Jesús Arboleya, un académico cubano que reside en Miami a quien conozco,
con el que he debatido y que respeto desde hace años, acaba de publicar una
interesante reflexión en la revista on-line Progreso
Semanal. Les propongo lo lean:
LA HABANA. Mucho desconcierto ha creado la decisión del gobierno
norteamericano de declarar a Venezuela “una amenaza extraordinaria a la seguridad
nacional de Estados Unidos”e imponer sanciones a varios funcionarios de ese país, cuando, al mismo
tiempo, hace ingentes esfuerzos por restablecer relaciones diplomáticas con
Cuba, su adversario histórico en la región.
Sin embargo, todo se vino abajo cuando Estados Unidos lanzó la “bomba”
de la supuesta amenaza venezolana y parece que nadie es capaz de explicar a
ciencia cierta las razones. Ni siquiera el propio gobierno norteamericano, que
se ha limitado a decir que se trata de una “formalidad legal”, para destacar sus preocupaciones respecto a la
situación interna de ese país. Según ellos, no vale la pena “exagerar”, ya que
otros treinta países se encuentran en igual situación.
Resulta difícil para cualquier país latinoamericano y caribeño aceptar
los términos injerencistas de la declaración estadounidense contra Venezuela.
Así ya se han expresado la mayoría de los gobiernos y movimientos políticos de
la región. Incluso los más “tibios” han optado por callarse, pero nadie se ha
atrevido a apoyarla.
Instituciones regionales como UNASUR, ALBA y CARICOM han expresado su
condena a la “orden ejecutiva” del presidente Obama y realizado propuestas para la
convocatoria a un diálogo entre las partes. Una solución que Venezuela acepta
como buena, pero sobre la cual Estados Unidos no se ha manifestado.
Ni siquiera buena parte de la derecha venezolana ha podido apoyar esta
declaración y las sanciones correspondientes. Hasta se quejan de que, por su
culpa, se han abortado planes que requerían más discreción de Estados Unidos,
contribuyendo a fortalecer la credibilidad del gobierno venezolano ante su
pueblo y el resto del mundo.
Hacia lo interno de la sociedad norteamericana, la inmensa mayoría de
la prensa, varios tanques pensantes y especialistas en América Latina han
considerado, cuando menos, “contraproducente” esta orden ejecutiva del presidente. Si lo que Obama
quiso fue mostrar fortaleza frente a sus enemigos políticos, el resultado fue,
por el contrario, sacar a flote las inconsistencias que han caracterizado su
mandato. La verdad es que ni siquiera la nueva política hacia Cuba necesita
intentar esa defensa.
Un resultado seguro es que, cualquiera sea la pretensión del gobierno
de Estados Unidos, la agenda de la próxima Cumbre de las Américas ya está
escrita y los principales puntos a debatir serán el fin de la amenaza a
Venezuela y el levantamiento del bloqueo a Cuba.
Incluso suponiendo que algunos países se distancien de la mayoría,
debido a la presión estadounidense, Estados Unidos corre el peligro de que la
crisis se extienda al ya cuestionado funcionamiento de la OEA, poniendo en
riesgo la existencia misma del sistema panamericano, a través del cual se ha
articulado hasta ahora su hegemonía en el continente.
Por todas las vías a su alcance, Cuba ha dejado clara su solidaridad
con Venezuela, así como su voluntad de no dejarse “seducir o comprar” por
Estados Unidos, ni abandonar a sus aliados. Tal posición pone en dudas la
posibilidad de restablecer relaciones diplomáticas con Estados Unidos antes de la Cumbre, como aspira el gobierno
norteamericano, y compromete al menos el ritmo del proceso negociador en el que
Obama ha invertido tanto capital político y ganado un considerable respaldo
interno e internacional.
La moraleja es que la implementación de la política norteamericana está
condicionada por intereses tan diversos y contradictorios, que muchas veces
resulta difícil comprender sus acciones. Esto explica que “políticas fallidas”
para la nación, devengan negocios formidables para algunos consorcios; la
existencia de un cuerpo político polarizado, cuando debiera ser homogéneo y
que, constantemente, se evidencie el contrasentido de una política que tiende a
dinamitar el propio orden internacional donde Estados Unidos es el poder
dominante.
Desde mi punto de vista, estamos en presencia de un partido que Estados
Unidos ha perdido por culpa de una mala jugada y al presidente norteamericano
solo le queda comenzar otro nuevo, en la esperanza de que esta vez actúe con
mejor tino. De todas formas, ya no podrá pavonearse en Panamá, donde más bien
le espera el mal rato que se ha ganado. Progreso
Semanal/ Weekly
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