A veces, el lenguaje extraverbal dice más que las palabras: los rostros de sorpresa y espanto de Trump, Rubio, Hegseth, Caine en la sala de situación de Mar-a-Lago y las expresiones filtradas con posterioridad sobre la "fiera batalla de balas" de la que fueron testigos, son el reconocimiento a la determinación de los cubanos de honrar la palabra empeñada hasta las últimas circunstancias. No es que sean "fuertes" y "bravos" los cubanos, ni que en desventaja de armas y hombres, hayan inflingido tan inesperados y severos daños al contingente invasor. Es que son ante todo dignos, dotados de un escudo moral que eleva su actitud defensiva por sobre cualquier superioridad del adversario.
Habla la guerra que no vencerá (Letra del año 2026).
El nuevo año ha comenzado de la peor manera para el mundo y para Cuba. El ataque de Estados Unidos contra Venezuela y el secuestro de su presidente constitucional Nicolás Maduro, y de su compañera, Cilia Flores, marcan un momento abisal en la destrucción a manos de la principal potencia imperialista del orden internacional basado en las normas y principios adoptados por la comunidad de naciones tras el fin de la II Guerra Mundial.
Con esta acción, los gobernantes de Washington desnudan toda la fragilidad de un imperio que se declara ya en fase de franca decadencia. La descomunal fuerza desplegada de forma autoritaria en el terreno militar y en el comuncacional tiene su anverso en la profunda crisis interna y la bancarrota moral de un país cuyos gobernantes, en su desesperado empeño por acumular poder, han deslegitimado lo que fue un "sueño" para convertirlo en "pesadilla". Su guerra de doscientos años promovida por el excepcionalismo -el "Destino Manifiesto"- y la codicia -la doctrina Monroe- pretende extenderse otra centuria bajo el Corolario Trump, sin comprender que el mundo cambió.
La debacle en curso es impulsada por la emergencia de un mundo multipolar, en el que diversos actores nacionales y nuevas potencias disputan sus espacios sin compartir las reglas excluyentes con las que Estados Unidos se erigió en el máximo poder dominante mundial. Ya no es necesaria una batalla de Andrinopla, como la que en el año 378 marcó el inicio del ocaso de Roma; ni una batalla de Vitoria que en 1813 señaló el principio del fin de la Francia napoleónica; y mucho menos una guerra mundial y un arma nuclear como las que precipitaron el hundimiento de los imperios británico y japonés en 1945.
Dilapidando recursos en armas y conflictos, para resolver sus necesidades por la fuerza, Estados Unidos olvidó que la madre de las batallas se dirime en la economia. Su dogmatismo le impide reconocer el acerto invencible de Carlos Marx, según el cual la política y todo lo demás son apenas expresiones concentradas de la economía. Y es la economía la que los ha ido apartando de la cancha. Los BRICS -Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica son los rostros más visibles de la nueva puja, pero no los únicos que no quieren seguir siendo parasitados por un poder financiero globalizado que ha adquirido dimensiones monstruosas.
Venezuela es uno de esos nuevos actores, con el atractivo de poseer las mayores reservas mundiales de combustible fósil convencional, a cuyo precio está anclada la prosperidad de la moneda estadounidense: el petrodólar, en una fase del desarrollo en que el control de las fuentes de energía se erige en uno de las principales bases del poderío estratégico de cualquier Estado. No es un secreto que desde hace muchos años el dólar ha ido en caída al tiempo que se agotan las reservas de petróleo de Estados Unidos y se complica su acceso a otros proveedores, a pesar de las guerras que ha lanzado en todo lo que va de siglo. Informes bien documentados de respetables instituciones estadounidenses apuntan a un colapso en un plazo tan breve como de seis años.
De ahí el apremio, la arrogancia, el totalitarismo, la ferocidad que convierten la actitud actual de la plutocracia imperial en "hiperimperialismo", como afirman los cuidadosos de los calificativos, o en neofascismo, como aseguran los que son más leales al reconocimiento del legado y las prácticas históricas del capitalismo en su beligerante fase terminal. El propio Trump se encargó de barrer todas las excusas, incluyendo el delesnable pretexto del narcoterrorismo del fantástico Cartel de los Soles: todo ha sido y es por petróleo.
Cuba debe lidiar con el desafío de este imperialismo recargado que desde su cuna pretendió poseerla -"la más jugosa adición que quizás pueda hacerse a la Unión americana"- y también, enfrentarse a la corte de reptiles coterráneos que sueñan y sirven al sueño de una Cuba estadounidense, y han mamado, engordado y crecido exprimiendo al contribuyente de aquel país para operar política, economica y militarmente contra la isla que los vio nacer o de donde proceden sus ancestros. Su lógica simple es que con la crisis profunda alentada por el bloqueo demencial y sin los recursos petroleros de Venezuela, Cuba estalla o debe rendirse antes de que se celebren las elecciones de medio término en el país norteño.
Dos vociferantes Donald Trump y Marco Rubio, secundados por la jauría anticubana de Miami, New Jersey y sus coros en Madrid, han levantado contra nuestra Patria toda suerte de amenazas, ultimátums y diatribas, acompañados por fakes y deepfakes que produce hasta el hastío la industria del odio. No ha faltado voz firme ni resolución de este lado para responderles, desde el Presidente, el Canciller, el Partido, hasta muchos cubanos de a pie. Sin embargo, la principal respuesta la dio el pequeño grupo de cubanos que cumplía con la solicitud de reforzar la escolta del presidente Maduro la madrugada del 3 de enero.
A veces, el lenguaje extraverbal dice más que las palabras: los rostros de sorpresa y espanto de Trump, Rubio, Hegseth, Caine en la sala de situación de Mar-a-Lago y las expresiones filtradas con posterioridad sobre la "fiera batalla de balas" de la que fueron testigos por las GoPro de los atacantes, son el reconocimiento a la determinación de los cubanos de honrar la palabra empeñada hasta las últimas circunstancias. No es que solo sean "fuertes" y "bravos", ni que en desventaja de armas y hombres, hayan inflingido tan inesperados y severos daños al contingente invasor. Es que son ante todo dignos, dotados de un escudo moral que eleva su actitud defensiva por sobre cualquier superioridad del adversario.
Es la misma conducta natural que se hizo visible en los días de Girón, en las jornadas luminosas y tristes de la Crisis de octubre, todos asumiendo el reto de la desaparición en un holocausto nuclear; la misma conducta de los defensores de Cabinda, de Sumbe y Cangamba, siempre en desventaja, la actitud idéntica del capitán del buque Hermann frente a los guardacostas norteamericanos y la de los cinco luchadores antierroristas que guardaron prisión aislados en las mazmorras del imperio.
Al concebir la doctrina de la Guerra de Todo el Pueblo como el basamento de la defensa de la revolución cubana, Fidel Castro, que siempre supo la determinación y poderío del formidable adversario que la vida nos puso enfrente como nación, entendió que la única manera de detenerlo es con esa supremacía moral, que no sería -no es- nunca aislada, sino masiva: un avispero incontrolable, sorpresivo, fiero, que haría insoportable cualquier campaña, incluso si, como dice el reyecillo rubio, entraran y arrasaran todo.
Ya lo dijo Ifá en sus consejos del primero de enero: guerra que comienza no se termina. Nuestros 32 compatriotas, hermanos de ideas y de armas, lo explicaron al detalle con su conducta. No queremos enfrentamientos pero nos defenderemos con incontenible determinación si nos atacan. Por ello, es mejor no despertar a las avispas y restablecer el derecho internacional, el diálogo y la paz entre las naciones, especialmente si son vecinas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario