercosur, que ustedes conocen bien. Incluso la OEA está sumida en su peor crisis y desprestigio.

El desarme, en especial el nuclear, está cada vez más lejos, y son cada vez más graves las amenazas a la paz mundial.

En ese escenario, es que existe, resiste y se defiende la revolución cubana.

Unas semanas antes de dejar la presidencia, el gobierno demócrata de Biden corrigió cuatro decisiones de la anterior administración respecto a Cuba. Fueron eventos aislados. No llegó a la amplitud de las medidas de Obama y mucho menos tocó el bloqueo. Una semana antes del cambio de gobierno, Biden también sacó a Cuba de la lista de patrocinadores del terrorismo donde nunca debió de estar; una decisión que blindó con certificaciones de todas las agencias de seguridad nacional y de aplicación de la ley de EE.UU.

El mismo día de la toma de posesión, Trump derogó 80 decretos de Biden, incluidas todas las decisiones referidas a Cuba, incluyendo la de devolver a Cuba a la lista de patrocinadores del terrorismo, sin que le importaran las opiniones y el prestigio de sus agencias que habían certificado lo contrario. En un mes, el gobierno republicano de Trump-Rubio ya había adoptado siete disposiciones lesivas a Cuba. Y hace dos semanas, el Secretario de Estado anunció que serían privados de visas para ingresar a EE.UU. todos los involucrados en lo que ellos llaman “trata de personas”, en alusión a los servicios de la salud que Cuba exporta y a los médicos internacionalistas cubanos.

EE.UU. conoce, porque ha trabajado muy cerca de nuestros médicos, por ejemplo, en Haití, cuál es su labor humanitaria. Sabe también que son voluntarios, que una parte de ellos son contratados por gobiernos y entidades privadas para prestar servicios ante la carencia de personal calificado. Sabe que Cuba protege sus derechos, garantiza sus honorarios en la Misión y sus salarios y seguridad social en la isla, y que los recursos financieros que recibe el país son invertidos en el sostenimiento y desarrollo de su sistema de salud, de los programas principales, de los hospitales y de las condiciones de vida y trabajo de esos mismos trabajadores.

Sin embargo, no les alcanzan los más de 5 mil millones de dólares negados a la economía cubana el pasado año. No les alcanza haber causado daños económicos por 164 mil millones de dólares en 65 años. No les interesa el incalculable daño humano. No les interesa tampoco el robo de cerebros implementado contra esas misiones, como hicieron en los primeros años de la Revolución.

Buscan cumplir a toda costa el designio del subsecretario de Estado Léster Mallory en 1960, que les recuerdo: “…el único modo previsible de restarle apoyo interno [a la Revolución] es mediante el desencanto y la insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales… hay que emplear rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba… una línea de acción que, siendo lo más habilidosa y discreta posible, logre los mayores avances en la privación a Cuba de dinero y suministros, para reducirle sus recursos financieros y los salarios reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno”.

Esta vez no solo atacan a una de las conquistas más sagradas de la Revolución: su sistema de salud, garante de un derecho humano básico, que sufrió pérdidas superiores a 268 M USD en el pasado año, sino a una de las pocas fuentes de ingresos externos que le han dejado a Cuba. Esta vez pretenden despojar de atención sanitaria a más de 400 millones de seres humanos en 56 países del mundo, confirmando la extraterritorialidad de su política de bloqueo contra Cuba.

Cuba no fue sorprendida por este escenario. Martí decía que todo el arte de gobernar está en prever. Cuba se ha venido preparando los dos últimos años para enfrentar dicho escenario.

No obstante, la prolongación en el tiempo del bloqueo y las deformaciones y carencias internas que provoca, unido a los efectos del cambio climático que generan cada vez más huracanes más devastadores en nuestra área geográfica, a la batalla global de ideas y cultura, al impacto de las políticas de cambio de régimen en las que han invertido en los últimos treinta años más de 300 millones de dólares solo por vía de la USAID, y al efecto de los también inmanejables fenómenos internacionales, han dejado heridas profundas en nuestra sociedad, que no son solo los daños físicos y carencias que se observan en la infraestructura y vida cotidiana de nuestra gente, o en sus angustias, o ni siquiera en la desesperanza de quien pierde toda o parte de su vida en la inundación de un huracán o en un terremoto.

