viernes, febrero 13, 2026

CUBA EN UN ALMENDRÓN: NEGOCIACIÓN BAJO PRESIÓN Y DERECHO A REBELIÓN

El presidente de Estados Unidos, sus funcionarios, sus congresistas partidarios, sus operadores políticos y comunicacionales de Miami insisten con arriesgado énfasis en la existencia de una negociación con el gobierno cubano, con sus representantes, con un sector de estos y hasta con un traidor en sus filas, que habría aceptado las supuestamente irresistibles presiones, el recrudecido bloqueo, el chantaje global contra los exportadores de petróleo y las ofertas de salvación que habrían ofrecido negociadores norteños. Anuncian que algo grande pasará, que algo extraordinario se revelará, causando una expectativa mundial sin sustento e importunando el sueño de los corresponsales asentados en La Habana, cuyas casas matrices les exigen noticias que la realidad no ofrece y no ocurrirán.

Es un ejercicio global y masivo de manipulación de la conciencia dirigido, en primer lugar, contra el pueblo de Cuba, para desestabilizar la paz ciudadana, sembrar la duda, alentar temores, causar decepción masiva y, finalmente, la rendición. No es la primera vez que lo intentan. Lo han entrenado en disimiles países. Llevan años trabajando sobre funcionarios políticos, públicos y militares cubanos, hurgando brechas, intentando comprar conciencias. Han destinado incuantificables recursos financieros y humanos a dichos fines. Han ordenado algoritmos y encuestas. Han logrado pequeñas, temporales y penosas conquistas de peones que han sucumbido ante las mieles del poder y el brillo de los oropeles que les ofrecen, pero hasta ahí.

Un taxista joven me preguntaba no hace mucho durante un largo viaje por la ciudad, cómo había sido el periodo especial y la opción “cero” de aquellos años noventas. Le conté y establecimos las diferencias y similitudes con el escenario actual. El insistió en que entonces estaba vivo el “Caballo”, y trataba de imaginar la reinvención de su almendrón sin combustible y comparar los apagones de aquellos años y los actuales. Yo aventuré salidas. Claras las piezas del rompecabezas, me dijo:

– Entonces toca aguantarse, porque a mí no me van a joder los yanquis de mierda esos. Y lo dijo así, con naturalidad.

Yo había sido honesto pero prudente en mi lenguaje. No nos conocíamos. Él tampoco se había excedido. Solo nombrábamos datos y hechos, y de pronto, ¡esa frase!, que lo aclaraba todo: “a mí no me van a joder los yanquis de mierda esos”.

– Perdone que le pregunte, continuó. -Siempre viajo con el carro lleno, pero hoy solo vamos usted y yo y puedo hablar. No sé dónde trabaja ni a qué se dedica, pero me interesa saber, insiste.

Le explico que cada vez que hemos negociado con Estados Unidos ha sido sobre la base del respeto mutuo, la igualdad soberana, sin cortapisas ni condiciones, sin violar principios ni mentir. Ellos saben muy bien cómo conversar con nosotros cuando quieren llegar a un acuerdo, saben que con nosotros no valen las amenazas, y saben, además, que Cuba siempre honra la palabra empeñada. Pero este no es el caso, aseguré, ahora nos quieren de rodillas, y aventuré una pregunta: –¿Qué tú crees?

– Oiga, quién va a negociar con un puñal en el pecho, con la familia amenazada, con el país apagado. ¿Será que de verdad no nos conocen? Maceo nunca negoció la libertad. Camilo jamás se puso de rodillas. Fidel nunca lo hizo. Raúl menos. Diaz-Canel tampoco va a romper esa regla. ¿Por qué insisten?

– Bueno, creen ellos que todos los hombres tienen precio y que son comprables, que los líderes políticos deben tener cuentas en dólares en bancos extranjeros y propiedades suntuosas para chantajearlos, y aquí nada de eso funciona, y el que se excede y se corrompe, ya sabes lo que le pasa: no solo por la cuenta que le pasan el Estado y la justicia. Nuestra gente tampoco los perdona. Nosotros aprendimos a ser iguales, o casi iguales, y a vivir sin tener precio. O sí, un único precio: nuestra sangre y nuestra vida por ser libres, independientes y soberanos.

– Pero están locos, si aquí hasta la Constitución lo prohíbe. Y con esa afirmación reveló otro dato más de la cultura política popular cubana.

– Exacto, le respondí: la Constitución declara expresamente la prohibición de negociar bajo presión y de hacer pactos deshonrosos que comprometan la existencia del Estado y la nación cubana.

En ese punto casi llegaba a mi destino y ambos callamos. Le pagué lo debido. Cobró y me tendió la mano:

– Muchas gracias por la conversación. Disculpe si lo molesté. Hablo mucho.

– No te preocupes, mi hermano, no nos conocíamos, pero estamos en el mismo barco y vamos a enfrentar juntos lo que venga. Además, en el supuesto caso de que alguien viole lo que ha sido norma de nuestra historia y de la Constitución, recuerda que siempre tendremos el derecho a la rebelión contra quien negocie la entrega de la Patria.

– ¡Sirvió!, respondió alegremente.

– Gracias a ti. ¡También sirvió!, respondí. Y el almendrón arrancó.

 

 

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