PALABRAS PRONUNCIADAS POR EL EMBAJADOR DE CUBA EN EL SALVADOR,
DR. PEDRO P. PRADA, EN LA VELADA CULTURAL CON MOTIVO DEL 115 ANIVERSARIO DE LA CAÍDA EN COMBATE DE JOSÉ MARTÍ.
San Salvador, Centro Cultural Nuestra América, 19 de mayo de 2010.
Compatriotas cubanos
Hermanos salvadoreños
Hermanos latinoamericanos y caribeños
Bienvenidos a esta nueva noche martiana en San Salvador. Nadie como él lo diría con síntesis más brillante: “se ponen de pie los pueblos y se saludan”. Y debe ser así porque los que nos hemos concitado en este Centro Cultural venimos a abrazarnos, a saludarnos y a recordar la siembra que ocurrió a media mañana del 19 de mayo de 1895 en la confluencia de los ríos Cauto y Contramaestre, en el oriente cubano.
Largo sería evocar esa historia gloriosa y la epopeya de los patriotas cubanos semidesnudos, que alzaban sus afilados machetes y fusiles, y volaban sus sombreros al aire para aclamar como mayor general del Ejército Libertador y Presidente de la República en Armas al Apóstol y Delegado del entonces también único Partido Revolucionario Cubano.
Pocas vidas son tan útiles a su pueblo y a la humanidad entera que la azarosa y recta vivida por José Martí, quien a los 42 años de edad, ya había irradiado luz suficiente como para iluminar dos siglos de historia de su Patria y de Su América, la Nuestra.
Durante años el patriota, pensador y artista íntegro que fue, nos lo redujeron al poeta vanguardista y al periodista elocuente (que sin dudas fue además y en demasía), podándolo (y despojándolo) de su brillante intelecto político, de su profundidad acuciosa para interpretar la época en que vivió, describir el doloroso y horrible parto del Imperio norteamericano y alertarnos a nosotros, los que aún no imaginábamos nacer, del porvenir aciago que podría asecharnos si la independencia verdadera y definitiva de la América española no se coronaba frente a la voracidad irrefrenable de la América anglosajona y sus oligarcas parásitos.
Pero al invocar a Martí en nuestro tiempo, no cometemos los cubanos el mismo error de los iluministas europeos que se escudaban en el pasado para representar la próxima página de la historia. No parodiamos las situaciones revolucionarias del pasado. Y aunque hacemos nuestra propia historia bajo las circunstancias que nos son impuestas y no las elegidas, reverenciamos las claves del ayer como nuestra puerta al futuro.
En Cuba, esas claves para entender lo cubano, para despertar en nosotros el sentido de identidad, nación, patria y humanidad, para mantener el rumbo en las peores tormentas, y para hacernos responsables de la libertad y la justicia conquistadas, nos las da José Martí. En su poesía hay una pieza esencial en la que radica la tesis de moral y dignidad que constituye la columna vertebral de la ideología cubana. Me refiero al poema Yugo y estrella.
Al nacer, la madre ofrece al hijo dos opciones vitales: la vida del buey, que se amansa, obedece y sirve a los señores, goza de rica y ancha avena y anda cabizbajo rumiando su tiempo bajo el peso del yugo; y la vida de la estrella, que ciega, ilumina y mata, de la que huyen pecadores y traidores, genera incomprensión, pero vive solitaria y pura en la frente del que se la ciñe. El hijo elige de la manera única posible que podría hacerlo alguien cuya libertad e independencia han sido cercenada:
–Dame el yugo, oh, mi madre, de manera
Que puesto en el de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata
Esa opción martiana fue la misma que hicimos los cubanos hace 51 años, convencidos de que:
El que la estrella sin temor se ciñe,
Como que crea, crece!
No sospechábamos entonces que esa opción nos convertía en faro y bandera, y que nuestra tenaz resistencia a todo intento de reducirnos nuevamente a la condición de buey, a la zaga de la herencia colonial española y de la carreta neocolonial de los Estados Unidos en la que entonces viajaban todos nuestros pueblos, nos transformaría, con el paso de los años, en una misma estrella.
Por ello, cuando asistimos a la más feroz campaña de descrédito que se ha lanzado jamás en la historia contra pueblo alguno, no exagero si les digo que estamos siendo testigos de un esfuerzo descomunal por apagar esa estrella que hoy se muestra como camino para millones de personas y decenas de países.
Los esfuerzos empezaron bien temprano, a raíz del propio triunfo revolucionario, cuando emisoras de radio instaladas por la CIA en el sur de la Florida y en Centroamérica comenzaron a realizar transmisiones para denostar al joven poder revolucionario establecido, alentar la traición, la deserción, el odio, la emigración salvaje, la disensión interna, el terrorismo.
Nunca antes, ni en los tiempos de Goebbels y la Alemania nazi, y ni siquiera en la era macartista, durante la peor guerra fría, se emplearon tantos esfuerzos para derrumbar un poder genuino, nacido de las entrañas de nuestra propia tierra y popularmente constituido. Jamás las transmisiones de la Voz de las Américas, Radio Libertad y Radio Europa Libre lanzaron contra la Unión Soviética, Europa del Este o China la agresión radioelectrónica de que es objeto Cuba.
En la era de los omnímodos poderes mediáticos, cuando la comunicación de masas se ha globalizado y el discurso y el pensamiento único son impuestos al mundo hasta la saciedad, esa agresión adquiere ribetes dramáticos: contra Cuba se transmiten hoy más de tres mil horas semanales de radio y televisión. Las megacorporaciones y grupos mediáticos, como AOL Time Wagner, los grupos América, Clarín y el español Prisa, que dominan cientos de canales de televisión, emisoras de radio, publicaciones periódicas y casas editoriales, martillan a diario a los habitantes de nuestro planeta con la cantaleta de la cabrona islita del Caribe dominada por una dictadura totalitaria que viola masivamente los derechos humanos de un pueblo dócil y vencido, que no quiere escuchar de cordura ni ser “políticamente correcto”.
Es el mismo repugnante discurso del editorialista del The Manufacturer, que Martí desafía en 1889 y al que azota con inolvidables estocadas:
No somos los cubanos ese pueblo de vagabundos míseros o pigmeos inmorales que a The Manufacturer le place describir; ni el país de inútiles verbosos, incapaces de acción, enemigos del trabajo recio, que, justo con los demás pueblos de la América española, suelen pintar viajeros soberbios y escritores. Hemos sufrido impacientes bajo la tiranía; hemos peleado como hombres, y algunas veces como gigantes para ser libres; estamos atravesando aquel período de reposo turbulento, lleno de gérmenes de revuelta, que sigue naturalmente a un período de acción excesiva y desgraciada; tenemos que batallar como vencidos contra un opresor que nos priva de medios de vivir, y favorece, en la capital hermosa que visita al extranjero, en el interior del país, donde la presa se escapa de su garra, el imperio de una corrupción tal que llegue a envenenarnos en la sangre las fuerzas necesarias para conquistar la libertad. Merecemos en la hora de nuestro infortunio, el respeto de los que no nos ayudaron cuando quisimos sacudirlo.
No hay que esforzarse para pensar que lo explicado sea propaganda “castrocomunista”. Los propios documentos desclasificados del Gobierno de los Estados Unidos los delatan: “Desatar una poderosa ofensiva propagandística”. “Fabricar una oposición, financiarla, dirigirla y apoyarla”. “Provocar hambre, enfermedades y desesperación para que el pueblo se levante contra el Gobierno y lo derroque”.
Y como el fracaso más rotundo ha coronado los esfuerzos y las millonarias sumas de dinero invertidas, se han visto obligados a reconocer amargas verdades:
Una, expresada por el propio presidente Barack Obama en la pasada Cumbre de las Américas: “la política hacia Cuba de los últimos cincuenta años ha sido un completo fracaso”.
Y la otra, expuesta hace unas semanas por el senador John Kerry, tras concluir las investigaciones sobre el desempeño de los principales medios de propaganda del Gobierno de Estados Unidos contra Cuba, que para colmo de cinismo, usurpan el limpio nombre de José Martí: "Tras 18 años, Radio y TV Martí fallaron en penetrar de manera sensible en la sociedad cubana o influenciar al gobierno cubano".
Del mismo modo, cincuenta años de mentiras no fueron suficientes para envenenar la inteligencia del noble pueblo salvadoreño, y no podrán cercenar los sueños, ni ocultar las verdades. Ya lo dijo el mayor de todos nosotros: “Una idea justa desde el fondo de una cueva puede más que un ejército”.
Pero al reflexionar a propósito de lo que a diario escuchamos en los medios, cabría preguntarse:
¿Contra quiénes se vira el periódico que ofrece sus páginas a terroristas disfrazados de poetas y escritores”
¿Contra quiénes se vuelven los medios que acogen desde sus autoexilios dorados las firmas de traidores a su propio pueblo?
¿Contra quiénes se levantan aquellos que buscan y pagan para que vulgares asesinos con pretéritos méritos vistan de ropajes de dudosa credibilidad sus diatribas contra Cuba?
¿Será todo esto contra Cuba, o contra la idea que Cuba representa y otros siguen?
¿Será solo contra los tozudos (o tenaces) cubanos?
¿Será por aquello que dijo el poeta Silvio Rodríguez, respecto a la necedad de asumir al enemigo y vivir sin tener precio?
No insisto con otras preguntas. Confío en la inteligencia de todos. Confío en la fuerza de la verdad y las ideas; confío en la justeza del legado que heredamos y cargamos a través del tiempo como prenda sagrada que viaja de generación en generación como si fuera el hilo de la vida.
Y les pido también que confíen en nosotros, los cubanos; en nuestro afán por hacer de nuestra Revolución ayer, hoy y siempre una obra de belleza y de justicia, elegida y construida por hombres y mujeres libres; en nuestro empeño por cambiar todo lo que deba y pueda ser cambiado; pero hacerlo nosotros, sin que nadie lo ordene o lo imponga, de acuerdo con nuestra fe y buen sentido.
Les aseguro que, como Martí nos enseñó, antes de cejar en el empeño de hacer libre y próspera a la Patria, se unirían el mar del sur al mar del norte y nacería una serpiente de un huevo de águila.
Como nos han enseñado esos cinco hermanos que como Martí en su época, purgan largo, injusto y cruel presidio político, no nos rendiremos. Pero no presumiremos nunca de perfectos, porque toda obra humana es siempre perfectible y porque toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz. No derribaremos estatuas ni quemaremos libros. Nadie se avergonzará de nosotros porque no hallarán en los escaparates de nuestra historia ni torturados, ni desaparecidos, ni otros muertos que no hayan sido aquellos que se interpusieron en el camino de nuestra felicidad, o los que por decenas de miles abonaron la larga ruta del último medio siglo.
Defenderemos la bondad, la hermosura, la música y la poesía. No dejaremos de ser solidarios, ni de sentir en mejilla propia la injusticia que se cometa contra cualquier ser humano en cualquier lugar de la tierra.
Seremos como Martí quería: un ejército de luz, y a nuestras filas serán bienvenidos todos los hermanos que sientan como propia nuestra causa. Tengan la seguridad de que, martianamente hablando, quien se levante hoy con Cuba, se levantará para todos los tiempos, y que cuando la noche sea más oscura, allá, en el fondo de las tinieblas, permanecerá viva una estrella que, aún si fuera solitaria, seguiría irradiando luz y calor como hermoso aviento del amanecer que merecen todos nuestros pueblos. Y bien lo sabemos: esa estrella no está sola. No estamos solos. ¡No estamos solos!
No añado más. Queden en la memoria el aliento del héroe y sus ideas, el calor de la marcha unida y los abrazos que nos hemos dado, y el compromiso de todos nosotros de no defraudarlos jamás, en Cuba, con Patria y Libertad.
Muchas gracias.
jueves, mayo 20, 2010
viernes, abril 30, 2010
LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD EN LA DEMOCRACIA CUBANA
Conferencia dictada en el Auditorio de la Facultad de Economía de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA).
San Salvador, Viernes 30 de abril de 2010.
Dr. Cs. Pedro P. Prada
Embajador de Cuba en El Salvador
Estimados profesores y demás autoridades universitarias
Queridos alumnos
En esa obra central de la cultura hispana que es El Quijote, Miguel de Cervantes pone en boca del ingenioso hidalgo estas palabras: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida...”
El problema de la libertad, en efecto es uno de los problemas centrales de toda reflexión filosófica. La libertad se considera componente esencial del ser del hombre, ya que da significado a la existencia y especifica y caracteriza el obrar humano; obrar que, por ser libre, se hace moral. Por ser libres, los hombres han sacrificado más de una vez su vida y los poetas han destilado los versos más auténticos. La libertad ha sido sueño, ha sido realidad, y ha sido también fría e inmóvil estatua, noción reducida a proclama, fábula que como el mito de Sísifo en la montaña, empujamos siempre hacia la cima sin alcanzarla plenamente. A nombre de la libertad se ha derrocado a gobiernos dictatoriales, se ha demolido estructuras políticas, económicas y sociales inservibles, pero también se han cometido graves errores; se ha invadido países, se ha derrocado a gobiernos soberanos, o se ha estigmatizado a otros de distinto signo ideológico.
José Martí, apóstol de la libertad y la independencia cubana, y él mismo el libertador más radical que ha dado la historia de Cuba y, sin dudas, uno de los más radicales de Nuestra América, escribía desde su exilio Nueva York: “Terrible es, libertad, hablar de ti para quien no la tiene. Una fiera vencida por el domador no dobla la rodilla con más ira. Se conoce la hondura del infierno, y se mira desde ella, en su arrogancia de sol, al hombre vivo. Se muerde el aire, como muerde una hiena el hierro de su jaula. Se retuerce el espíritu en el cuerpo como un envenenado. Del fango de las calles quisiera hacerse el miserable que vive sin libertad la vestidura que le asienta. Los que te tienen, oh libertad, no te conocen. Los que no te tienen no deben hablar de ti, sino conquistarte”.
Por esa libertad radical, verdadera, amorosa, libre de ataduras que no sean más que las morales, pero sin remilgos, pueblos enteros bregan en la historia como parias, desafiando la furia de los Imperios que se empeñan en ponerles cortapisas económicas, comerciales, financieras, políticas, culturales y de todo tipo. Por ese empeño se les etiquetea o tacha de fundamentalistas, totalitarios, fallidos, mientras se olvida o se oculta conscientemente que la palabra radical viene de raíz, de ir a la raíz de los fenómenos de la realidad, se ignora el origen de sus males, o se les inventan las enfermedades de que carecen porque parecer –y eso es ya el mundo lo virtual-, ha pasado a ser más importante que existir, y quien no acepte el veredicto y el edicto, deberá pagar el precio más impagable. Cuba no es una excepción y ha tenido que demostrarlo.
De ahí la radicalidad de otro libertador cubano, Antonio Maceo y Grajales, quien creía en la visión iluminista de libertad, igualdad y fraternidad como un tríptico indivisible, y que hoy podríamos renombrar igual como libertad, justicia social y solidaridad. Maceo tenía claro que “la libertad cuesta muy caro. Se le conquista, no se mendiga. Hay que resignarse a vivir sin ella o disponerse a comprarla con el filo del machete”. Y para que no quedaran dudas de la voluntad de lograrlo y, además, mantenerla una vez alcanzada –sobre todo por las amenazas norteñas que ya se cernían sobre una Cuba independiente-, advierte a los que se atraviesen en ese camino: “quien intente apoderarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la contienda”.
Sin embargo, algunos creen que vivimos un mal momento para la palabra libertad. Se le maltrata, se le abusa como hembra de burdel, se le cerca y encadena con dinero y censura; apenas ni se le nombra y a veces pareciera como que fuera en camino de convertirse en un vocablo arcaico y en desuso. Y aún así nos dicen “sean libres”, “libérense”, “no tengan miedo a la libertad”, “exprésense libremente”. Mal momento para Martí, para la libre expresión del pensamiento; para el pensamiento.
¡Mal momento cuando se habla casi siempre en abstracto de libertad y del derecho a gozarla!, fuera de su contexto y realidad cultural e histórica, como entelequia más allá del razonamiento humano, de las circunstancias del hombre, del tiempo, la época y el lugar concreto donde la libertad se verifica o conculca. Mal momento cuando se calla el sufrimiento de medio siglo de un pueblo al que se le ha hecho la más larga y genocida de las guerras.
Es en estos casos cuando la palabra libertad –que en nuestro mundo real pasa a ser “liberty”- se ahueca, se prostituye y envanece a manos de quienes se proclaman como sus adalides. Es en esos casos en que la afirmación de la libertad como opción vital sin límites conduce paradójicamente a la negación misma de la libertad, a que se abran, en otras palabras, situaciones serias de peligro para su misma existencia.
Pongamos un ejemplo –Internet-, y veamos la reflexión que al respecto nos ofrece el importante investigador argentino Atilio Borón: “Se ha vuelto un lugar común creer que la Internet es por excelencia el ámbito de la libertad de nuestro tiempo. Muchísima gente, y no pocos teóricos, sostienen que se trata de un espacio liberrísimo, en donde las antiguas restricciones que el papel impreso imponía a la producción y circulación de las ideas han quedado definitivamente superadas. Basta con leer algunos pasajes del libro de Hardt y Negri, Imperio; o los tres tomos de Manuel Castells, La Edad de la Información: Economía, Sociedad y Cultura para apreciar la profundidad y ramificaciones de esta creencia: 'la red democrática es un modelo completamente horizontal y desterritorializado. Internet... es el principal ejemplo de esta estructura democrática en red... Un número indeterminado y potencialmente ilimitado de nodos interconectados que se comunican entre sí sin que haya un punto central de control'. ”
Si esto fuese así, ¿por qué Cuba no puede acceder a los canales internacionales de banda ancha, por qué se bloquean las direcciones IP cubanas, por qué Google, Yahoo y Messenger tienen restricciones para Cuba, por qué se financia y estimula el Cyberterrorismo y George W. Bush y el Grupo Prisa reparten premios a quienes estigmaticen digitalmente a la Isla?
Más adelante Borón añadía: “En un pasaje brillante del Dieciocho Brumario, Marx definía al cretinismo parlamentario como 'una enfermedad que aprisiona como por encantamiento a los contagiados en un mundo imaginario, privándoles de todo sentido, de memoria, de toda comprensión del rudo mundo exterior.' Esta enfermedad ahora reaparece y se apodera de algunos teóricos de nuestro tiempo, los encierra en un mundo imaginario en el cual la Internet es el reino de la libertad y la democracia, reino edificado, por cierto sobre una sociedad capitalista que a cada paso demuestra su incompatibilidad cada vez más irreconciliable con la libertad y la democracia pero que, gracias al cretinismo –esta vez 'internético'- intenta renovar su deteriorada legitimidad. Este cretinismo es mucho más dañino que el identificado por Marx.”
El redescubrimiento del carácter central del sujeto y del mundo de las necesidades-deseos que están en la raíz de su exigencia de autoafirmación, corre parejo con una creciente toma de conciencia del enredo extremadamente articulado de fuerzas que actúan en él y sobre él, y que determinan continuas limitaciones de su libertad y de sus opciones. Ello, de algún modo nos conduce al significado que vamos a dar a la democracia, otro concepto que viene emparentado con la libertad, aunque históricamente le preceda (lo cual nos aclara que ni una es condición de la otra, ni existe una comprensión única de ambas, y mucho menos, que es posible imponerlas desde afuera de los sistemas nacionales, importarlas en helicópteros o portaviones, invadir con ellas los ciberespacios, las culturas y los imaginarios construidos sobre otros presupuestos.
Recordemos que el concepto mismo de libertad adquiere significados diversos, a veces contrapuestos, según la óptica ideológica desde la que se lo interprete: la libertad del rico para tener y expandir su propiedad a expensas del pobre, nada tiene que ver con la libertad que se le ofrece al pobre de mendigar sus derechos y luego votar por el rico que se va turnar en la presidencia del país o por quienes determinan si un emigrante es legal o ilegal; extrañas formas de libertad ambas que, por cierto, el pobre solo disfrutará en dependencia de a quién conceda su voto.
Ello atañe sin dudas al carácter democrático de la libertad, aunque se obvie que δεμος (demos) es pueblo y no clase, y contradiga aquel precepto de los padres fundadores de la gran Nación del Norte, que se presume antorcha, según la cual, democracia es el gobierno del pueblo, con el pueblo y para el pueblo, frase revolucionaria que haría expandirse en todas direcciones a la libertad, y no solo en el sentido en que ha resultado, o al que la han reducido.
Junto a la dieciochesca concepción iluminista de la libertad, que hace coincidir ésta con la proclamación abstracta y formal de los derechos individuales –concepción exacerbada hoy por el pensamiento liberal y neoliberal globalizado-, existe otra, más atenta a las posibilidades reales de su ejercicio, mediante la creación de condiciones sociales que garanticen a todos y de manera sustancial el poder real de autodeterminación, y que expande sus bondades de manera justa y solidaria.
Fíjense en este contraste: el Imperio americano que nace proclamando la libertad y la democracia a los cuatro vientos, no resuelve de origen el crucial desafío de la esclavitud que luego devendría segregación y racismo. O si no, de dónde sacó Simón Bolívar aquella telúrica admonición que nos alertaba, con respecto al gigante que crecía al norte del continente y se apropiaba, desde entonces, de la paternidad absoluta de la noción que nos convoca: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar a América de miserias a nombre de la libertad”.
La revolución en Cuba, que de forma más modesta proclama su afán por alcanzar la libertad y toda la justicia posible, nace con la liberación de los esclavos y de la decisión de sus amos blancos de compartir juntos el mismo destino, que devendría en una nación mestiza. Se afana y emprende. Yerra y reencamina. No se cree divina ni mesiánica: es una obra humana, siempre perfectible. Y cuando un mundo de socialistas que se proclamaron reales y comunistas y no resultaron ni lo uno ni lo otro, desaparece, la revolución cubana no naufraga, no se hunde, y sigue navegando con sus perfectibles imperfecciones y protagonistas por los mares de la historia, sin abrogarse la propiedad del futuro, aunque muchos sigan viendo en ella un faro de luz y una bandera en medio de la noche oscura y la mar procelosa.
Fidel Castro, que ha sido sin dudas y después de José Martí, el más grande libertador y demócrata cubano, y que nos ha enseñado en el ejercicio permanente de la insatisfacción, de la autocrítica y del perfeccionismo humano, nos deja este legado sobre la noción misma de Revolución: “es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.”
Fíjense en la dialéctica libertaria de Fidel: “igualdad y libertad plenas”. Una contiene a la otra y viceversa. “Ser tratado y tratar a los demás como seres humanos”, es decir, reconocerse libre y reconocer al otro también como tal, sin mengua ni ofensa, acto consciente que radica en la base misma del goce de los derechos y en la participación del y los individuos en la sociedad. Libertad, democracia, derechos. Todos van juntos de la mano en esa noción de revolución, que por demás, es una incitación al cambio constante: “cambiar todo lo que deba ser cambiado”. Momento que rescata lo mejor de la dialéctica que Fidel ha aprendido en Martí, en Hegel y en Marx, y que nos pone ante la disyuntiva de entender que los sujetos de esos bienes morales no solo pueden sino que deben compartir deberes entre sí, entre todos, con todos y para el bien de todos, lo que es, en Martí, fórmula que él llama “del amor triunfante”.
Justo en este punto retorno a las reflexiones más generales para insistir que, junto con una concepción de la libertad de matriz liberal-burguesa, que tiende a identificarla –o reducirla- con la libre iniciativa del individuo (¿lo será realmente? –fíjense que no excluyo), existe otra que presta más atención a las exigencias objetivas de la justicia, que deben ser absolutamente tuteladas y promovidas, y en la que la sensibilidad deontológica del ser humano por sus semejantes, lo hace ser mucho más libre y mucho mejor luchador por la libertad humana.
Así, la dialéctica entre el bien personal y el bien colectivo viene a ser hoy más que nunca un asunto de primera actualidad; y eso lo sabe bien el pueblo salvadoreño, que luchó con las armas decenas de años por fundir ambos bienestares, que no se ha cansado de luchar políticamente por lograrlo, que aún masacrado, reprimido, casi exterminado, ha resistido una y otra vez y nada ni nadie ha podido quitarle su risueño espíritu guanaco, su irreverente verbo, su devoción a las creencias –a todas- y ni siquiera, han podido robarle o rendirle a sus pupusas.
Amigos:
En su existencia concreta, el hombre experimenta a un tiempo su doble condición de ser libre y ser condicionado –siempre el eterno regreso a nuestras circunstancias. La filosofía ha reflexionado mucho sobre esta experiencia fundamental, en un intento de ofrecer una interpretación, es decir, de demostrar la existencia de la libertad, indicando también cómo y por qué se desarrolla ésta.
Por eso, todo intento de establecer una libertad que sea fin para sí misma, es decir, sin relación con un valor, se frustra en el preciso instante en que se propone, ya que convierte toda elección en indiferente y, como consecuencia, borra de la actividad del hombre todo carácter de responsabilidad y de riesgo con su medio y circunstancias.
En esta universidad, donde el fantasma del padre Eyacuría sigue revolviendo cátedras y aulas y enrojeciendo conciencias (no en el sentido político, sino en puro sentido ético) ustedes saben mejor que muchos otros que la experiencia moral es experiencia de un valor y, sobre todo, lleva como contraseña la percepción del valor del hombre concreto como persona, el cual procede en conformidad o no con su dignidad irrepetible, con mayor o menor fidelidad al sentido auténtico de su existencia. La experiencia ética, si bien tiene sus raíces en la situación y se alimenta de ella, emerge de ella y aparece cimentada en la profundidad de la persona. Es experiencia del valor, pero no como un dato ya dado de antemano, sino como el objeto de una elección libre que tiende dinámicamente a hacerlo realidad a través de un proceso concatenado e ininterrumpido.
La libertad de elección no lo es, pues, todo. Está en función de la liberación moral entendida como la apertura cada vez mayor del espíritu a los valores y a la plenitud del ser. Una libertad inculta y amoral, que se expande para si en detrimento del otro, una libertad insensible que no sufre como afrenta propia la causada a otros hombres, o siente como propio el idéntico derecho a la libertad de todos los demás, es, si acaso, una revelación del peor instinto del depredador que fuimos –o somos- y nos transforma en salvajes.
Si reflexionáramos a fondo sobre la libertad, podríamos apreciar el desarrollo de la responsabilidad moral en toda su consistencia real. Por una parte, hay que dejar constancia de la existencia de la libertad como dinamismo fundamental del ser y del obrar del hombre; libertad sustentada en el conocimiento y en la voluntad humana (algunos, desde la fe, añaden, en la presencia de Dios).
Pero, por otra parte, no deben olvidarse las dinámicas histórico-concretas que caracterizan a la existencia humana como existencia espacio-temporal ni, consiguientemente, el peso decisivo de los condicionamientos biopsíquicos, históricos y socio-culturales, que se encuentran en la raíz de las opciones y comportamientos del hombre.
Centrémonos en hechos de nuestros días:
Un vulgar delincuente cubano que ha cometido innumerables delitos se autoproclama perseguido político. Los que lo estimulan a hacerlo saben que es “rayado”, como se diría en El Salvador, y que pueden usarlo hasta el final para sus fines. Lo incitan a una huelga de hambre para rendir con ella a un gobierno apoyado por la inmensa mayoría del pueblo. El neodisidente enarbola reclamaciones fútiles: ventilador, cocina, refrigerador y teléfono para su celda. El hombre decide morirse en su protesta. Las convenciones internacionales de derechos humanos dicen que tiene derecho a morirse si quiere y que no se le puede impedir porque mancillaría su dignidad. Se le brinda toda la asistencia médica posible, pero muere.
Un psiquiatra clínico que de tanto curar almas ha enfermado la suya y ha llegado hasta provocar agresiones físicas y lesiones casi mortales a sus pacientes y colegas, además de autolastimarse decide optar también por la conversión ¿política? Y como su antecesor, se proclama igual en huelga de hambre, con el mismo fin de rendir con ella a un gobierno apoyado por la inmensa mayoría de su pueblo. Se declara perseguido y acosado, pero dispone de casa propia, alimentación, médicos y medicinas, y luego hasta de un cuarto de hospital. Desde allí arenga al mundo contra su Patria, y lo hace, además, con libertad plena y pleno acceso a todos los medios de comunicación globalizados, de una forma que cualquier Código Penal del mundo lo castigaría.
El mundo se cae en Cuba, la gente se suicida como gorriones, y nada pasa en las cárceles del Imperio donde más de un millar de personas mueren, las matan, se suicidan o intentan hacerlo cada año. Nada ocurre en Honduras, donde la represión salvaje sigue cobrando vidas. Nada ha pasado en Europa, donde nadie quiere saber de cárceles secretas, torturas, xenofobia y otras libertades. Nada se sabe de la franja de Gaza, donde no hay cuentas ya de niños, mujeres o ancianos masacrados. Nadie quiere ya que se hable de los jesuitas asesinados en este mismo campus, de la ausencia inevitable del padre Ignacio Eyacuría, del silencio al que fue condenado Monseñor Romero por alguien que se creyó más libre que él y, quién sabe, hasta que Dios.
El coro global canta el concierto del pensamiento único que no acepta más que su liberty, su democracy y sus rigths. Hasta las derechas nos dicen cómo debemos ser los de izquierda. Los herejes, que como los primeros cristianos, desafiamos a la Roma de hoy, estamos condenados al silencio. Los que decidimos retar al emperador y cruzar el mar, somos los crucificados. La prensa oligopólica –por oligárquica y monopólica- no da espacios a la razón pura y en cambio, abre sus páginas a la razón violenta, acogiendo acoge firmas de terroristas confesos como Carlos Alberto Montaner, vestido hoy con ropaje de oveja escritora. Y no faltan supuestos defensores de derechos humanos que hasta hoy habían estado ocupados en sus muchos y graves problemas, pero para no faltar al coro que reparte plata y favores, se suman, sin cálculo de daños a su propia historia y deberes, y sin fijarse mucho en que a su alrededor la libertad justa, moral, debida, democrática y verdadera, se mantiene cercenada.
¿Para qué cito estas realidades? Para recordar que la responsabilidad del hombre se debe buscar cada vez más en la compleja trama entre lo privado y lo público, entre lo personal y lo político, entre la historia y la cultura, y entre el respeto a si y a los demás, a sus propias decisiones y a las de los otros.
Una responsabilidad verdadera, real, ineludible, que lleva al hombre a madurar en lo hondo de sí mismo decisiones que van a orientar concretamente su existencia y que se van a manifestar en los actos que él desarrolle, actos, por lo tanto, caracterizados por la presencia de la libertad, actúa por sí misma, como regulador consciente de la libertad.
En ese sentido, la libertad pasa a ser un acto consciente del individuo social, en la que el derecho del uno concluye donde comienza el del Otro, y deja de ser, por consiguiente, un acto animal de albedrío sin límites, o lo que también denominamos, un acto de libertinaje o anarquía.
¿Ha sido la revolución cubana un acto de libertad como pocos en la historia? Nadie lo duda. ¿Fue excluyente? Se sabe, ¡jamás! ¿Se avergüenza de su precio? Bien lo saben sus detractores: no esconde muertos, torturados ni desaparecidos en el escaparate de su historia; no tiene vergüenzas de que ruborizarse o arrepentirse. Las víctimas que se le achacan y de las que sus verdugos se quieren apropiar como mártires, son las de la larga guerra que ha debido librar para resistir, existir y vivir contracorriente: 5577 cubanos víctimas del terrorismo armado, miles de cubanos víctimas del terrorismo migratorio, millones de cubanos víctimas del terrorismo económico, comercial y financiero.
¿Será el huelguista de hambre muerto víctima del Gobierno cubano o de quienes lo empujaron a la automutilación para sacar calculada ganancia política?
¿Ha sido la revolución cubana un acto antidemocrático? Pocos gobiernos del mundo han hecho de la participación libre de sus ciudadanos en la toma de decisiones un acto de democracia. Ninguna de las grandes decisiones de la revolución cubana han sido tomadas de espaldas y sin consultar al pueblo. Si los cubanos no pueden tener la libertad de opción, ¿por qué acuden en masa a los colegios electorales durante las elecciones? ¿Por qué vota más del 90 por ciento de ellos a pesar de que el voto no es obligatorio? ¿Por qué, si son tan totalitarios, tienen que proponer no menos de dos candidatos por cargo público y cumplir con la ley de lograr, además, un adecuado balance de mujeres, negros, mestizos y jóvenes? ¿Por qué –diría Silvio Rodríguez-, si el Gobierno es tan malo, ha forjado en cincuenta años un pueblo tan bueno?
¿Es un problema de falta de libertad de los cubanos, o es que los cubanos no quieren una libertad desenfrenada donde unos pisoteen a los otros según su poder, astucia o suerte? ¿Qué tan antidemocrático es el régimen que sabiendo de la necesidad de una decisión económica de emergencia para enfrentar una crisis, la consulta con el pueblo, el pueblo la veta, y el gobierno se ve obligado a hacer malabares para no lesionar el mandato que se le ha conferido y, a la vez, cumplir con su deber de hacer que la crisis golpee a los menos favorecidos?
Cuando alguien se precipite a condenar a otros, a certificar gobiernos, a poner etiquetas, a presumir de libre y democrático, pregúntense siempre por qué. Duden siempre de quien proponga una libertad sin frenos, porque donde no exista responsabilidad, la libertad será cuando menos inservible y cuando más, será una ficción en la que unos –las mayorías- actuarán como si fueran libres y otros –las minorías que ejercen el poder- se comportarán como si dejaran a los demás disfrutar de su libertad.
Por último, les regalo un acertijo: había una vez un pueblo amenazado por hombres que ponían bombas donde ese pueblo y sus visitantes iban a curarse, a comer y a bailar. Había hombres que compraban hombres-mercenarios en otro país para que pusieran bombas en el propio y en el que los acogía. Había hombres-presidentes que ampararon a los hombres-terroristas en su cruzada contra el pueblo en el que reventaban las bombas. Había hijos del pueblo que viajaron al país de donde procedían los hombres terroristas, el dinero y las bombas para descubrir sus planes y alertar de los peligros que corrían sus ciudadanos y advertir a su pueblo para que no resultase víctima. Los hombres-policías capturaron a los hijos del pueblo víctima y los hombres-jueces del país de acogida los sancionaron por defender a su pueblo. Los hombres-terroristas siguieron libres, cerca de los jueces, haciendo planes, preparando bombas y fusiles. ¿Saben a nombre de qué actuaron todos? A nombre de la libertad. Saque cada quien sus conclusiones.
Termino, y no solo doy las gracias. He filosofado, pero los cubanos llevamos nuestra libertad, independencia y democracia a galope, porque así se nos ha impuesto. Tampoco nos arrepentimos. Esa pelea nos ha dado un ojo más avizor y nos ha permitido ser más justos. Por ello concluyo con el grito que nunca depondremos:
¡Viva Cuba libre!
San Salvador, Viernes 30 de abril de 2010.
Dr. Cs. Pedro P. Prada
Embajador de Cuba en El Salvador
Estimados profesores y demás autoridades universitarias
Queridos alumnos
En esa obra central de la cultura hispana que es El Quijote, Miguel de Cervantes pone en boca del ingenioso hidalgo estas palabras: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida...”
El problema de la libertad, en efecto es uno de los problemas centrales de toda reflexión filosófica. La libertad se considera componente esencial del ser del hombre, ya que da significado a la existencia y especifica y caracteriza el obrar humano; obrar que, por ser libre, se hace moral. Por ser libres, los hombres han sacrificado más de una vez su vida y los poetas han destilado los versos más auténticos. La libertad ha sido sueño, ha sido realidad, y ha sido también fría e inmóvil estatua, noción reducida a proclama, fábula que como el mito de Sísifo en la montaña, empujamos siempre hacia la cima sin alcanzarla plenamente. A nombre de la libertad se ha derrocado a gobiernos dictatoriales, se ha demolido estructuras políticas, económicas y sociales inservibles, pero también se han cometido graves errores; se ha invadido países, se ha derrocado a gobiernos soberanos, o se ha estigmatizado a otros de distinto signo ideológico.
José Martí, apóstol de la libertad y la independencia cubana, y él mismo el libertador más radical que ha dado la historia de Cuba y, sin dudas, uno de los más radicales de Nuestra América, escribía desde su exilio Nueva York: “Terrible es, libertad, hablar de ti para quien no la tiene. Una fiera vencida por el domador no dobla la rodilla con más ira. Se conoce la hondura del infierno, y se mira desde ella, en su arrogancia de sol, al hombre vivo. Se muerde el aire, como muerde una hiena el hierro de su jaula. Se retuerce el espíritu en el cuerpo como un envenenado. Del fango de las calles quisiera hacerse el miserable que vive sin libertad la vestidura que le asienta. Los que te tienen, oh libertad, no te conocen. Los que no te tienen no deben hablar de ti, sino conquistarte”.
Por esa libertad radical, verdadera, amorosa, libre de ataduras que no sean más que las morales, pero sin remilgos, pueblos enteros bregan en la historia como parias, desafiando la furia de los Imperios que se empeñan en ponerles cortapisas económicas, comerciales, financieras, políticas, culturales y de todo tipo. Por ese empeño se les etiquetea o tacha de fundamentalistas, totalitarios, fallidos, mientras se olvida o se oculta conscientemente que la palabra radical viene de raíz, de ir a la raíz de los fenómenos de la realidad, se ignora el origen de sus males, o se les inventan las enfermedades de que carecen porque parecer –y eso es ya el mundo lo virtual-, ha pasado a ser más importante que existir, y quien no acepte el veredicto y el edicto, deberá pagar el precio más impagable. Cuba no es una excepción y ha tenido que demostrarlo.
De ahí la radicalidad de otro libertador cubano, Antonio Maceo y Grajales, quien creía en la visión iluminista de libertad, igualdad y fraternidad como un tríptico indivisible, y que hoy podríamos renombrar igual como libertad, justicia social y solidaridad. Maceo tenía claro que “la libertad cuesta muy caro. Se le conquista, no se mendiga. Hay que resignarse a vivir sin ella o disponerse a comprarla con el filo del machete”. Y para que no quedaran dudas de la voluntad de lograrlo y, además, mantenerla una vez alcanzada –sobre todo por las amenazas norteñas que ya se cernían sobre una Cuba independiente-, advierte a los que se atraviesen en ese camino: “quien intente apoderarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la contienda”.
Sin embargo, algunos creen que vivimos un mal momento para la palabra libertad. Se le maltrata, se le abusa como hembra de burdel, se le cerca y encadena con dinero y censura; apenas ni se le nombra y a veces pareciera como que fuera en camino de convertirse en un vocablo arcaico y en desuso. Y aún así nos dicen “sean libres”, “libérense”, “no tengan miedo a la libertad”, “exprésense libremente”. Mal momento para Martí, para la libre expresión del pensamiento; para el pensamiento.
¡Mal momento cuando se habla casi siempre en abstracto de libertad y del derecho a gozarla!, fuera de su contexto y realidad cultural e histórica, como entelequia más allá del razonamiento humano, de las circunstancias del hombre, del tiempo, la época y el lugar concreto donde la libertad se verifica o conculca. Mal momento cuando se calla el sufrimiento de medio siglo de un pueblo al que se le ha hecho la más larga y genocida de las guerras.
Es en estos casos cuando la palabra libertad –que en nuestro mundo real pasa a ser “liberty”- se ahueca, se prostituye y envanece a manos de quienes se proclaman como sus adalides. Es en esos casos en que la afirmación de la libertad como opción vital sin límites conduce paradójicamente a la negación misma de la libertad, a que se abran, en otras palabras, situaciones serias de peligro para su misma existencia.
Pongamos un ejemplo –Internet-, y veamos la reflexión que al respecto nos ofrece el importante investigador argentino Atilio Borón: “Se ha vuelto un lugar común creer que la Internet es por excelencia el ámbito de la libertad de nuestro tiempo. Muchísima gente, y no pocos teóricos, sostienen que se trata de un espacio liberrísimo, en donde las antiguas restricciones que el papel impreso imponía a la producción y circulación de las ideas han quedado definitivamente superadas. Basta con leer algunos pasajes del libro de Hardt y Negri, Imperio; o los tres tomos de Manuel Castells, La Edad de la Información: Economía, Sociedad y Cultura para apreciar la profundidad y ramificaciones de esta creencia: 'la red democrática es un modelo completamente horizontal y desterritorializado. Internet... es el principal ejemplo de esta estructura democrática en red... Un número indeterminado y potencialmente ilimitado de nodos interconectados que se comunican entre sí sin que haya un punto central de control'. ”
Si esto fuese así, ¿por qué Cuba no puede acceder a los canales internacionales de banda ancha, por qué se bloquean las direcciones IP cubanas, por qué Google, Yahoo y Messenger tienen restricciones para Cuba, por qué se financia y estimula el Cyberterrorismo y George W. Bush y el Grupo Prisa reparten premios a quienes estigmaticen digitalmente a la Isla?
Más adelante Borón añadía: “En un pasaje brillante del Dieciocho Brumario, Marx definía al cretinismo parlamentario como 'una enfermedad que aprisiona como por encantamiento a los contagiados en un mundo imaginario, privándoles de todo sentido, de memoria, de toda comprensión del rudo mundo exterior.' Esta enfermedad ahora reaparece y se apodera de algunos teóricos de nuestro tiempo, los encierra en un mundo imaginario en el cual la Internet es el reino de la libertad y la democracia, reino edificado, por cierto sobre una sociedad capitalista que a cada paso demuestra su incompatibilidad cada vez más irreconciliable con la libertad y la democracia pero que, gracias al cretinismo –esta vez 'internético'- intenta renovar su deteriorada legitimidad. Este cretinismo es mucho más dañino que el identificado por Marx.”
El redescubrimiento del carácter central del sujeto y del mundo de las necesidades-deseos que están en la raíz de su exigencia de autoafirmación, corre parejo con una creciente toma de conciencia del enredo extremadamente articulado de fuerzas que actúan en él y sobre él, y que determinan continuas limitaciones de su libertad y de sus opciones. Ello, de algún modo nos conduce al significado que vamos a dar a la democracia, otro concepto que viene emparentado con la libertad, aunque históricamente le preceda (lo cual nos aclara que ni una es condición de la otra, ni existe una comprensión única de ambas, y mucho menos, que es posible imponerlas desde afuera de los sistemas nacionales, importarlas en helicópteros o portaviones, invadir con ellas los ciberespacios, las culturas y los imaginarios construidos sobre otros presupuestos.
Recordemos que el concepto mismo de libertad adquiere significados diversos, a veces contrapuestos, según la óptica ideológica desde la que se lo interprete: la libertad del rico para tener y expandir su propiedad a expensas del pobre, nada tiene que ver con la libertad que se le ofrece al pobre de mendigar sus derechos y luego votar por el rico que se va turnar en la presidencia del país o por quienes determinan si un emigrante es legal o ilegal; extrañas formas de libertad ambas que, por cierto, el pobre solo disfrutará en dependencia de a quién conceda su voto.
Ello atañe sin dudas al carácter democrático de la libertad, aunque se obvie que δεμος (demos) es pueblo y no clase, y contradiga aquel precepto de los padres fundadores de la gran Nación del Norte, que se presume antorcha, según la cual, democracia es el gobierno del pueblo, con el pueblo y para el pueblo, frase revolucionaria que haría expandirse en todas direcciones a la libertad, y no solo en el sentido en que ha resultado, o al que la han reducido.
Junto a la dieciochesca concepción iluminista de la libertad, que hace coincidir ésta con la proclamación abstracta y formal de los derechos individuales –concepción exacerbada hoy por el pensamiento liberal y neoliberal globalizado-, existe otra, más atenta a las posibilidades reales de su ejercicio, mediante la creación de condiciones sociales que garanticen a todos y de manera sustancial el poder real de autodeterminación, y que expande sus bondades de manera justa y solidaria.
Fíjense en este contraste: el Imperio americano que nace proclamando la libertad y la democracia a los cuatro vientos, no resuelve de origen el crucial desafío de la esclavitud que luego devendría segregación y racismo. O si no, de dónde sacó Simón Bolívar aquella telúrica admonición que nos alertaba, con respecto al gigante que crecía al norte del continente y se apropiaba, desde entonces, de la paternidad absoluta de la noción que nos convoca: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar a América de miserias a nombre de la libertad”.
La revolución en Cuba, que de forma más modesta proclama su afán por alcanzar la libertad y toda la justicia posible, nace con la liberación de los esclavos y de la decisión de sus amos blancos de compartir juntos el mismo destino, que devendría en una nación mestiza. Se afana y emprende. Yerra y reencamina. No se cree divina ni mesiánica: es una obra humana, siempre perfectible. Y cuando un mundo de socialistas que se proclamaron reales y comunistas y no resultaron ni lo uno ni lo otro, desaparece, la revolución cubana no naufraga, no se hunde, y sigue navegando con sus perfectibles imperfecciones y protagonistas por los mares de la historia, sin abrogarse la propiedad del futuro, aunque muchos sigan viendo en ella un faro de luz y una bandera en medio de la noche oscura y la mar procelosa.
Fidel Castro, que ha sido sin dudas y después de José Martí, el más grande libertador y demócrata cubano, y que nos ha enseñado en el ejercicio permanente de la insatisfacción, de la autocrítica y del perfeccionismo humano, nos deja este legado sobre la noción misma de Revolución: “es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.”
Fíjense en la dialéctica libertaria de Fidel: “igualdad y libertad plenas”. Una contiene a la otra y viceversa. “Ser tratado y tratar a los demás como seres humanos”, es decir, reconocerse libre y reconocer al otro también como tal, sin mengua ni ofensa, acto consciente que radica en la base misma del goce de los derechos y en la participación del y los individuos en la sociedad. Libertad, democracia, derechos. Todos van juntos de la mano en esa noción de revolución, que por demás, es una incitación al cambio constante: “cambiar todo lo que deba ser cambiado”. Momento que rescata lo mejor de la dialéctica que Fidel ha aprendido en Martí, en Hegel y en Marx, y que nos pone ante la disyuntiva de entender que los sujetos de esos bienes morales no solo pueden sino que deben compartir deberes entre sí, entre todos, con todos y para el bien de todos, lo que es, en Martí, fórmula que él llama “del amor triunfante”.
Justo en este punto retorno a las reflexiones más generales para insistir que, junto con una concepción de la libertad de matriz liberal-burguesa, que tiende a identificarla –o reducirla- con la libre iniciativa del individuo (¿lo será realmente? –fíjense que no excluyo), existe otra que presta más atención a las exigencias objetivas de la justicia, que deben ser absolutamente tuteladas y promovidas, y en la que la sensibilidad deontológica del ser humano por sus semejantes, lo hace ser mucho más libre y mucho mejor luchador por la libertad humana.
Así, la dialéctica entre el bien personal y el bien colectivo viene a ser hoy más que nunca un asunto de primera actualidad; y eso lo sabe bien el pueblo salvadoreño, que luchó con las armas decenas de años por fundir ambos bienestares, que no se ha cansado de luchar políticamente por lograrlo, que aún masacrado, reprimido, casi exterminado, ha resistido una y otra vez y nada ni nadie ha podido quitarle su risueño espíritu guanaco, su irreverente verbo, su devoción a las creencias –a todas- y ni siquiera, han podido robarle o rendirle a sus pupusas.
Amigos:
En su existencia concreta, el hombre experimenta a un tiempo su doble condición de ser libre y ser condicionado –siempre el eterno regreso a nuestras circunstancias. La filosofía ha reflexionado mucho sobre esta experiencia fundamental, en un intento de ofrecer una interpretación, es decir, de demostrar la existencia de la libertad, indicando también cómo y por qué se desarrolla ésta.
Por eso, todo intento de establecer una libertad que sea fin para sí misma, es decir, sin relación con un valor, se frustra en el preciso instante en que se propone, ya que convierte toda elección en indiferente y, como consecuencia, borra de la actividad del hombre todo carácter de responsabilidad y de riesgo con su medio y circunstancias.
En esta universidad, donde el fantasma del padre Eyacuría sigue revolviendo cátedras y aulas y enrojeciendo conciencias (no en el sentido político, sino en puro sentido ético) ustedes saben mejor que muchos otros que la experiencia moral es experiencia de un valor y, sobre todo, lleva como contraseña la percepción del valor del hombre concreto como persona, el cual procede en conformidad o no con su dignidad irrepetible, con mayor o menor fidelidad al sentido auténtico de su existencia. La experiencia ética, si bien tiene sus raíces en la situación y se alimenta de ella, emerge de ella y aparece cimentada en la profundidad de la persona. Es experiencia del valor, pero no como un dato ya dado de antemano, sino como el objeto de una elección libre que tiende dinámicamente a hacerlo realidad a través de un proceso concatenado e ininterrumpido.
La libertad de elección no lo es, pues, todo. Está en función de la liberación moral entendida como la apertura cada vez mayor del espíritu a los valores y a la plenitud del ser. Una libertad inculta y amoral, que se expande para si en detrimento del otro, una libertad insensible que no sufre como afrenta propia la causada a otros hombres, o siente como propio el idéntico derecho a la libertad de todos los demás, es, si acaso, una revelación del peor instinto del depredador que fuimos –o somos- y nos transforma en salvajes.
Si reflexionáramos a fondo sobre la libertad, podríamos apreciar el desarrollo de la responsabilidad moral en toda su consistencia real. Por una parte, hay que dejar constancia de la existencia de la libertad como dinamismo fundamental del ser y del obrar del hombre; libertad sustentada en el conocimiento y en la voluntad humana (algunos, desde la fe, añaden, en la presencia de Dios).
Pero, por otra parte, no deben olvidarse las dinámicas histórico-concretas que caracterizan a la existencia humana como existencia espacio-temporal ni, consiguientemente, el peso decisivo de los condicionamientos biopsíquicos, históricos y socio-culturales, que se encuentran en la raíz de las opciones y comportamientos del hombre.
Centrémonos en hechos de nuestros días:
Un vulgar delincuente cubano que ha cometido innumerables delitos se autoproclama perseguido político. Los que lo estimulan a hacerlo saben que es “rayado”, como se diría en El Salvador, y que pueden usarlo hasta el final para sus fines. Lo incitan a una huelga de hambre para rendir con ella a un gobierno apoyado por la inmensa mayoría del pueblo. El neodisidente enarbola reclamaciones fútiles: ventilador, cocina, refrigerador y teléfono para su celda. El hombre decide morirse en su protesta. Las convenciones internacionales de derechos humanos dicen que tiene derecho a morirse si quiere y que no se le puede impedir porque mancillaría su dignidad. Se le brinda toda la asistencia médica posible, pero muere.
Un psiquiatra clínico que de tanto curar almas ha enfermado la suya y ha llegado hasta provocar agresiones físicas y lesiones casi mortales a sus pacientes y colegas, además de autolastimarse decide optar también por la conversión ¿política? Y como su antecesor, se proclama igual en huelga de hambre, con el mismo fin de rendir con ella a un gobierno apoyado por la inmensa mayoría de su pueblo. Se declara perseguido y acosado, pero dispone de casa propia, alimentación, médicos y medicinas, y luego hasta de un cuarto de hospital. Desde allí arenga al mundo contra su Patria, y lo hace, además, con libertad plena y pleno acceso a todos los medios de comunicación globalizados, de una forma que cualquier Código Penal del mundo lo castigaría.
El mundo se cae en Cuba, la gente se suicida como gorriones, y nada pasa en las cárceles del Imperio donde más de un millar de personas mueren, las matan, se suicidan o intentan hacerlo cada año. Nada ocurre en Honduras, donde la represión salvaje sigue cobrando vidas. Nada ha pasado en Europa, donde nadie quiere saber de cárceles secretas, torturas, xenofobia y otras libertades. Nada se sabe de la franja de Gaza, donde no hay cuentas ya de niños, mujeres o ancianos masacrados. Nadie quiere ya que se hable de los jesuitas asesinados en este mismo campus, de la ausencia inevitable del padre Ignacio Eyacuría, del silencio al que fue condenado Monseñor Romero por alguien que se creyó más libre que él y, quién sabe, hasta que Dios.
El coro global canta el concierto del pensamiento único que no acepta más que su liberty, su democracy y sus rigths. Hasta las derechas nos dicen cómo debemos ser los de izquierda. Los herejes, que como los primeros cristianos, desafiamos a la Roma de hoy, estamos condenados al silencio. Los que decidimos retar al emperador y cruzar el mar, somos los crucificados. La prensa oligopólica –por oligárquica y monopólica- no da espacios a la razón pura y en cambio, abre sus páginas a la razón violenta, acogiendo acoge firmas de terroristas confesos como Carlos Alberto Montaner, vestido hoy con ropaje de oveja escritora. Y no faltan supuestos defensores de derechos humanos que hasta hoy habían estado ocupados en sus muchos y graves problemas, pero para no faltar al coro que reparte plata y favores, se suman, sin cálculo de daños a su propia historia y deberes, y sin fijarse mucho en que a su alrededor la libertad justa, moral, debida, democrática y verdadera, se mantiene cercenada.
¿Para qué cito estas realidades? Para recordar que la responsabilidad del hombre se debe buscar cada vez más en la compleja trama entre lo privado y lo público, entre lo personal y lo político, entre la historia y la cultura, y entre el respeto a si y a los demás, a sus propias decisiones y a las de los otros.
Una responsabilidad verdadera, real, ineludible, que lleva al hombre a madurar en lo hondo de sí mismo decisiones que van a orientar concretamente su existencia y que se van a manifestar en los actos que él desarrolle, actos, por lo tanto, caracterizados por la presencia de la libertad, actúa por sí misma, como regulador consciente de la libertad.
En ese sentido, la libertad pasa a ser un acto consciente del individuo social, en la que el derecho del uno concluye donde comienza el del Otro, y deja de ser, por consiguiente, un acto animal de albedrío sin límites, o lo que también denominamos, un acto de libertinaje o anarquía.
¿Ha sido la revolución cubana un acto de libertad como pocos en la historia? Nadie lo duda. ¿Fue excluyente? Se sabe, ¡jamás! ¿Se avergüenza de su precio? Bien lo saben sus detractores: no esconde muertos, torturados ni desaparecidos en el escaparate de su historia; no tiene vergüenzas de que ruborizarse o arrepentirse. Las víctimas que se le achacan y de las que sus verdugos se quieren apropiar como mártires, son las de la larga guerra que ha debido librar para resistir, existir y vivir contracorriente: 5577 cubanos víctimas del terrorismo armado, miles de cubanos víctimas del terrorismo migratorio, millones de cubanos víctimas del terrorismo económico, comercial y financiero.
¿Será el huelguista de hambre muerto víctima del Gobierno cubano o de quienes lo empujaron a la automutilación para sacar calculada ganancia política?
¿Ha sido la revolución cubana un acto antidemocrático? Pocos gobiernos del mundo han hecho de la participación libre de sus ciudadanos en la toma de decisiones un acto de democracia. Ninguna de las grandes decisiones de la revolución cubana han sido tomadas de espaldas y sin consultar al pueblo. Si los cubanos no pueden tener la libertad de opción, ¿por qué acuden en masa a los colegios electorales durante las elecciones? ¿Por qué vota más del 90 por ciento de ellos a pesar de que el voto no es obligatorio? ¿Por qué, si son tan totalitarios, tienen que proponer no menos de dos candidatos por cargo público y cumplir con la ley de lograr, además, un adecuado balance de mujeres, negros, mestizos y jóvenes? ¿Por qué –diría Silvio Rodríguez-, si el Gobierno es tan malo, ha forjado en cincuenta años un pueblo tan bueno?
¿Es un problema de falta de libertad de los cubanos, o es que los cubanos no quieren una libertad desenfrenada donde unos pisoteen a los otros según su poder, astucia o suerte? ¿Qué tan antidemocrático es el régimen que sabiendo de la necesidad de una decisión económica de emergencia para enfrentar una crisis, la consulta con el pueblo, el pueblo la veta, y el gobierno se ve obligado a hacer malabares para no lesionar el mandato que se le ha conferido y, a la vez, cumplir con su deber de hacer que la crisis golpee a los menos favorecidos?
Cuando alguien se precipite a condenar a otros, a certificar gobiernos, a poner etiquetas, a presumir de libre y democrático, pregúntense siempre por qué. Duden siempre de quien proponga una libertad sin frenos, porque donde no exista responsabilidad, la libertad será cuando menos inservible y cuando más, será una ficción en la que unos –las mayorías- actuarán como si fueran libres y otros –las minorías que ejercen el poder- se comportarán como si dejaran a los demás disfrutar de su libertad.
Por último, les regalo un acertijo: había una vez un pueblo amenazado por hombres que ponían bombas donde ese pueblo y sus visitantes iban a curarse, a comer y a bailar. Había hombres que compraban hombres-mercenarios en otro país para que pusieran bombas en el propio y en el que los acogía. Había hombres-presidentes que ampararon a los hombres-terroristas en su cruzada contra el pueblo en el que reventaban las bombas. Había hijos del pueblo que viajaron al país de donde procedían los hombres terroristas, el dinero y las bombas para descubrir sus planes y alertar de los peligros que corrían sus ciudadanos y advertir a su pueblo para que no resultase víctima. Los hombres-policías capturaron a los hijos del pueblo víctima y los hombres-jueces del país de acogida los sancionaron por defender a su pueblo. Los hombres-terroristas siguieron libres, cerca de los jueces, haciendo planes, preparando bombas y fusiles. ¿Saben a nombre de qué actuaron todos? A nombre de la libertad. Saque cada quien sus conclusiones.
Termino, y no solo doy las gracias. He filosofado, pero los cubanos llevamos nuestra libertad, independencia y democracia a galope, porque así se nos ha impuesto. Tampoco nos arrepentimos. Esa pelea nos ha dado un ojo más avizor y nos ha permitido ser más justos. Por ello concluyo con el grito que nunca depondremos:
¡Viva Cuba libre!
jueves, enero 28, 2010
LO HUMANO, EL HUMANISMO Y LA HUMANIDAD COMO NOCIÓN DE PATRIA EN EL PENSAMIENTO DE JOSÉ MARTÍ
(Ponencia presentada en el Taller científico inaugural del Centro Nacional de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades –CENISCH-, San Salvador, 28 de enero de 2010)
Dr. Cs. Pedro P. Prada
Quisiera empezar con espíritu martiano esta jornada y como honrar, decía él, honra, recordar que ayer se decía que asistíamos al nacimiento de una obra de Quijotes. Sin dudas, el camino emprendido por los doctores Antonio Martínez, Carlos Lara y Leandro Uzquiano merece el más profundo reconocimiento por oportuno y necesario en esta hora de El Salvador y de nuestra América.
Dicho esto, vamos a lo que veníamos.
Queridos amigos:
Recién llegado a El Salvador, uno de mis primeros encuentros fue con el Dr. Leandro Uzquiano, quien nos convocó a rendir homenaje a José Martí en un taller científico con el que se inauguraría el Centro Nacional de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanísticas. Después supe que para más coincidencias, este homenaje tendría lugar justo hoy, cuando Martí estaría cumpliendo 157 años.
No tuve siquiera que preguntar por qué: el Dr. Uzquiano quería vindicar a una de las fuentes más elevadas del pensamiento de ciencias sociales latinoamericano y caribeño, cuya obra, pensada, escrita o pronunciada en el siglo XIX, contra todas las modas, crisis y empobrecimientos, ejerce una influencia enorme sobre el devenir presente y futuro de los hombres y mujeres que habitamos este otro centro del mundo.
La visión martiana de lo que hoy llamamos ciencia política, su profundo dominio de la sociología y la cultura como noción antropológica de los pueblos de nuestra América, se fundan en un ethos que coloca al ser humano como centro de toda su actividad y que, por sobre todas las cosas, nos hace mirarnos a nosotros mismos como forjadores de nuestros destinos.
En su ensayo capital “Nuestra América” José Martí adelanta algunas ideas que bien podrían inscribirse como votos de buen augurio para el nacimiento de esta nueva comunidad científica latinoamericana: “…En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país... La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia... Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas… Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan… Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear.”
Y es justo en este punto donde surgen tres preguntas claves que el pensamiento único globalizado nos pretende escamotear:
¿Qué es la Patria?
¿Qué es la humanidad?
¿Qué cosa es lo humano, y su definición, el humanismo?
Los autodestructivos habitantes de este planeta volvemos una y otra vez sobre estas preguntas cuando aparece alguien que nos insta a “no mirar hacia detrás, olvidar el tiempo ido, mirar solo adelante, al futuro” porque al final, todos nuestros problemas son “psicológicos”, como ocurrió hace solo unos días, en esta ciudad, cuando un político extranjero, muy de su país natal, nos daba lecciones al respecto.
Al escuchar tales diatribas, los cubanos, tan nuestros de la Isla, pero sobre todo, tan de nuestra América y del mundo, corremos a descifrar semejantes trampas ideológicas con las que todavía se nos pretende privar de lo que para los poderosos sí es sustancial. Vamos en busca de esa conciencia tutelar, que como un escudo de valores, preside el cielo de Cuba: José Martí.
¿Habría podido un solo hombre ser resumen de un pueblo y de la especie misma? Desde luego que fue posible. Solo necesitaba ser espiritualmente elevado como un monte y tener la capacidad de mirar desde esa altura con entrañas de humanidad. Martí lo pudo, desde una sensibilidad construida en la mejor tradición cultural cristiana y americana, tronco vigoroso de la nueva América que nacía de las hoy bicentenarias independencias, en el cual se injertaron vigorosos como ramas todos los saberes del mundo... ¡pero con el tronco americano!
No necesitaba el Apóstol cubano ir a Paris, Roma, Berlín o Nueva York para construir su noción de lo humano, aunque trashumara sus angustias en Madrid y Nueva York. Hurgando en sus ideas, me apropio de las palabras de Cintio Vitier, su más depurado estudioso, quien halló sorprendentes coincidencias entre el pensamiento náhuat y el humanismo martiano cuando descubrió que Quetzalcóat establecía como realidad primera de la situación humana la fuerza potencial de integración que le era exclusiva en lugar de plantear el problema de la existencia, fuera de lo físico, de lo social, o de lo divino.
Al tomar […] como punto de partida la unidad integral de materia, vida, pensamiento, razón y espíritu, que el hombre es en potencia –dice Cintio, apoyado en estudios del antropólogo francés Sejourné-, no se preocupa más que de su realización. Porque a través de lo humano, es el universo todo el que realiza su unificación.
¿No dijo Martí que siempre quiso fundar su filosofía de integración universal en la etimología de la palabra “universo”: versus uni, lo diverso en lo uno? Eso mismo había adelantado el mundo náhuat, cuando estableció que sus poderosas realizaciones se debían a la fusión dinámica de dos fuerzas motrices que se unen raramente: mística de superación individual de una parte, incansable voluntad de acción sobre el mundo, de la otra.”
Adelantándose a la era de los funcionalismos, Martí sabe el riesgo de la desmemoria y del materialismo a ultranza, que enajena y cosifica a las personas. Sabe que el odio divide y encona, nubla la razón y cierra puertas. Le antepone el amor, sentimiento por el que lucha, padece y muere. Es el amor el que lo mueve a trabajar por el hombre. Su política, su acción, su “guerra inevitable”, fueron –diría Vitier- la forma, el procedimiento, el proceso mismo de su amor.
Dos hechos, se apunta, le daban la razón en la historia inmediata: el odio al imperio colonial, la fobia a sus representantes, y, a la vez, el anexionismo, las animadversiones y los regionalismos entre jefes que habían minado desde adentro la guerra del 1868 en Cuba. Pero lo que Martí llamó la “fórmula del amor triunfante”, va mucho más allá de una rectificación o superación política. Se trataba de un amor cognoscitivo (“el amor es quien ve”) y del amor como sol de la vida, el que hay que conquistar, no solo políticamente, “con todos, y para el bien de todos”. Así en su “Canto de otoño” nos dice: “¡No se bata / Sino al que odie al amor!: ¡Únjanse presto / Soldados del amor los hombres todos! / ¡La tierra entera marcha a la conquista / De este rey y señor, que guarda el cielo!”
El homo faber campea en cada una de sus páginas haciendo historia y siempre arte, es decir, la otra naturaleza, la creada por el hombre, quien solo así, sin soberbia, puede reconocerse a sí mismo. Todo el mundo de Martí tiene las huellas dactilares de los hombres de todas las regiones y épocas, que se alimentan una a la otra, sospechando en esa mutua caridad la filiación divina, el sello de semejanza.
De lo anterior adelanto que ya desde el siglo XIX Martí nos inculcaba la aspiración a una cultura o una religión que integrara a todas, pero sin nada que ver con la globalización sin rostro que hoy nos amenaza y engulle. Ni siquiera en la estrategia política de la América del Sur frente a la del Norte, y aunque ello implicara disentir de una tesis bolivariana, fue partidario Martí de sacrificar el “ansia del gobierno local y con la gente de la casa propia”. Perder la individualidad de las culturas, decía, sería perder la cultura misma.
De ahí que en sus escritos, versos y discursos nos haga sentir una visión profética de la fraternidad, de la armonía de los pueblos del mundo, cada uno con sus modos nacidos de sí propio. Es todo su pensamiento un acto de rebelión frente a la globalización que avasalla y un acto de vindicación a la coralidad de las culturas, donde se salden las viejas deudas con la razón y con la libertad a través de una “razón nueva”, tan rigurosa como abierta a lo desconocido, negada a convertirse en el renovado fanatismo de una ciencia dogmática y amoral; una libertad cuyos límites estuvieran únicamente en el respeto a “la dignidad plena del hombre”.
No presenta Martí estas ideas como utopías, ni siquiera como esperanzas realizables, sino como resultado de las leyes del espíritu y la historia. Su inspiración, diríamos hoy, tercermundista, está limpia del resentimiento del colonizado o del perteneciente a un mundo “periférico”. No podía desconocer esa situación quien llevaba en el cuerpo las marcas de la esclavitud. Su obra y su vida, sin embargo, fueron una dádiva libre a todos los hombres. No sistematiza ni teoriza, sino que actúa, crea valores, y muestra con su conducta el camino a seguir por todos sus semejantes. Se preocupa por encontrarlos y cultivarlos en la conducta de los individuos, como medio de ascensión humana. Cree que son modos esenciales del devenir de las personas en su naturaleza social, integrados en la cultura, a manera de formas de existencia humana y sus necesidades materiales y espirituales .
Se trata, al decir del profesor Roberto Pupo, de una axiología de la acción, que va a la raíz del hombre, porque sabe de su grandeza interior. De una eticidad concreta que busca el hombre futuro en el hombre actual con pasión y fe, y con sorprendente consagración heroica, animada por una misión redentora fundada en el pueblo y un oficio que identifica la belleza con la humanidad del hombre y la bondad con la dación desinteresada .
El programa humanista martiano, fundado en la axiología de la acción, se concreta además en un paradigma de racionalidad humana, cualificado como autoconciencia de la cultura. Tanto en la revelación del ser existencial de nuestra América, como en su determinación especial en las condiciones de su patria, José Martí funda un paradigma de emancipación y redención social, cuyo despliegue está mediado por un sustrato socio-cultural humanista que imprime racionalidad y verdad a su proyecto político.
En ese paradigma martiano, los valores éticos y políticos se integran en un nivel tal de concreción que prácticamente se identifican. Por eso, más que encarnación individual, son conciencia de su necesidad y eficacia. Esto impregna optimismo, fuerza y vitalidad a la empresa emancipadora. Y Martí, ya en los albores de la contienda, como expresión del pueblo lo siente, lo sabe. "Jamás fue tanta nuestra virtud -escribe el Maestro-, tan compacta nuestra acción, tan cercano nuestro esfuerzo, tan probable nuestro éxito. Cuántos obstáculos hubiéramos podido encontrar, hasta los obstáculos insuperables que a la mayor virtud pone siempre la ambición o vanidad de la naturaleza humana, nada han podido, ni han aparecido siquiera, ante esta alma de redención que hoy nos consume y nos inspira. Somos un ejército de luz, y nada prevalecerá contra nosotros. Nos queda por hacer lo que sabemos que queda por hacer."
Pupo concuerda en que existe ya en ese momento de José Martí un sistema de valores, conformado en la cultura, hecho conciencia, como valencia social, expresado en término ideopolítico, que si bien no agota el paradigma emancipador -existen otros componentes de la subjetividad humana- que matiza una idea, configura un ideal que impulsa, orienta y regula el hacer práctico -espiritual, que "con la mano en la conciencia- en el bello decir de Martí -pone ya la idea a las puertas de la realidad: . En tales condiciones "el espíritu ha cundido y los cubanos tienen fe... Nadie se lo pide; les nace así de corazón...".
Es indudable la importancia de un paradigma, en tanto modelo que oriente racionalmente el pensamiento y acción del quehacer social, político y cultural en su connotación más integradora posible. El paradigma martiano, marcado por su visión del mundo y del hombre, por la experiencia americana y sobre todo por su sabiduría política, como grande hombre fundador, traza caminos, crea confianza, cultiva razón y sentimiento y prepara conciencia para realizar el ideal de la nación. En fin, funda una cultura con alma política y un carácter nacional henchido de patriotismo y amor desinteresado, capaz de estructurar un programa de liberación nacional, sobre bases nuevas .
El ideal de racionalidad martiana compendia en síntesis conocimiento, valor, acción práctica y comunicación intersubjetiva, es decir, las variadas formas en que el hombre asimila y reproduce creadoramente la realidad material y espiritual; pero al mismo tiempo, su pensamiento y su obra en toda su integridad encarna un cuerpo cultural de entraña política para realizar una República próspera de naturaleza ético-moral, algo que recién hube de explicar extensamente a una diputada que descalificaba a priori el modelo democrático que le ha nacido a Cuba, para defender a ultranza el suyo.
Los cubanos no nos cansamos de repetirlo, insiste Pupo: al Maestro le interesa sobre todo la ascensión humana, el progreso socio-cultural del hombre, como medio fundamental de realizar sus fines. No se trata en modo alguno de una racionalidad instrumental de corte pragmático y utilitarista, sino de una racionalidad humana, que sin menospreciar el conocimiento, la ciencia, la técnica, como medidas de desarrollo cultural humano y creación de bienestar material, sabe que a la raíz del hombre se llega, ante todo, revelando esas fibras, ocultas a veces, de su subjetividad.
Por eso hay que buscar y encontrar sin vacilación el sentido humano, sobre todo, como vía de acceso primario a la esencia social del hombre. Sin ello -y la práctica corrobora la verdad del Maestro-, resulta estéril, ineficaz e ilusorio todo proyecto. Es que la ciencia, la política, el derecho, el arte, etc. sin motivaciones humanas, no realizan el ser esencial del hombre, no se encarnan en el cuerpo de la cultura como medida de progreso y desarrollo. Por eso Martí, no sólo hizo arte mayor, sino política científica, de profunda hondura, de alto vuelo social humano. En primer lugar, porque comprendió el arte de dirigir, como un encargo social por el bien de todos y no para acumular riquezas y obtener privilegios, y en segundo lugar, porque tomó partido por la mayoría desheredada .
Su gran obra política: la creación del Partido Revolucionario Cubano, una forja de unidad nacional para hacer la guerra necesaria por la República, y todo su pensamiento político en torno a Cuba y nuestra América, fue eficaz y trascendió porque se concibió y estructuró como empresa cultural de las grandes masas. Y esto de por sí comporta un concepto en Martí: no existe política eficaz construida al margen de valores e ideales que no estén enraizados en la condición humana.
Con esto, por cierto, continúa la tradición del pensamiento americano más genuino y revolucionario. Lo supera, en la medida que echa suerte con los pobres y abre nuevas perspectivas de enfoque y de discernimiento de la realidad política. Su humanismo revolucionario antiimperialista, expresión de un proceso de continuidad y ruptura sintetiza y concreta su escala de valores. Expresa el momento de máxima plenitud y madurez de su pensamiento político revolucionario, en correspondencia con los nuevos tiempos.
Sin embargo, su obra renovadora, revolucionaria, y creadora no se reduce a la esfera de la relación axiológica: ética-política, en los marcos de su concepción integradora de la cultura; pues si ciertamente Martí produce un viraje revolucionario en los conceptos e ideas políticas de su tiempo cubano y americano, incluyendo la tabla de valores con que juzga y piensa la realidad, también en la esfera de la estética, en relación estrecha con la ética, muestra originalidad y creación. Se trata no sólo de un hombre de pensamiento y acción que conjuga en unidad indisoluble misión y oficio, sino además de un artista y de un creador.
Esto, subraya Pupo, naturalmente matiza su axiología con nuevos colores y esencias, incluyendo su concepción de la subjetividad humana y por su puesto la especificidad de la filosofía que nuclea su cosmovisión. Política, ética y estética y sus sistemas de conocimiento y valor que les son consustanciales, tematizados en Martí en una concepción integradora de la cultura, dan expresión unitaria a su discurso y lo dotan de modos apropiados y métodos idóneos para aprehender el objeto en su dinámica y concreción.
Si ciertamente, la grandeza martiana como dirigente revolucionario, deviene en gran medida del modo en que los valores ético-morales permean y penetran lo político, hasta concebirlo como empresa cultural humana de las grandes masas, lo ético y lo estético, encarnando esta racionalidad conceptual propia del paradigma del Maestro, imprimen una determinada especificidad a su axiología.
Esa vinculación estrecha de los valores ético y estético, en los marcos de una concepción unitaria de la cultura, resultante de la actividad humana y medida del desarrollo del hombre y la sociedad, abre perspectivas nuevas para acceder a la realidad humana y conformar un ideal de racionalidad, como proyecto emancipador que integra y sustancia como sistema orgánico la verdad, el bien y la belleza y junto con ello, el amor, la libertad, la justicia, el honor, la felicidad, la virtud y la dignidad plena del hombre, como valencias cualificadoras de la sociedad que preludia y se esfuerza por realizar.
Con esto, Martí no sólo evoca y predica la necesidad de sembrar y cultivar humanidad en el hombre para que nazca, eche raíces y se multiplique, sino además funda una cultura de los valores, imprescindible para la convivencia social y para el propio despliegue de las energías creadoras que el hombre lleva en sí y desarrolla en función de la sociedad.
A Martí –y su obra lo atestigua- ningún valor humano le resultó extraño. En su sistema de valores, están presentes todos los posibles: científicos, filosóficos, jurídicos, políticos, económicos, religiosos, lógicos, éticos, estéticos, etc. así como su permanente propósito de darle vigencia social y trascendencia.
Es indudable –asevera Pupo- que estamos en presencia de un humanismo auténtico, que parte de las raíces -la revelación del ser de nuestra América- y da cuenta de ellas con ímpetu ecuménico. De un humanismo fundador trascendente, cuya racionalidad humana -sin perder de vista las múltiples aristas de la espiritualidad del hombre -encuentra en los valores y la cultura sus cauces supremos de realización, en términos de una axiología de la acción, cimentada en una ética concreta del devenir humano.
En los momentos actuales, cuando el escepticismo histórico cunde y pulula en la arena internacional, cuando no faltan los intentos de negar la historia, los valores, la cultura, la tradición, la memoria histórica, la razón, los proyectos de emancipación social y el progreso, cuando se pretende reducir a populismo lo que ha sido o es genuinamente popular, la racionalidad se impone como necesidad de preservar no sólo la identidad nacional, sino también la identidad humana. En tales condiciones, el programa pedagógico martiano y el ideal de racionalidad que le es consustancial, adquieren más que nunca contemporaneidad y vigencia social.
Y es en este punto donde retorno a El Salvador y entronco con la anécdota que les contaba al principio, del señor que llegó a esta ciudad para pedirle a este país y a su noble y sufrido pueblo, que todo lo recuerda, que extravíen su memoria.
¿Habría podido el homo llegar a ser sapiens sin aprender las lecciones del erectus?
¿Qué harían las escuelas de negocios de Harvard y Princeton, si no enseñaran la leyenda de Henry Ford?
¿Olvidarían los argentinos que las islas Malvinas son suyas y no de los ingleses que las ocupan?
¿Será tan cierto que los vietnamitas quieren olvidarse de la cruenta guerra que les arrancó a millones de sus hijos?
¿Podríamos olvidar las lecciones de Monseñor Romero solo porque fueron brutalmente silenciadas hace 30 años?
Convocatorias similares escuché cuando se caían el muro de Berlín y las estatuas del socialismo soviético y europeo. Convocaban a la desideologización, cuando en realidad instaban al desmantelamiento de países enteros. Instaban a la despolitización y los devoraban con sus Coca Colas, sus hamburguesas, sus maniquíes Barbies, sus autos del año y su modo de vida atractivo, parafernálico y, a la vez, destructor de la Madre Tierra, de quien todos somos hijos.
¿En nombre del humanismo? Desde luego que no. Es la misma historia del hombre una y otra vez falsificada por quienes detentan o pretenden el poder, por quienes asumen otra versión de lo humano, desde la exclusión y la selección natural; el mismo darwinismo social que radicó en la raíz del colonialismo, del neocolonialismo, del fascismo, de las dictaduras y los golpes de Estado en nuestra sufrida región, y que está en la médula misma del imperialismo.
¿Por qué invocarlo aquí, en el Pulgarcito de América, en el día justo en que José Martí arribaría a los 157 años de vida?
Nada hay más extraño al sentimiento cubano que cualquier manifestación de chovinismo, nos recuerda con frecuencia el Dr. Ricardo Alarcón, presidente del Parlamento cubano. Pero nada tiene mayor importancia para nosotros que la conciencia de lo que somos y de dónde venimos. Es difícil, muy difícil, encontrar algo que nos ayude más a conocernos y a comprender el sentido de nuestra marcha como pueblo que reconocernos a nosotros mismos en nuestra talla humana, y eso nos lo enseñó José Martí .
En nuestro caso, la comprensión cabal de la naturaleza de lo cubano es punto de partida y sustento irremplazable para la salvaguarda de una identidad nacional y una cultura que han existido siempre bajo la amenaza y el peligro. Para ello debemos asumir lo que es radicalmente nuestro, lo que nos distingue y nos hace ser lo que somos, sin falta alguna, porque lo esencial cubano es a la vez profundamente universal, como para ustedes podría serlo lo esencial salvadoreño.
¿Quién si no José Martí afirmó que “Patria es humanidad” y lo hizo cuando Cuba, tras haber derramado ríos de sangre y sacrificios durante casi un siglo, pugnaba aún dolorosamente abandonada, por alcanzar su propio, pequeño, espacio bajo el Sol?, pregunta Alarcón.
Solo diré con él que nunca antes, en tiempo tan breve, se hizo tanto por la justicia, la libertad y la dignidad de tantos. Nunca antes pueblo alguno fue capaz de entregar tanto amor y solidaridad por todos los rincones de la tierra, y lo hizo siempre –y lo hace aún- con una sonrisa en el rostro a pesar de las lágrimas y la sangre que ha provocado el poderoso imperio, incesante y obstinado en derrotar a un pueblo digno, solidario y henchido de humanismo.
Recordarlo es esencial si constatamos que vivimos un cambio de época en el que las ideas y los valores son vitales para que tragedias como la de Haití –no la telúrica, sino la derivada del largo terremoto político, económico y moral en que los imperios han sostenido a esa nación- no se repitan.
Los ismos –todos, incluidos los de moda- pasarán, y al final quedarán los seres humanos que les sobrevivan. Podrán hacerlo los que preserven mejor la noción de sociedad integrada, unida y solidaria que su condición pensante les exige para el bien de todos. Las fronteras se borrarán de las mentes –nunca han existido en realidad- y el cambio climático nos forzará a respetar a la naturaleza si antes no desaparecemos. La humildad nos hará entender que el mundo entero es nuestra aldea, y no al revés, y que nunca debimos avergonzarnos de la madre mestiza de delantal indio que nos dio la vida.
Será en ese instante cuando entenderemos a plenitud el legado universal de José Martí, repudiaremos todas las vilezas anteriores, sentiremos de verdad como propia la ofensa y la injusticia causada a cualquier ser humano en cualquier lugar del planeta, y comprenderemos que la vida de uno solo de nosotros vale muchísimo más que todas las propiedades del hombre más rico de la tierra.
Muchas gracias.
Dr. Cs. Pedro P. Prada
Quisiera empezar con espíritu martiano esta jornada y como honrar, decía él, honra, recordar que ayer se decía que asistíamos al nacimiento de una obra de Quijotes. Sin dudas, el camino emprendido por los doctores Antonio Martínez, Carlos Lara y Leandro Uzquiano merece el más profundo reconocimiento por oportuno y necesario en esta hora de El Salvador y de nuestra América.
Dicho esto, vamos a lo que veníamos.
Queridos amigos:
Recién llegado a El Salvador, uno de mis primeros encuentros fue con el Dr. Leandro Uzquiano, quien nos convocó a rendir homenaje a José Martí en un taller científico con el que se inauguraría el Centro Nacional de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanísticas. Después supe que para más coincidencias, este homenaje tendría lugar justo hoy, cuando Martí estaría cumpliendo 157 años.
No tuve siquiera que preguntar por qué: el Dr. Uzquiano quería vindicar a una de las fuentes más elevadas del pensamiento de ciencias sociales latinoamericano y caribeño, cuya obra, pensada, escrita o pronunciada en el siglo XIX, contra todas las modas, crisis y empobrecimientos, ejerce una influencia enorme sobre el devenir presente y futuro de los hombres y mujeres que habitamos este otro centro del mundo.
La visión martiana de lo que hoy llamamos ciencia política, su profundo dominio de la sociología y la cultura como noción antropológica de los pueblos de nuestra América, se fundan en un ethos que coloca al ser humano como centro de toda su actividad y que, por sobre todas las cosas, nos hace mirarnos a nosotros mismos como forjadores de nuestros destinos.
En su ensayo capital “Nuestra América” José Martí adelanta algunas ideas que bien podrían inscribirse como votos de buen augurio para el nacimiento de esta nueva comunidad científica latinoamericana: “…En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país... La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia... Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas… Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan… Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear.”
Y es justo en este punto donde surgen tres preguntas claves que el pensamiento único globalizado nos pretende escamotear:
¿Qué es la Patria?
¿Qué es la humanidad?
¿Qué cosa es lo humano, y su definición, el humanismo?
Los autodestructivos habitantes de este planeta volvemos una y otra vez sobre estas preguntas cuando aparece alguien que nos insta a “no mirar hacia detrás, olvidar el tiempo ido, mirar solo adelante, al futuro” porque al final, todos nuestros problemas son “psicológicos”, como ocurrió hace solo unos días, en esta ciudad, cuando un político extranjero, muy de su país natal, nos daba lecciones al respecto.
Al escuchar tales diatribas, los cubanos, tan nuestros de la Isla, pero sobre todo, tan de nuestra América y del mundo, corremos a descifrar semejantes trampas ideológicas con las que todavía se nos pretende privar de lo que para los poderosos sí es sustancial. Vamos en busca de esa conciencia tutelar, que como un escudo de valores, preside el cielo de Cuba: José Martí.
¿Habría podido un solo hombre ser resumen de un pueblo y de la especie misma? Desde luego que fue posible. Solo necesitaba ser espiritualmente elevado como un monte y tener la capacidad de mirar desde esa altura con entrañas de humanidad. Martí lo pudo, desde una sensibilidad construida en la mejor tradición cultural cristiana y americana, tronco vigoroso de la nueva América que nacía de las hoy bicentenarias independencias, en el cual se injertaron vigorosos como ramas todos los saberes del mundo... ¡pero con el tronco americano!