Hay un desgaste y un daño ideológico que forma parte del diseño de la política (recuerden a Mallory) frente al cual, ni el lamento, ni la denuncia y ni siquiera el sacrificio y la resistencia son hoy suficientes. Los eventos del 27 de noviembre de 2020, del 11 de julio de 2021 y del 17 de marzo de 2024 nos demuestran que, además, el sistema global de las derechas está articulado perfectamente con los gobiernos de EE.UU. para actuar en el marco de sus guerras híbridas y derrocar a los gobiernos que se les oponen o son alternativas; para mostrar al socialismo como un fracaso, aunque no lo hayan dejado vivir.

Como les decía, sabemos que el enemigo tiene un plan. Pero nosotros tenemos otro. Y es una lucha tenaz de un plan contra otro plan, como decía Martí.

Por otro lado, siempre hemos dicho que no somos una sociedad perfecta. Lo repetía Fidel, quien además nos enseñó a creer que el día que pensáramos que todo estaba perfecto, había que revisar y empezar de nuevo, porque la perfección no existe. Tenemos errores. Tenemos falencias. Los insuficientes resultados alcanzados en muchas áreas, sobre en la seguridad alimentaria y energética son hoy la principal insatisfacción y la razón de la más profunda y severa autocrítica, como recién afirmada el Primer Secretario del Partido, el compañero Díaz-Canel.

Si bien no es posible juzgar gestiones y resultados ignorando el contexto, no podemos ocultar que hay zonas del país a las que la Revolución no ha podido llegar como deseamos o se pensó. Hay grupos humanos que han sufrido más que otros las limitaciones. Hay individuos y estructuras que no han hecho sus deberes, o se han equivocado, o se han cansado, o se confundieron en el tortuoso y difícil camino. Hemos tenido algunas, muy pocas, deslealtades y deserciones, y esas son las más dañinas, mientras más alto ocurran.

Por otro lado, existe, para el pueblo de Cuba, una vara para medir y exigirle a todos sus dirigentes políticos y gubernamentales a cualquier nivel. Esa vara se llama Fidel Castro, su ejemplo de vida, su forma de hacer política y de gobernar. Su sentido de la justicia. Su optimismo. Es un desafío muy grande para todos los que tenemos una responsabilidad estar a su altura. Recuerdo a Raul en el peor momento del período especial, en 1994, cuando estábamos en el fondo del pozo, reunido con dirigentes partidistas y gubernamentales del país y de las provincias, explicándoles, ante tantas preocupaciones, que cuando estuvieran ante una situación difícil, cuando creyeran que no habían salidas, que pensaran en Fidel, cómo lo entendería Fidel, cómo lo resolvería Fidel, seguro de que hallarían las respuestas.

Nuestro pueblo es heroico. Ha hecho inmensos sacrificios a lo largo de su historia. Haber desafiado al Goliat de nuestro tiempo es un empeño de proporciones bíblicas. No es suficiente. Por eso, Díaz-Canel ponía un ejemplo en el último período de sesiones del parlamento: “…no podemos aceptar que existan formas de gestión económica que se mantengan sin operar una cuenta fiscal. Hasta el magnífico dato de la importante reducción del déficit fiscal del país pierde valor cuando se nos revelan “huecos negros” tan significativos en el control real del funcionamiento de la economía a nivel de los municipios”[1].

Estamos ante una cuestión esencialmente ideológica. Martí decía que había que “ser cultos para ser libres, pero que, en lo común de la naturaleza humana se necesita ser próspero par ser bueno, por lo que la prosperidad material es un medio para alcanzar el bienestar y la virtud, pero no un fin en sí mismo”[2]. El ser humano, nos enseñó Marx, piensa como vive, pero su prosperidad no puede asociarse a la de una elite alienada, sino al bienestar social solidario, algo que también abrazaba Lenin: prosperidad como objetivo colectivo, fuente de dignidad y bienestar para todos. Una prosperidad que, siendo compartida, contribuya a la dignidad de todos y cada uno los individuos y al progreso de la sociedad, como la definía el Che.

Si el horizonte que el socialismo puede ofrecerle a los cubanos es el de la pobreza, aunque esta sea provocada por la larga y desigual guerra del más grande imperio de la historia, estaremos condenados al fracaso. Y no tenemos derecho a equivocarnos, mucho menos a ser derrotados o rendirnos. Cada error se convierte en un hecho contrarrevolucionario, en un acto de complicidad con el enemigo. Varias generaciones de cubanos solo hemos conocido al país bloqueado. Tenemos derecho y es justo aspirar a un país mejor, pero a costa de qué. ¿De dejar de pensar como país? ¿De claudicaciones? ¿De ceguera política? ¿De faltar al deber en el momento más decisivo de nuestra historia?

Recordaba Díaz-Canel, en el discurso de anterior referencia, que “El reconocimiento de la existencia de desviaciones y tendencias negativas en la sociedad cubana actual nos ha conducido a promover un enfrentamiento sistemático a las mismas. La coincidencia de estas problemáticas y su acumulación en el tiempo han facilitado la presencia de fenómenos y manifestaciones negativas en la sociedad cubana, incompatibles con los principios del socialismo. Será siempre tiempo de rectificar.

“Del ideario y las acciones del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz y del General de Ejército Raúl Castro Ruz aprendimos la importancia de la corrección oportuna ante cualquier situación que pudiese comprometer el futuro de la construcción socialista… Se ha demostrado la necesidad de que esta sea una batalla permanente que enaltezca los valores morales del proyecto social, y evidencie la unidad que existe en el respeto a la legalidad socialista.

“Estos procesos, añadía, deben estar presididos siempre por la sensibilidad, la preocupación y la consideración al pueblo, con el interés de preservar a toda costa lo esencial, incluyendo la formación en valores y virtudes en la ciudadanía en tiempos difíciles y de crisis. Se trata de evitar un mayor deterioro en el tejido social y favorecer un clima de respeto, orden, disciplina, decoro, honestidad, generosidad y solidaridad en las relaciones comunitarias y sociales”[3].

En otra parte de sus palabras, al referirse a temas ampliamente analizados en el reciente IX Pleno del Comité Central del Partido, Díaz-Canel recordaba que “en el país tenemos una gran deficiencia controlando los procesos–, por lo que, como mínimo, debemos tener un sistema de observatorios o una red de observatorios para esta norma”… y que “En Cuba no puede existir una persona … que se sienta en desventaja o no se sepa seguro …, porque esa no es la concepción de nuestro Sistema de Educación en Revolución”[4].

Aquí entroncamos con uno de los mayores desafíos que hoy tienen el socialismo, las ideas revolucionarias, el progresismo y la defensa de la paz, que es la manera en que se hace el trabajo ideológico y se conduce la acción ideológica a través de la comunicación política, institucional y social. Algunos compañeros renuncian a abordar este importante aspecto ya sea por cuestiones de edad -aquí casi todos somos prepostmodernos, como diría un profesor que tuve-, somos analfabetos digitales o cuando más analógicos, vemos la brecha generacional como un desafío insalvable, somos fundamentalistas de la cruzada antitecnofeudalismo, o creemos que porque todo esto se inventó en el capitalismo, debemos repudiarlos.

Recuerdo que en los primeros años de la Revolución, en medio de aquellas grandes batallas diplomáticas que protagonizaba el canciller Raúl Roa, el canciller de la dignidad, un delegado internacional se le acercó para cuestionarlo porque él, que criticaba tanto a EE.UU., fumaba cigarrillos Chesterfield. Roa le replicó brillantemente con la picaresca cubana, al decirle que sentía un placer torturante en quemar al enemigo. Y una salida por el estilo tuvo otra diplomática cubana, joven, criticada por una militante de un partido comunista amigo, porque en la actividad protocolar que ofrecía Cuba, se tomaba ron con Coca-Cola. Aquella diplomática dijo: mira el color de la lata. ¿Es roja, no? Es de los nuestros. 

