El presidente de Estados Unidos, sus funcionarios, sus congresistas partidarios, sus operadores políticos y comunicacionales de Miami insisten con arriesgado énfasis en la existencia de una negociación con el gobierno cubano, con sus representantes, con un sector de estos y hasta con un traidor en sus filas, que habría aceptado las supuestamente irresistibles presiones, el recrudecido bloqueo, el chantaje global contra los exportadores de petróleo y las ofertas de salvación que habrían ofrecido negociadores norteños. Anuncian que algo grande pasará, que algo extraordinario se revelará, causando una expectativa mundial sin sustento e importunando el sueño de los corresponsales asentados en La Habana, cuyas casas matrices les exigen noticias que la realidad no ofrece y no ocurrirán.
Es un ejercicio global y
masivo de manipulación de la conciencia dirigido, en primer lugar, contra el
pueblo de Cuba, para desestabilizar la paz ciudadana, sembrar la duda, alentar
temores, causar decepción masiva y, finalmente, la rendición. No es la primera
vez que lo intentan. Lo han entrenado en disimiles países. Llevan años
trabajando sobre funcionarios políticos, públicos y militares cubanos, hurgando
brechas, intentando comprar conciencias. Han destinado incuantificables
recursos financieros y humanos a dichos fines. Han ordenado algoritmos y
encuestas. Han logrado pequeñas, temporales y penosas conquistas de peones que
han sucumbido ante las mieles del poder y el brillo de los oropeles que les
ofrecen, pero hasta ahí.
Un taxista joven me
preguntaba no hace mucho durante un largo viaje por la ciudad, cómo había sido
el periodo especial y la opción “cero” de aquellos años noventas. Le conté y
establecimos las diferencias y similitudes con el escenario actual. El insistió
en que entonces estaba vivo el “Caballo”, y trataba de imaginar la reinvención
de su almendrón sin combustible y comparar los apagones de aquellos años y los
actuales. Yo aventuré salidas. Claras las piezas del rompecabezas, me dijo:
– Entonces toca
aguantarse, porque a mí no me van a joder los yanquis de mierda esos. Y lo dijo
así, con naturalidad.
Yo había sido honesto pero
prudente en mi lenguaje. No nos conocíamos. Él tampoco se había excedido. Solo nombrábamos
datos y hechos, y de pronto, ¡esa frase!, que lo aclaraba todo: “a mí no me van
a joder los yanquis de mierda esos”.
– Perdone que le pregunte,
continuó. -Siempre viajo con el carro lleno, pero hoy solo vamos usted y yo y
puedo hablar. No sé dónde trabaja ni a qué se dedica, pero me interesa saber,
insiste.
Le explico que cada vez
que hemos negociado con Estados Unidos ha sido sobre la base del respeto mutuo,
la igualdad soberana, sin cortapisas ni condiciones, sin violar principios ni mentir.
Ellos saben muy bien cómo conversar con nosotros cuando quieren llegar a un
acuerdo, saben que con nosotros no valen las amenazas, y saben, además, que
Cuba siempre honra la palabra empeñada. Pero este no es el caso, aseguré, ahora
nos quieren de rodillas, y aventuré una pregunta: –¿Qué tú crees?
– Oiga, quién va a
negociar con un puñal en el pecho, con la familia amenazada, con el país
apagado. ¿Será que de verdad no nos conocen? Maceo nunca negoció la libertad. Camilo
jamás se puso de rodillas. Fidel nunca lo hizo. Raúl menos. Diaz-Canel tampoco
va a romper esa regla. ¿Por qué insisten?
– Bueno, creen ellos que
todos los hombres tienen precio y que son comprables, que los líderes políticos
deben tener cuentas en dólares en bancos extranjeros y propiedades suntuosas
para chantajearlos, y aquí nada de eso funciona, y el que se excede y se
corrompe, ya sabes lo que le pasa: no solo por la cuenta que le pasan el Estado
y la justicia. Nuestra gente tampoco los perdona. Nosotros aprendimos a ser iguales,
o casi iguales, y a vivir sin tener precio. O sí, un único precio: nuestra
sangre y nuestra vida por ser libres, independientes y soberanos.
– Pero están locos, si
aquí hasta la Constitución lo prohíbe. Y con esa afirmación reveló otro dato más
de la cultura política popular cubana.
– Exacto, le respondí: la Constitución
declara expresamente la prohibición de negociar bajo presión y de hacer pactos deshonrosos
que comprometan la existencia del Estado y la nación cubana.
En ese punto casi llegaba
a mi destino y ambos callamos. Le pagué lo debido. Cobró y me tendió la mano:
– Muchas gracias por la
conversación. Disculpe si lo molesté. Hablo mucho.
– No te preocupes, mi
hermano, no nos conocíamos, pero estamos en el mismo barco y vamos a enfrentar
juntos lo que venga. Además, en el supuesto caso de que alguien viole lo que ha
sido norma de nuestra historia y de la Constitución, recuerda que siempre
tendremos el derecho a la rebelión contra quien negocie la entrega de la Patria.
– ¡Sirvió!, respondió
alegremente.
– Gracias a ti. ¡También sirvió!,
respondí. Y el almendrón arrancó.
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