No necesitaba el Apóstol cubano ir a Paris, Roma, Berlín o Nueva York para construir su noción de lo humano, aunque trashumara sus angustias en Madrid y Nueva York. Hurgando en sus ideas, me apropio de las palabras de Cintio Vitier, su más depurado estudioso, quien halló sorprendentes coincidencias entre el pensamiento náhuat y el humanismo martiano cuando descubrió que Quetzalcóat establecía como realidad primera de la situación humana la fuerza potencial de integración que le era exclusiva en lugar de plantear el problema de la existencia, fuera de lo físico, de lo social, o de lo divino.
Al tomar […] como punto de partida la unidad integral de materia, vida, pensamiento, razón y espíritu, que el hombre es en potencia –dice Cintio, apoyado en estudios del antropólogo francés Sejourné-, no se preocupa más que de su realización. Porque a través de lo humano, es el universo todo el que realiza su unificación.
¿No dijo Martí que siempre quiso fundar su filosofía de integración universal en la etimología de la palabra “universo”: versus uni, lo diverso en lo uno? Eso mismo había adelantado el mundo náhuat, cuando estableció que sus poderosas realizaciones se debían a la fusión dinámica de dos fuerzas motrices que se unen raramente: mística de superación individual de una parte, incansable voluntad de acción sobre el mundo, de la otra.”
Adelantándose a la era de los funcionalismos, Martí sabe el riesgo de la desmemoria y del materialismo a ultranza, que enajena y cosifica a las personas. Sabe que el odio divide y encona, nubla la razón y cierra puertas. Le antepone el amor, sentimiento por el que lucha, padece y muere. Es el amor el que lo mueve a trabajar por el hombre. Su política, su acción, su “guerra inevitable”, fueron –diría Vitier- la forma, el procedimiento, el proceso mismo de su amor.
Dos hechos, se apunta, le daban la razón en la historia inmediata: el odio al imperio colonial, la fobia a sus representantes, y, a la vez, el anexionismo, las animadversiones y los regionalismos entre jefes que habían minado desde adentro la guerra del 1868 en Cuba. Pero lo que Martí llamó la “fórmula del amor triunfante”, va mucho más allá de una rectificación o superación política. Se trataba de un amor cognoscitivo (“el amor es quien ve”) y del amor como sol de la vida, el que hay que conquistar, no solo políticamente, “con todos, y para el bien de todos”. Así en su “Canto de otoño” nos dice: “¡No se bata / Sino al que odie al amor!: ¡Únjanse presto / Soldados del amor los hombres todos! / ¡La tierra entera marcha a la conquista / De este rey y señor, que guarda el cielo!”
El homo faber campea en cada una de sus páginas haciendo historia y siempre arte, es decir, la otra naturaleza, la creada por el hombre, quien solo así, sin soberbia, puede reconocerse a sí mismo. Todo el mundo de Martí tiene las huellas dactilares de los hombres de todas las regiones y épocas, que se alimentan una a la otra, sospechando en esa mutua caridad la filiación divina, el sello de semejanza.
De lo anterior adelanto que ya desde el siglo XIX Martí nos inculcaba la aspiración a una cultura o una religión que integrara a todas, pero sin nada que ver con la globalización sin rostro que hoy nos amenaza y engulle. Ni siquiera en la estrategia política de la América del Sur frente a la del Norte, y aunque ello implicara disentir de una tesis bolivariana, fue partidario Martí de sacrificar el “ansia del gobierno local y con la gente de la casa propia”. Perder la individualidad de las culturas, decía, sería perder la cultura misma.
De ahí que en sus escritos, versos y discursos nos haga sentir una visión profética de la fraternidad, de la armonía de los pueblos del mundo, cada uno con sus modos nacidos de sí propio. Es todo su pensamiento un acto de rebelión frente a la globalización que avasalla y un acto de vindicación a la coralidad de las culturas, donde se salden las viejas deudas con la razón y con la libertad a través de una “razón nueva”, tan rigurosa como abierta a lo desconocido, negada a convertirse en el renovado fanatismo de una ciencia dogmática y amoral; una libertad cuyos límites estuvieran únicamente en el respeto a “la dignidad plena del hombre”.
No presenta Martí estas ideas como utopías, ni siquiera como esperanzas realizables, sino como resultado de las leyes del espíritu y la historia. Su inspiración, diríamos hoy, tercermundista, está limpia del resentimiento del colonizado o del perteneciente a un mundo “periférico”. No podía desconocer esa situación quien llevaba en el cuerpo las marcas de la esclavitud. Su obra y su vida, sin embargo, fueron una dádiva libre a todos los hombres. No sistematiza ni teoriza, sino que actúa, crea valores, y muestra con su conducta el camino a seguir por todos sus semejantes. Se preocupa por encontrarlos y cultivarlos en la conducta de los individuos, como medio de ascensión humana. Cree que son modos esenciales del devenir de las personas en su naturaleza social, integrados en la cultura, a manera de formas de existencia humana y sus necesidades materiales y espirituales .
Se trata, al decir del profesor Roberto Pupo, de una axiología de la acción, que va a la raíz del hombre, porque sabe de su grandeza interior. De una eticidad concreta que busca el hombre futuro en el hombre actual con pasión y fe, y con sorprendente consagración heroica, animada por una misión redentora fundada en el pueblo y un oficio que identifica la belleza con la humanidad del hombre y la bondad con la dación desinteresada .
El programa humanista martiano, fundado en la axiología de la acción, se concreta además en un paradigma de racionalidad humana, cualificado como autoconciencia de la cultura. Tanto en la revelación del ser existencial de nuestra América, como en su determinación especial en las condiciones de su patria, José Martí funda un paradigma de emancipación y redención social, cuyo despliegue está mediado por un sustrato socio-cultural humanista que imprime racionalidad y verdad a su proyecto político.
En ese paradigma martiano, los valores éticos y políticos se integran en un nivel tal de concreción que prácticamente se identifican. Por eso, más que encarnación individual, son conciencia de su necesidad y eficacia. Esto impregna optimismo, fuerza y vitalidad a la empresa emancipadora. Y Martí, ya en los albores de la contienda, como expresión del pueblo lo siente, lo sabe. "Jamás fue tanta nuestra virtud -escribe el Maestro-, tan compacta nuestra acción, tan cercano nuestro esfuerzo, tan probable nuestro éxito. Cuántos obstáculos hubiéramos podido encontrar, hasta los obstáculos insuperables que a la mayor virtud pone siempre la ambición o vanidad de la naturaleza humana, nada han podido, ni han aparecido siquiera, ante esta alma de redención que hoy nos consume y nos inspira. Somos un ejército de luz, y nada prevalecerá contra nosotros. Nos queda por hacer lo que sabemos que queda por hacer."
Pupo concuerda en que existe ya en ese momento de José Martí un sistema de valores, conformado en la cultura, hecho conciencia, como valencia social, expresado en término ideopolítico, que si bien no agota el paradigma emancipador -existen otros componentes de la subjetividad humana- que matiza una idea, configura un ideal que impulsa, orienta y regula el hacer práctico -espiritual, que "con la mano en la conciencia- en el bello decir de Martí -pone ya la idea a las puertas de la realidad: . En tales condiciones "el espíritu ha cundido y los cubanos tienen fe... Nadie se lo pide; les nace así de corazón...".
Es indudable la importancia de un paradigma, en tanto modelo que oriente racionalmente el pensamiento y acción del quehacer social, político y cultural en su connotación más integradora posible. El paradigma martiano, marcado por su visión del mundo y del hombre, por la experiencia americana y sobre todo por su sabiduría política, como grande hombre fundador, traza caminos, crea confianza, cultiva razón y sentimiento y prepara conciencia para realizar el ideal de la nación. En fin, funda una cultura con alma política y un carácter nacional henchido de patriotismo y amor desinteresado, capaz de estructurar un programa de liberación nacional, sobre bases nuevas .
El ideal de racionalidad martiana compendia en síntesis conocimiento, valor, acción práctica y comunicación intersubjetiva, es decir, las variadas formas en que el hombre asimila y reproduce creadoramente la realidad material y espiritual; pero al mismo tiempo, su pensamiento y su obra en toda su integridad encarna un cuerpo cultural de entraña política para realizar una República próspera de naturaleza ético-moral, algo que recién hube de explicar extensamente a una diputada que descalificaba a priori el modelo democrático que le ha nacido a Cuba, para defender a ultranza el suyo.
Los cubanos no nos cansamos de repetirlo, insiste Pupo: al Maestro le interesa sobre todo la ascensión humana, el progreso socio-cultural del hombre, como medio fundamental de realizar sus fines. No se trata en modo alguno de una racionalidad instrumental de corte pragmático y utilitarista, sino de una racionalidad humana, que sin menospreciar el conocimiento, la ciencia, la técnica, como medidas de desarrollo cultural humano y creación de bienestar material, sabe que a la raíz del hombre se llega, ante todo, revelando esas fibras, ocultas a veces, de su subjetividad.
Por eso hay que buscar y encontrar sin vacilación el sentido humano, sobre todo, como vía de acceso primario a la esencia social del hombre. Sin ello -y la práctica corrobora la verdad del Maestro-, resulta estéril, ineficaz e ilusorio todo proyecto. Es que la ciencia, la política, el derecho, el arte, etc. sin motivaciones humanas, no realizan el ser esencial del hombre, no se encarnan en el cuerpo de la cultura como medida de progreso y desarrollo. Por eso Martí, no sólo hizo arte mayor, sino política científica, de profunda hondura, de alto vuelo social humano. En primer lugar, porque comprendió el arte de dirigir, como un encargo social por el bien de todos y no para acumular riquezas y obtener privilegios, y en segundo lugar, porque tomó partido por la mayoría desheredada .
Su gran obra política: la creación del Partido Revolucionario Cubano, una forja de unidad nacional para hacer la guerra necesaria por la República, y todo su pensamiento político en torno a Cuba y nuestra América, fue eficaz y trascendió porque se concibió y estructuró como empresa cultural de las grandes masas. Y esto de por sí comporta un concepto en Martí: no existe política eficaz construida al margen de valores e ideales que no estén enraizados en la condición humana.
Con esto, por cierto, continúa la tradición del pensamiento americano más genuino y revolucionario. Lo supera, en la medida que echa suerte con los pobres y abre nuevas perspectivas de enfoque y de discernimiento de la realidad política. Su humanismo revolucionario antiimperialista, expresión de un proceso de continuidad y ruptura sintetiza y concreta su escala de valores. Expresa el momento de máxima plenitud y madurez de su pensamiento político revolucionario, en correspondencia con los nuevos tiempos.
Sin embargo, su obra renovadora, revolucionaria, y creadora no se reduce a la esfera de la relación axiológica: ética-política, en los marcos de su concepción integradora de la cultura; pues si ciertamente Martí produce un viraje revolucionario en los conceptos e ideas políticas de su tiempo cubano y americano, incluyendo la tabla de valores con que juzga y piensa la realidad, también en la esfera de la estética, en relación estrecha con la ética, muestra originalidad y creación. Se trata no sólo de un hombre de pensamiento y acción que conjuga en unidad indisoluble misión y oficio, sino además de un artista y de un creador.
Esto, subraya Pupo, naturalmente matiza su axiología con nuevos colores y esencias, incluyendo su concepción de la subjetividad humana y por su puesto la especificidad de la filosofía que nuclea su cosmovisión. Política, ética y estética y sus sistemas de conocimiento y valor que les son consustanciales, tematizados en Martí en una concepción integradora de la cultura, dan expresión unitaria a su discurso y lo dotan de modos apropiados y métodos idóneos para aprehender el objeto en su dinámica y concreción.
Si ciertamente, la grandeza martiana como dirigente revolucionario, deviene en gran medida del modo en que los valores ético-morales permean y penetran lo político, hasta concebirlo como empresa cultural humana de las grandes masas, lo ético y lo estético, encarnando esta racionalidad conceptual propia del paradigma del Maestro, imprimen una determinada especificidad a su axiología.
Esa vinculación estrecha de los valores ético y estético, en los marcos de una concepción unitaria de la cultura, resultante de la actividad humana y medida del desarrollo del hombre y la sociedad, abre perspectivas nuevas para acceder a la realidad humana y conformar un ideal de racionalidad, como proyecto emancipador que integra y sustancia como sistema orgánico la verdad, el bien y la belleza y junto con ello, el amor, la libertad, la justicia, el honor, la felicidad, la virtud y la dignidad plena del hombre, como valencias cualificadoras de la sociedad que preludia y se esfuerza por realizar.
Con esto, Martí no sólo evoca y predica la necesidad de sembrar y cultivar humanidad en el hombre para que nazca, eche raíces y se multiplique, sino además funda una cultura de los valores, imprescindible para la convivencia social y para el propio despliegue de las energías creadoras que el hombre lleva en sí y desarrolla en función de la sociedad.
A Martí –y su obra lo atestigua- ningún valor humano le resultó extraño. En su sistema de valores, están presentes todos los posibles: científicos, filosóficos, jurídicos, políticos, económicos, religiosos, lógicos, éticos, estéticos, etc. así como su permanente propósito de darle vigencia social y trascendencia.
Es indudable –asevera Pupo- que estamos en presencia de un humanismo auténtico, que parte de las raíces -la revelación del ser de nuestra América- y da cuenta de ellas con ímpetu ecuménico. De un humanismo fundador trascendente, cuya racionalidad humana -sin perder de vista las múltiples aristas de la espiritualidad del hombre -encuentra en los valores y la cultura sus cauces supremos de realización, en términos de una axiología de la acción, cimentada en una ética concreta del devenir humano.
En los momentos actuales, cuando el escepticismo histórico cunde y pulula en la arena internacional, cuando no faltan los intentos de negar la historia, los valores, la cultura, la tradición, la memoria histórica, la razón, los proyectos de emancipación social y el progreso, cuando se pretende reducir a populismo lo que ha sido o es genuinamente popular, la racionalidad se impone como necesidad de preservar no sólo la identidad nacional, sino también la identidad humana. En tales condiciones, el programa pedagógico martiano y el ideal de racionalidad que le es consustancial, adquieren más que nunca contemporaneidad y vigencia social.
Y es en este punto donde retorno a El Salvador y entronco con la anécdota que les contaba al principio, del señor que llegó a esta ciudad para pedirle a este país y a su noble y sufrido pueblo, que todo lo recuerda, que extravíen su memoria.
¿Habría podido el homo llegar a ser sapiens sin aprender las lecciones del erectus?
¿Qué harían las escuelas de negocios de Harvard y Princeton, si no enseñaran la leyenda de Henry Ford?
¿Olvidarían los argentinos que las islas Malvinas son suyas y no de los ingleses que las ocupan?
¿Será tan cierto que los vietnamitas quieren olvidarse de la cruenta guerra que les arrancó a millones de sus hijos?
¿Podríamos olvidar las lecciones de Monseñor Romero solo porque fueron brutalmente silenciadas hace 30 años?
Convocatorias similares escuché cuando se caían el muro de Berlín y las estatuas del socialismo soviético y europeo. Convocaban a la desideologización, cuando en realidad instaban al desmantelamiento de países enteros. Instaban a la despolitización y los devoraban con sus Coca Colas, sus hamburguesas, sus maniquíes Barbies, sus autos del año y su modo de vida atractivo, parafernálico y, a la vez, destructor de la Madre Tierra, de quien todos somos hijos.
¿En nombre del humanismo? Desde luego que no. Es la misma historia del hombre una y otra vez falsificada por quienes detentan o pretenden el poder, por quienes asumen otra versión de lo humano, desde la exclusión y la selección natural; el mismo darwinismo social que radicó en la raíz del colonialismo, del neocolonialismo, del fascismo, de las dictaduras y los golpes de Estado en nuestra sufrida región, y que está en la médula misma del imperialismo.
¿Por qué invocarlo aquí, en el Pulgarcito de América, en el día justo en que José Martí arribaría a los 157 años de vida?
Nada hay más extraño al sentimiento cubano que cualquier manifestación de chovinismo, nos recuerda con frecuencia el Dr. Ricardo Alarcón, presidente del Parlamento cubano. Pero nada tiene mayor importancia para nosotros que la conciencia de lo que somos y de dónde venimos. Es difícil, muy difícil, encontrar algo que nos ayude más a conocernos y a comprender el sentido de nuestra marcha como pueblo que reconocernos a nosotros mismos en nuestra talla humana, y eso nos lo enseñó José Martí .
En nuestro caso, la comprensión cabal de la naturaleza de lo cubano es punto de partida y sustento irremplazable para la salvaguarda de una identidad nacional y una cultura que han existido siempre bajo la amenaza y el peligro. Para ello debemos asumir lo que es radicalmente nuestro, lo que nos distingue y nos hace ser lo que somos, sin falta alguna, porque lo esencial cubano es a la vez profundamente universal, como para ustedes podría serlo lo esencial salvadoreño.
¿Quién si no José Martí afirmó que “Patria es humanidad” y lo hizo cuando Cuba, tras haber derramado ríos de sangre y sacrificios durante casi un siglo, pugnaba aún dolorosamente abandonada, por alcanzar su propio, pequeño, espacio bajo el Sol?, pregunta Alarcón.