Hay que ponerle más humor cubano a lo que hacemos. Hay que escuchar y trabajar más con la juventud y enseñarla a alzar vuelo con sus propias alas y con los códigos de su tiempo. Hay que actuar como guerrilleros y apropiarse de las armas del adversario y ponerlas a nuestro servicio, como enseñó Fidel. Pero antes debemos estimular a esos jóvenes a que se sumen y protagonicen; y hay que reconocer que nuestros procesos de comunicación están plagados, como señalaba Díaz-Canel, “de errores y vacíos constantes cada vez que se implementan normas y se aprueban decisiones que se presentan sin la debida información complementaria o las explicaciones imprescindibles, favoreciendo distorsiones y mentiras de los medios asociados a la contrarrevolución, lo que termina por contaminar con mensajes tóxicos en redes a la opinión pública nacional, donde aparecen lógicas incomprensiones que enrarecen el ambiente alrededor de cualquier medida de importancia”[5].

Hoy, señalaba el Presidente, “Tener la verdad de nuestro lado no basta. Como servidores públicos tenemos el deber, la responsabilidad y el compromiso con el pueblo de explicar el origen, la motivación y los objetivos de cada decisión o norma. Cuando nos enfrentamos a los vacíos y tergiversaciones detrás de cada decisión o norma, es lícito preguntar ¿qué papel cumplen los grupos de comunicación de los organismos si se limitan a ser simples tramitadores de papeles, a veces intraducibles al lenguaje común? ¿Por qué nuestros medios se conforman con reproducir la letra de la ley sin explicar sus propósitos?”[6].

Hay que dar la cara –y aquí vuelvo al ejemplo de Fidel-, por más duras que sean las circunstancias. Casi todas las manifestaciones mencionadas de 2020, 2021 y 2024 comenzaron por errores en la comunicación política, aunque hayan sido hijas de un plan largamente urdido por el enemigo. Fueron nuestras faltas las que les abrieron camino. Cuando la revolución y sus nuevos líderes tomaron las calles para explicar, persuadir, disuadir y ordenar, la gente que estaba exaltada reflexionó, porque los hechos y el trabajo del enemigo les habían arrebatado la opción de pensar antes de actuar. Nuestros enemigos construyen respuestas como reflejos incondicionados de los individuos. Nosotros sembramos valores e ideas y construimos conciencia, como enseñaba Fidel.

Ahora mismo, en nuestra Embajada, hacemos esfuerzos con las noticias, los medios y redes; pero no logramos todavía el volumen, la calidad y la penetración que se necesita para hacer valer nuestras verdades. No es solo que haya una hegemonía comunicacional de los medios transnacionales y oligárquicos, o que tengan big data y granjas de bots; o que nosotros no seamos capaces de asumir todo el protagonismo que se nos demanda en esta lucha de ideas. Es que tampoco logramos el seguimiento, la articulación y la actuación concertada con nuestros aliados solidarios y compañeros de batalla. A veces nos falta dominio de los códigos. Y nos resulta éticamente inaceptable reproducir las fórmulas de lenguaje con que se nos ataca ideológicamente, por lo cual estamos obligar a innovar.

Cito de nuevo a Diaz Canel: “En los últimos años y como parte de la feroz campaña contra la Revolución, hoy no es posible navegar por las redes sin tropezar con una avalancha de obscenidades, insultos, ofensas y mentiras, concebidas para denigrar a todo el que asuma una responsabilidad dentro de la institucionalidad, incluso a todo el que decida vivir dentro del país sin denigrarlo. Da vergüenza ver a cubanas y cubanos, nacidos, crecidos y preparados profesionalmente aquí, cómo destilan odio, rabia y desprecio contra la nación que los formó, como si se sintieran parte del “Norte revuelto y brutal que nos desprecia”[7].

También recordaba que “hace 135 años, un periódico de Filadelfia osó burlarse de los cubanos, cargándoles todo tipo de adjetivos denigrantes y catalogándolos como “deficientes en moral”.

“Desde Nueva York y robando tiempo a su febril actividad política, José Martí respondió las ofensas con su insuperable Vindicación de Cuba. Nuestra Patria está necesitando en las redes sociales de hoy otra apasionada defensa del carácter, el valor y la moral de sus hijos, que limpie la costra tenaz del servil colonizado capaz de insultar a los suyos por garantizar cobija bajo el ala del águila que persigue y maltrata a sus compatriotas” [8].