Solo diré con él que nunca antes, en tiempo tan breve, se hizo tanto por la justicia, la libertad y la dignidad de tantos. Nunca antes pueblo alguno fue capaz de entregar tanto amor y solidaridad por todos los rincones de la tierra, y lo hizo siempre –y lo hace aún- con una sonrisa en el rostro a pesar de las lágrimas y la sangre que ha provocado el poderoso imperio, incesante y obstinado en derrotar a un pueblo digno, solidario y henchido de humanismo.
Recordarlo es esencial si constatamos que vivimos un cambio de época en el que las ideas y los valores son vitales para que tragedias como la de Haití –no la telúrica, sino la derivada del largo terremoto político, económico y moral en que los imperios han sostenido a esa nación- no se repitan.
Los ismos –todos, incluidos los de moda- pasarán, y al final quedarán los seres humanos que les sobrevivan. Podrán hacerlo los que preserven mejor la noción de sociedad integrada, unida y solidaria que su condición pensante les exige para el bien de todos. Las fronteras se borrarán de las mentes –nunca han existido en realidad- y el cambio climático nos forzará a respetar a la naturaleza si antes no desaparecemos. La humildad nos hará entender que el mundo entero es nuestra aldea, y no al revés, y que nunca debimos avergonzarnos de la madre mestiza de delantal indio que nos dio la vida.
Será en ese instante cuando entenderemos a plenitud el legado universal de José Martí, repudiaremos todas las vilezas anteriores, sentiremos de verdad como propia la ofensa y la injusticia causada a cualquier ser humano en cualquier lugar del planeta, y comprenderemos que la vida de uno solo de nosotros vale muchísimo más que todas las propiedades del hombre más rico de la tierra.
Muchas gracias.
domingo, octubre 25, 2009
EMBAJADOR EN EL SALVADOR
El 1 de junio de 2009 Cuba y El Salvador restablecieron relaciones diplomáticas después de casi 48 años. El 7 de julio fui designado Embajador de Cuba en El Salvador. El 18 de julio juré mi cargo y firmé el Código de ética de los cuadros del Partido y del Estado ante la imagen de José Martí y el testigo del Presidente Raúl Castro. El 23 de octubre presenté mis credenciales al presidente Mauricio Funes. Asumo la tarea con un alto sentido de responsabilidad y de honor. El periodista debe desdoblarse en su otro yo, que es parte del mismo, único e indivisible. Seguimos en contacto y en combate.
jueves, septiembre 24, 2009
LO QUE JUANES NOS DEJÓ
Emociones, expresiones, recepciones del público y distorsiones de la prensa internacional en el concierto Paz sin fronteras, de La Habana.
Pasado el estado de parálisis, o de shock, en que el pueblo de Cuba y sobre todo su juventud, dejaron a quienes bregaron larga, ardua y ponzoñosamente por la cancelación primero, por el fracaso después, o por la manipulación política del Concierto Paz sin Fronteras, ha comenzado a proliferar una sarta de analistas de prensa que trazan parábolas indescriptibles entre dichos y hechos de la jornada.
Nunca quisimos politizar el concierto ni sus interpretaciones. No nos lo propusimos, ni lo hicimos, pero algunos decidieron desatar el pandemónium, sin percatarse que, como el bumerán, puede golpearlos. Podíamos habernos ahorrado este fatigoso ejercicio, pero como los medios transnacionales globalizados ya se orquestan para el control de daños por lo que quisieron fuera y no fue, y sus mentiras ya suenan a ofensa, al menos este periodista –testigo de la fiesta - siente la necesidad de hacer algunas precisiones.
Dicen que el tono lo marcó la inspirada Tañón cuando transmitió el beso de una hija a un padre al que no ve hace veinte años. Nadie hurgó en razones, pero los periodistas debieron recordar que la Administración Bush estableció una grosera y selectiva caracterización de la familia cubana y decretó quiénes, cuándo, cómo y con qué frecuencia podían venir a la isla a visitar a los suyos. Debieron también recordar que ya desde antes, los cubanoamericanos, como los propios estadounidenses, tenían –y tienen- límites anticonstitucionales a su libertad de movimiento, impuestos por el gobierno de Washington.
Afirman que el concierto comenzó signado por la expresión It´s time to change (es tiempo de cambiar). Por alguna razón, los artistas, todos latinos, eligieron pronunciar esas palabras en inglés y no en español. ¿Por qué? La audiencia que tenían ante ellos era toda hispanoparlante. ¿A quién se dirigían? Es obvio que lo hacían a otra audiencia. Por cierto, esas mismas palabras las enarboló el Presidente Obama para llegar a la Presidencia. Millones de estadounidenses creyeron en ellas, pero en Miami y en los círculos más ultraderechistas las abuchearon. En Cuba, la opción del cambio la enarboló y defendió con su vida el propio Fidel, desde mucho antes, legándola en su noción de Revolución.
Otras monsergas hemos escuchado con lo una sola familia cubana. Acá siempre hemos tenido claro quién dividió a la familia cubana: son los mismos que ordenaron la Operación Peter Pan, condenando a la orfandad a miles de niños; los que instigaron el terrorismo que separó –por la muerte- a padres de hijos y a abuelos de nietos; los que convirtieron la emigración en negocio para restar profesionales primero y corazones después, a cambio de dinero y otras prebendas, para transformar con un “ajuste” en cementerio al Estrecho de la Florida; son aquellos que llegaron a redefinir el concepto de familia cubana. Si pueblo, gobierno y hasta iglesias defienden la unidad de la familia cubana, ¿a quién va dirigido realmente ese mensaje que tanto agradecimos a los artistas?
No faltaron quienes en la dedicatoria de una canción de Juanes a un compatriota suyo y a otros ciudadanos del mundo injustamente presos dondequiera que estén, quisieron trazar alegorías, suprimiendo, de forma aviesa y alevosa el calificativo “injustamente”. Así, mientras los nuevos intérpretes del colombiano creyeron ver amparo para los mercenarios del patio, justamente detenidos, juzgados y condenados por delitos claramente tipificados y demostrados, los cubanos en la Plaza elevamos nuestro pensamiento, sueños, emociones y hasta ruegos hacia cinco jóvenes cubanos que defendían del terrorismo a los pueblos de Cuba y Estados Unidos, y que desde hace once años guardan cruel, larga e injusta prisión en cárceles de ese país, privados, incluso, de los más elementales derechos, como el de ver a sus familiares.
Ni tampoco se ha carecido de traductores de canciones, que se apropiaron del estribillo de la canción de Miguel Bosé que dice Dame una isla en medio del mar. Llámala libertad. ¡Qué fastidio! Cómo se puede ser tan ramplón e ignorar que no precisamente por las razones que enarbolan, este país ha sido conocido en el mundo con el glorioso epíteto de la Isla de la Libertad.
¿No habrán oído las canciones del “oficialista” Silvio Rodríguez y del “contestatario” Carlos Varela; conocerán las novelas “críticas” de Padura y los versos “independientes” de Lady Fernández; habrán visto el cine “punzante” de Titón y Fernando Pérez; sabrán de los trazos “libres” de Kcho cruzando bordes en sus botes? ¿Entenderán los afanes de religiosos, ateos, heteros y homosexuales, mujeres y hombres, blancos, negros y mestizos por construir espacios mejores, más amplios y más críticos de convivencia libre, que superen el marco estrecho de leyes y políticas, y se establezcan como cultura de vida, que es algo más revolucionario, profundo y duradero que las formalidades? Esclavos del dinero y de sus editores, qué sabrán esos periodistas de la verdadera libertad humana.
Y entonces, como si todo esto fuera poco, y cuando la millonaria multitud habanera redimió de la aplanadora miamense a los discos de Juanes, se nos apean además con un cuento truculento de conspiración y espionaje contra los artistas, y ¡oh, revelación!, dan a conocer una supuesta grabación secreta de acoso y protesta para demostrar que los músicos fueron acosados, que por eso gritaron ¡Viva Cuba! y, dicen también, que ¡Viva Cuba libre!.
No les consta nuestra terca voluntad de ser libres al cabo de cincuenta años de guerra contra el mayor de los imperios. No han visto las vallas y muros de La Habana donde los grafitis proclaman la misma e indeclinable voluntad. No han escuchado los actos populares terminados a puro grito de guerra de nuestros mambises; no se han percatado siquiera que Rául Castro, que ha sido desde su cuna un hombre de Patria o Muerte, suele concluir además sus discursos con el grito primigenio de todos nuestros patriotas. Ni siquiera han podido disfrutar de los animados de Elpidio Valdés, que nos enseñaron desde niños a saber y defender que Cuba es y tiene que ser libre. ¡Qué bochorno de periodistas y prensa!
Pasado el estado de parálisis, o de shock, en que el pueblo de Cuba y sobre todo su juventud, dejaron a quienes bregaron larga, ardua y ponzoñosamente por la cancelación primero, por el fracaso después, o por la manipulación política del Concierto Paz sin Fronteras, ha comenzado a proliferar una sarta de analistas de prensa que trazan parábolas indescriptibles entre dichos y hechos de la jornada.
Nunca quisimos politizar el concierto ni sus interpretaciones. No nos lo propusimos, ni lo hicimos, pero algunos decidieron desatar el pandemónium, sin percatarse que, como el bumerán, puede golpearlos. Podíamos habernos ahorrado este fatigoso ejercicio, pero como los medios transnacionales globalizados ya se orquestan para el control de daños por lo que quisieron fuera y no fue, y sus mentiras ya suenan a ofensa, al menos este periodista –testigo de la fiesta - siente la necesidad de hacer algunas precisiones.
Dicen que el tono lo marcó la inspirada Tañón cuando transmitió el beso de una hija a un padre al que no ve hace veinte años. Nadie hurgó en razones, pero los periodistas debieron recordar que la Administración Bush estableció una grosera y selectiva caracterización de la familia cubana y decretó quiénes, cuándo, cómo y con qué frecuencia podían venir a la isla a visitar a los suyos. Debieron también recordar que ya desde antes, los cubanoamericanos, como los propios estadounidenses, tenían –y tienen- límites anticonstitucionales a su libertad de movimiento, impuestos por el gobierno de Washington.
Afirman que el concierto comenzó signado por la expresión It´s time to change (es tiempo de cambiar). Por alguna razón, los artistas, todos latinos, eligieron pronunciar esas palabras en inglés y no en español. ¿Por qué? La audiencia que tenían ante ellos era toda hispanoparlante. ¿A quién se dirigían? Es obvio que lo hacían a otra audiencia. Por cierto, esas mismas palabras las enarboló el Presidente Obama para llegar a la Presidencia. Millones de estadounidenses creyeron en ellas, pero en Miami y en los círculos más ultraderechistas las abuchearon. En Cuba, la opción del cambio la enarboló y defendió con su vida el propio Fidel, desde mucho antes, legándola en su noción de Revolución.
Otras monsergas hemos escuchado con lo una sola familia cubana. Acá siempre hemos tenido claro quién dividió a la familia cubana: son los mismos que ordenaron la Operación Peter Pan, condenando a la orfandad a miles de niños; los que instigaron el terrorismo que separó –por la muerte- a padres de hijos y a abuelos de nietos; los que convirtieron la emigración en negocio para restar profesionales primero y corazones después, a cambio de dinero y otras prebendas, para transformar con un “ajuste” en cementerio al Estrecho de la Florida; son aquellos que llegaron a redefinir el concepto de familia cubana. Si pueblo, gobierno y hasta iglesias defienden la unidad de la familia cubana, ¿a quién va dirigido realmente ese mensaje que tanto agradecimos a los artistas?
No faltaron quienes en la dedicatoria de una canción de Juanes a un compatriota suyo y a otros ciudadanos del mundo injustamente presos dondequiera que estén, quisieron trazar alegorías, suprimiendo, de forma aviesa y alevosa el calificativo “injustamente”. Así, mientras los nuevos intérpretes del colombiano creyeron ver amparo para los mercenarios del patio, justamente detenidos, juzgados y condenados por delitos claramente tipificados y demostrados, los cubanos en la Plaza elevamos nuestro pensamiento, sueños, emociones y hasta ruegos hacia cinco jóvenes cubanos que defendían del terrorismo a los pueblos de Cuba y Estados Unidos, y que desde hace once años guardan cruel, larga e injusta prisión en cárceles de ese país, privados, incluso, de los más elementales derechos, como el de ver a sus familiares.
Ni tampoco se ha carecido de traductores de canciones, que se apropiaron del estribillo de la canción de Miguel Bosé que dice Dame una isla en medio del mar. Llámala libertad. ¡Qué fastidio! Cómo se puede ser tan ramplón e ignorar que no precisamente por las razones que enarbolan, este país ha sido conocido en el mundo con el glorioso epíteto de la Isla de la Libertad.
¿No habrán oído las canciones del “oficialista” Silvio Rodríguez y del “contestatario” Carlos Varela; conocerán las novelas “críticas” de Padura y los versos “independientes” de Lady Fernández; habrán visto el cine “punzante” de Titón y Fernando Pérez; sabrán de los trazos “libres” de Kcho cruzando bordes en sus botes? ¿Entenderán los afanes de religiosos, ateos, heteros y homosexuales, mujeres y hombres, blancos, negros y mestizos por construir espacios mejores, más amplios y más críticos de convivencia libre, que superen el marco estrecho de leyes y políticas, y se establezcan como cultura de vida, que es algo más revolucionario, profundo y duradero que las formalidades? Esclavos del dinero y de sus editores, qué sabrán esos periodistas de la verdadera libertad humana.
Y entonces, como si todo esto fuera poco, y cuando la millonaria multitud habanera redimió de la aplanadora miamense a los discos de Juanes, se nos apean además con un cuento truculento de conspiración y espionaje contra los artistas, y ¡oh, revelación!, dan a conocer una supuesta grabación secreta de acoso y protesta para demostrar que los músicos fueron acosados, que por eso gritaron ¡Viva Cuba! y, dicen también, que ¡Viva Cuba libre!.
No les consta nuestra terca voluntad de ser libres al cabo de cincuenta años de guerra contra el mayor de los imperios. No han visto las vallas y muros de La Habana donde los grafitis proclaman la misma e indeclinable voluntad. No han escuchado los actos populares terminados a puro grito de guerra de nuestros mambises; no se han percatado siquiera que Rául Castro, que ha sido desde su cuna un hombre de Patria o Muerte, suele concluir además sus discursos con el grito primigenio de todos nuestros patriotas. Ni siquiera han podido disfrutar de los animados de Elpidio Valdés, que nos enseñaron desde niños a saber y defender que Cuba es y tiene que ser libre. ¡Qué bochorno de periodistas y prensa!
domingo, septiembre 20, 2009
Y JUAN SIN MIEDO LE CANTÓ A CUBA Y A LA PAZ…
Por un camino abierto por la inmensa herencia y riqueza musical cubana y largamente pavimentado en el último medio siglo por figuras como los Parra, Víctor Jara, Billy Joel, Pete Sieger, Aznavour, Miriam Makeba, la Massiel, Chico Buarque, los Cinco Latinos, Simone, Serrat, Audioslave, Billy Holiday, Manu Chao, Billy Joel, Air Supply, Café Tacvba, los participantes de los inolvidables US-Cuba Musical Bridges y muchos más, vencedores del miedo que pretendía imponer la chusma fascista que quería aislar a Cuba y a su pueblo, entraron Juanes y sus colegas este domingo a la memoria de los cubanos.
Concierto para no olvidar, alzado contra corriente, en la que el Paisa de la camisa negra, los españoles Bossé, Aute y Víctor Manuel, el italiano Jovanotti, los cubano-venezolanos de Yerbabuena y la pléyade del patio que se les unió, defendieron el derecho de todos los seres humanos a vivir en paz, a elegir la forma en que quieren vivir y a ser respetados en su singularidad.
Que un millón ciento cincuenta mil cubanos se hayan dado cita en la histórica Plaza de la Revolución José Martí, que ha sido escenario de nuestros principales combates políticos, nuestras protestas morales y de nuestras más grandes alegrías, constituye también una fotografía vívida de que la hazaña emprendida hace medio siglo es, por sobre todas las cosas, una hazaña del corazón, de la alegría y de los más nobles sentimientos.
El muchacho de Medellín demostró por qué le decían en su infancia “Juan sin miedo”, al saber defender con valor y honestidad desde niño todo aquello en lo que creía. Una sola de sus lágrimas emocionadas al final del concierto, como las de Olga Tañón y Miguel Bossé, reparan todos los discos rotos, las groserías y las amenazas de que fueron víctimas los tres. Los que no pudieron venir deben recogerlas como amuleto para el futuro. Sigan la senda de Juanes; los esperamos algún día.
Para todos nuestros compatriotas, músicos y cantantes, el más orgulloso de todos los abrazos, por deleitarnos con un arte raigalmente cubano y genuinamente universal, al que muchas veces le han sido vetados los grandes escenarios. Gracias, además, por haber mostrado su grandeza musical y humana, muchos de ellos como simples instrumentistas o coristas de los que tuvieron el principal protagonismo.