Sabemos que en todas estas batallas se está probando y curtiendo la nueva hornada de líderes revolucionarios. Ninguno de nosotros, ni siquiera el mejor de nosotros, le llega hoy a la estatura de Fidel, o del Che, pero hay que intentarlo todos los días, como nos enseñó Raúl. La inteligencia preclara de aquellos individuos ha sido reemplazada por el papel del Partido, por la inteligencia colectiva, que es menos aprensible, más dispersa, pero que puede ser mucho más potente. Mejor si, además, se apoya en un sistema de ciencia y tecnología que aquellos fundaron, pero cuyas mieles no pudieron disfrutar como nosotros hoy. ¿Se imaginan a Fidel enfrentando la pandemia con cuatro vacunas y una decena de medicamentos propios? Por eso el Presidente habla de que nuestra resistencia es hoy creativa. Estamos obligados a permanecer, a innovar y renovar, y eso, en términos dialécticos, es más y mejor revolución, más y mejor socialismo.

Nuestra gente está dando la batalla. Ese país que todos los días repiten está quebrado, vive, trabaja y se defiende, gracias a la conciencia y coraje de la mayoría de sus hijos. Desde todas partes del país llegan señales de esa resistencia creativa. Ya hay empresas agrícolas que comienzan a mostrar resultados. Se extienden los parques solares que tejerán una red adicional de más de 1000 MGW de generación distribuida. Se fortalecen las alianzas internacionales, aunque las inversiones, como el turismo, demoren en llegar al ritmo de las necesidades. No aspiramos y no queremos reproducir dependencias, como en la etapa neocolonial, cuando todo dependía de EE.UU., o en la época soviética, cuando en un año perdimos el 83 por ciento del comercio exterior y el PIB se desplomó en un 36 por ciento. Tampoco lo hicimos cuando Venezuela nos tendió la mano.

Necesitamos alzarnos por nuestros pies, derrotar al bloqueo y caminar por nosotros mismos. Tenemos la obligación de salvaguardar y consolidar cada vez más el consenso social que recién quedó plasmado en la Constitución de 2019, y cuidar como niña de los ojos la unidad que enseñó Martí y construyó Fidel, y que hoy lidera nuestro Partido. Solo así seremos dignos de ser el ejemplo que ustedes proclaman; solo así salvaremos a Cuba. Solo así prestaremos un verdadero servicio a la causa de la humanidad.

Sabemos que en esa lucha no estamos solos. Contamos con ustedes, con su militancia y su solidaridad; cuyas expresiones tendrán que adaptarse a los tiempos y circunstancias y renovarse creativamente también.

No lo duden, ¡Cuba vencerá!


[2] Martí, J. (1884). Maestros ambulantes. Obras completas. Volumen VIII. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963. 288-92.

[3] Díaz-Canel, M. (2024). Discurso en la clausura del IX Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, La Habana, 13 de diciembre de 2024. https://www.presidencia.gob.cu/es/presidencia/intervenciones/discurso-pronunciado-en-la-clausura-del-ix-pleno-del-comite-central-del-partido-comunista-de-cuba/

[4] Díaz-Canel, M. (2024). Op. Cit. (Discurso en el IV periodo ordinario de sesiones de las Asamblea Nacional del Poder Popular)

[5] Díaz-Canel, M. (2024). Op. Cit. (Discurso en el IV periodo ordinario de sesiones de las Asamblea Nacional del Poder Popular)

[6] Díaz-Canel, M. (2024). Op. Cit. (Discurso en el IV periodo ordinario de sesiones de las Asamblea Nacional del Poder Popular)

[7] Díaz-Canel, M. (2024). Op. Cit. (Discurso en el IV periodo ordinario de sesiones de las Asamblea Nacional del Poder Popular)

[8] Díaz-Canel, M. (2024). Op. Cit. (Discurso en el IV periodo ordinario de sesiones de las Asamblea Nacional del Poder Popular) 

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