De todos, se me antoja, por lo simbólico, guardar en la memoria el solo de trompeta del negro Alexander Abreu. Sus notas fueron un degüello contra las mentiras y un clarín que unió a todos en el único grito de protesta que se escuchó en todo el concierto y que debe estar resonando cual pesadilla en los oídos de quienes nos odian y nos niegan la paz: ¡Viva Cuba!
Concierto para no olvidar, alzado contra corriente, en la que el Paisa de la camisa negra, los españoles Bossé, Aute y Víctor Manuel, el italiano Jovanotti, los cubano-venezolanos de Yerbabuena y la pléyade del patio que se les unió, defendieron el derecho de todos los seres humanos a vivir en paz, a elegir la forma en que quieren vivir y a ser respetados en su singularidad.
Que un millón ciento cincuenta mil cubanos se hayan dado cita en la histórica Plaza de la Revolución José Martí, que ha sido escenario de nuestros principales combates políticos, nuestras protestas morales y de nuestras más grandes alegrías, constituye también una fotografía vívida de que la hazaña emprendida hace medio siglo es, por sobre todas las cosas, una hazaña del corazón, de la alegría y de los más nobles sentimientos.
El muchacho de Medellín demostró por qué le decían en su infancia “Juan sin miedo”, al saber defender con valor y honestidad desde niño todo aquello en lo que creía. Una sola de sus lágrimas emocionadas al final del concierto, como las de Olga Tañón y Miguel Bossé, reparan todos los discos rotos, las groserías y las amenazas de que fueron víctimas los tres. Los que no pudieron venir deben recogerlas como amuleto para el futuro. Sigan la senda de Juanes; los esperamos algún día.
Para todos nuestros compatriotas, músicos y cantantes, el más orgulloso de todos los abrazos, por deleitarnos con un arte raigalmente cubano y genuinamente universal, al que muchas veces le han sido vetados los grandes escenarios. Gracias, además, por haber mostrado su grandeza musical y humana, muchos de ellos como simples instrumentistas o coristas de los que tuvieron el principal protagonismo.
De todos, se me antoja, por lo simbólico, guardar en la memoria el solo de trompeta del negro Alexander Abreu. Sus notas fueron un degüello contra las mentiras y un clarín que unió a todos en el único grito de protesta que se escuchó en todo el concierto y que debe estar resonando cual pesadilla en los oídos de quienes nos odian y nos niegan la paz: ¡Viva Cuba!
jueves, agosto 06, 2009
¿ENTRARÁ GORBACHOV A LA UNIVERSIDAD DE LA HABANA?
Bryan Latell, uno de los más publicitados cubanólogos estadounidenses, cuyos pronósticos y evaluaciones no se caracterizan justamente por la objetividad científica, sino por un énfasis volitivo en predecir deseos insanos con respecto a la revolución cubana, se hizo el pasado 4 de agosto una pregunta con la que llega tarde a la política y, sobre todo, a la ciencia: “¿Dónde está el Gorbachov de Cuba?” Cree descubrir inconsistencia donde hay reflexión madura y consciente. Aísla hechos de contextos. Recita las viejas diatribas imperiales contra la dirección histórica de la Revolución ante su incapacidad para descifrar las claves de la resistencia heroica y comprender la persistencia en el camino elegido. No tuvo siquiera el rigor investigativo de estudiarse las palabras de Fidel a la FEU en noviembre de 2005. Hace poco más de diez años, y siendo aún joven, mientras me desempeñaba como corresponsal del periódico Granma en la URSS y Rusia durante los años 1990 a 1992, en que transcurría el derrumbe soviético, me planteé una reflexión en otro sentido sobre el destronado personaje del Kremlin y los destinos de la revolución cubana. El breve ensayo forma parte del libro Crónicas del derrumbe, en preparación.
Las revoluciones, dice el axioma clásico, las hacen los pueblos, no los hombres. Sin embargo, a estas alturas del siglo, apenas hay quien se niegue a negar el papel de algunos individuos en la historia. Ciertamente, los hombres y cada hombre, marcan su época, al punto de influir decisivamente y hasta trastornar los rumbos de la colectividad humana si les es concedido, conquistan a mentiras o ganan con sus méritos su timón.
Una de las grandes lecciones del derrumbe socialista europeo y, especialmente el soviético, está en examinar el papel que desempeñó en esos acontecimientos la generación liderada por Mijail Gorbachov. Esa generación de dirigentes, conocida por algunos como la generación trunca, llega a la vida en medio del cataclismo político, económico y social que representaron la II guerra mundial y la postguerra; crecen en medio de increíbles privaciones y bajo el fragor de la guerra fría, y se forman -¿o deforman?- tutelados por el enfrentamiento entre el leninismo original y el estalinismo generador de represión y burocracia.
Lenin, sus colegas bolcheviques y los nacidos y crecidos bajo la luz del Gran Octubre, se formaron en medio de un riquísimo debate de ideas, cultura y experiencias sociales en Europa. No en balde se ubican en sus filas los autores de importantes aportes a todo el conjunto del pensamiento y la cultura del socialismo que, aún con limitaciones, inconsecuencias o trivialidades, siguen siendo imprescindibles en las lecturas y estudios de hoy: Mayakovski, Bujarin, Blok, Trotski, Makarenko, Einsenstein, Kalinin, e incluso el propio Stalin.
Para casi todos ellos, la revolución era su hija, su madre o su hermana y, por tanto, algo muy íntimo, personal, sanguíneo -sangrado incluso- con lo que existía un alto grado de compromiso y lealtad, aunque se partiera de un mayor o menor grado de adhesión al marxismo, de una lectura más o menos dialéctica del materialismo, de una interpretación más o menos exacta de sus preguntas, e incluso, de un origen más o menos raigal en la socialdemocracia o el liberalismo europeos,
No tenían nada, o casi nada material a lo que aferrarse, y muy pocas veces, lógicamente, procedieron de la realeza zarista o de la incipiente burguesía rusa, pero como en toda revolución clásica, habían roto los lazos con su propio pasado. Ante ellos estaba un mundo por conquistar y por construir, y lo hacían con entusiasmo, altruismo y altísimas cuotas de sacrificio.
La nueva generación que irrumpió en el escenario soviético en los años cuarentas fue la hija o la nieta de los fundadores o de los nacidos con la Revolución. Había heredado un país nuevo, que se debatía entre el desastre económico y social de una cruenta conflagración y la pujanza de una voluntad industrializadora y renovadora, que al emerger victoriosa de la contienda bélica necesita vindicar ante su pueblo y ante el mundo el nuevo modelo político, económico y social que había probado su supremacía en el campo militar.
Fueron también los años de gran revancha imperialista y de incubación de la guerra fría, lo que en términos del debate de ideas, absolutizó la percepción del mundo, polarizó la política, la cultura, generó emboscadas y desvíos, y provocó el surgimiento de una cortina de hierro, como se le dio en llamar a aquel fenómeno de aislamiento cultural -en el amplio sentido de la palabra- que trascendió, necesariamente en la formación como individuos de aquel grupo humano.
Movidos acaso por el concepto del Estado-protector-preceptor, que a toda costa quería preservar a sus ciudadanos de los ciertos males del capitalismo mundial; indudablemente preocupados por la influencia en la sociedad soviética -como en las otras socialistas europeas- de la escala de valores que transmitía todo un sistema de propaganda subversiva; creídos demasiado en la infalibilidad de sus ideas y, por tanto, en la posibilidad de que por la inmensidad de territorio y diversidad de pueblos, podían generar por si mismos una alternativa nueva aunque aislada, los soviéticos de esa generación y otras sucesivas nacieron y crecieron con una educación que si bien acumulaba de un lado un elevado conjunto de valores positivos, carecía de información, experiencias y vivencias que sólo podían adquirirse en una interrelación, si bien más riesgosa y depredadora, generadora de inmunidad y de formas de lucha contra los fenómenos que el socialismo pretendía superar.
De lo simple a lo profundo, no fue por tanto casual el descubrimiento deslumbrante de Walt Disney, su pato Donald y Micky Mouse, y ni siquiera la escandalosa cortesía a la Coca Cola y a las McDonald´s. Todo eso era, si acaso, gangarria, menudencia, en comparación con otros “descubrimientos” mayores como los textos originales del iluminismo francés, la socialdemocracia germana, el conservadurismo económico británico, el liberalismo norteamericano o el capitalismo social escandinavo y asiático, de los que solo se conocía por manuales o por referencias anecdóticas y sin sustento teórico.
Una de las lecturas más complejas, contrarrevolucionarias y subversivas de la historia que esas generaciones hicieron fue que la socialdemocracia europea y latinoamericana eran portadoras de la simiente de un socialismo con rostro humano –en el entendido que el propio no lo tenía-, capaz de deslumbrar por proveer mercados abarrotados de productos de alta calidad y competitividad que no podían adquirirse en el cerrado mercado soviético. A la vez, una seductora apariencia de libertad individual y de preocupación por los derechos de los individuos daba cuenta de los problemas que el socialismo “marxista” no había sido capaz de proveer.
El desconocimiento de otras realidades, unido a una bien entrenada docilidad para aceptar el conocimiento y los hechos como productos facturados, había creado en muchos una conciencia política y social poco aguda. El pueblo se había habituado a recibir todo, incluso las ideas. Nada era sometido a debate, sino más bien impuesto. La ideología de la Revolución dejó de estudiarse en sus fuentes para ser sustituida por los famosos manuales que interpretaban -en aras de “ahorrar tiempo y facilitar el estudio” su inamovilidad: Lenin, y punto. Maurice Torés era sólo un comunista francés, líder de la III Internacional, una tarja y un nombre de avenida, Antonio Gramsci un comunista revisionista italiano, José Carlos Mariátegui un buen luchador latinoamericano de ideas socialistas pero demasiado idealista, Althuser no existía y Che Guevara fue, a lo sumo, un revolucionario romántico.
Así, cuando Gorbachov llega al poder, quiere cambiar las cosas, pero se compara con los modelos capitalistas de bienestar escandinavos, clama por más humanidad y sensibilidad pero se pierde en los combates de Afganistán, en la compra de costosos trajes Armani y perfumes franceses y en opulentas cenas con Margaret Tatcher y Ronald Reagan, mientras el país languidece. Quiere despertar al periodismo para que sea portavoz de los necesarios cambios y convierte la profesión en un grosero ejercicio de stripteases. Saca al genio de su lámpara, destapa la caja de Pandora y no alcanza a reunir valor, talento ni intención de pararlo porque al final, lo va a confesar: “había que cambiarlo todo”… ¿Todo?
* * *
Entre 1989 y 1998 ha crecido en Cuba una generación de muchachos que lo único que han conocido es el rostro amargo y duro de la crisis, en el trasfondo de la prolongada guerra de los Estados Unidos contra Cuba, acentuada en sus efectos por el impacto mundial y particular de la desaparición del socialismo soviético y su prole bastarda del Este de Europa. Las comparaciones cojean –siempre advirtió Lenin- pero también nos enseñó que la verdad se establece sobre la base de la confrontación de experiencias vitales e ideas.
Para esos jóvenes, como para los que irán naciendo en este aún prolongado camino, el contraste entre el pasado y el presente, alimentado por un enfrentamiento de ideas cada vez más recio, será el referente esencial sobre el que construirán su propia visión del mundo. El pasado más cercano es la experiencia de sus padres, hijos mimados de la Revolución que hicieron sus abuelos. La Cuba de estos últimos, solidaria, sin desigualdades dolorosas, generosa hasta el exceso (y el abuso), está para ellos demasiado lejos. Las historias contadas les parecen ficción en medio de las otras, de supervivencia, del cansancio de unos y los errores y simplificaciones de otros. Lo que hoy aprendan y mal aprendan los llevará a actuar y mal actuar en el futuro. Si reniegan de la historia, si solo les ofrecemos respuestas y aplazamos o no compartimos sus preguntas y las nuestras, si no identificamos juntos lo errores y los rectificamos entre todos, si reducimos los argumentos a consignas y los volvemos incapaces de pensar y expresarse con voz propia, si los enseñamos a conformarse con la mediocridad y lo banal; si por todo ello abandonan las guayaberas por el frac, si nos olvidamos de que la pobreza, por larga que sea, pasa y que lo que no pasa es la deshonra que sobre sus hombros pueden ser capaces de echarse los hombres, no será de ellos la culpa, sino nuestra.
Con todo lo que se reconoce que se imitó y copió, no cometimos aquí los disparates, los abusos, ni los excesos esenciales del llamado socialismo real. No nos enajenamos nunca del mundo circundante ni del contexto occidental en que vivimos y surgieron todas nuestras ideas: Marx, Martí, Fidel. Muchas de nuestras mayores distorsiones tienen su origen en el país neocolonial denunciado en el juicio del Moncada, otras en la larga batalla que hemos librado contra el Imperio –son cicatrices y traumas de guerra-, y las hay también –las menos- hijas de los errores de un país joven que jamás se construyó por recetas y que siempre desdeñó todos los moldes. Levantamos fraguas de hombres nuevos y enseñamos desde niños a imitar el modelo humano del Che, pero no todos crecimos a la estatura del sueño, ni guardamos lealtad al juramento de parecernos al heroico guerrillero. Ya sea por yerro, por tolerancia o por paternalismo, de algunos troncos torcidos, y también de otros más rectos, brotaron retoños truncos.
A esos posibles Gorbachovses cubanos ya puede vérseles asomar en los claros corredores de hoteles, de empresas mixtas y estatales, en agitados pasillos de administraciones justificantes e incapaces, en quietas oficinas donde se cuidan como tronos las butacas, los carros y los aires acondicionados, en los oscuros callejones donde el mercado negro y la ilicitud pululan, en las vidrieras que algunos nos importan, en el desenfreno por el consumo y la complacencia con lo mal hecho, con lo sucio, lo superfluo y lo vulgar, en el individualismo y el egoísmo; y también puede hallárseles en los proyectos de vida frustrados, las oportunidades postergadas, la mesa magra, el techo tambaleante y el escaparate vacío donde no pocos redujeron finalmente a la desesperanza el acto de pensar, soñar y vivir.
Aunque diferentes de los soviéticos en sus apariencias, son esos muchachos –nuestros muchachos- los portadores de los riesgos que nos pueden rondar tarde o temprano.
* * *
Las crisis económicas, dicen los estudiosos, no se saldan sin un costo político y moral. Añaden: diez años es lo máximo soportable por las sociedades humanas, según la experiencia internacional.
Rompiendo todos los oráculos, aquí seguimos en pie y sin grietas sustanciales, aparentes. Nadie puede predecir cuán más largo será el período especial y cuántos más apagones nos quedan por soportar. No hay quien pueda poner fecha al retorno final de la economía y la pirámide social a su justa posición. Nadie puede vaticinar cuándo los Estados Unidos cesarán el acoso, la presión, el bloqueo y la agresión contra Cuba, admitiéndonos como queramos ser, libres, soberanos e independientes, y no “la más jugosa adición que puede hacerse a la Unión americana”, como proclamó uno de los padres fundadores hace más de doscientos años. Ni siquiera sabemos si, además de a ellos, tendremos que confrontar a otros poderosos adversarios –pues tal crece y se extiende el poder avasallador y el despliegue del capitalismo imperial globalizado.
En las guerras abiertas hemos probado virtud, talento y músculos. Pero en el desgaste y la desilusión, en la pelea por nuestras conciencias, que será la próxima apuesta de nuestro pretendido holocausto, todo está por demostrarse. La nueva guerra es de pensamiento, hay que volverlo a repetir. La revolución vive de construirse, crecer y defenderse a diario. Ni el cansancio, ni la indiferencia serán nunca buenas señales de salud. Lo que debemos hacer es atajar a tiempo nuestros males e impedir, con actos e ideas, que nos crezca una generación trunca, que broten y se encumbren nuestros propios Gorbachovses; esos que, de tener la oportunidad, pudieran llegar a derribar las estatuas de José Martí al compás de The Star-Spangled Banner!, y entre brindis de Bacardí y chorreando grasa de hamburguesas por las comisuras de sus labios, se atreverían a firmar la capitulación sobre los pedazos de la Constitución socialista de 1976.
Antes de vernos obligados a desenvainar el machete otra vez, ganémosles martianamente: ¡a pensamiento!
Las revoluciones, dice el axioma clásico, las hacen los pueblos, no los hombres. Sin embargo, a estas alturas del siglo, apenas hay quien se niegue a negar el papel de algunos individuos en la historia. Ciertamente, los hombres y cada hombre, marcan su época, al punto de influir decisivamente y hasta trastornar los rumbos de la colectividad humana si les es concedido, conquistan a mentiras o ganan con sus méritos su timón.
Una de las grandes lecciones del derrumbe socialista europeo y, especialmente el soviético, está en examinar el papel que desempeñó en esos acontecimientos la generación liderada por Mijail Gorbachov. Esa generación de dirigentes, conocida por algunos como la generación trunca, llega a la vida en medio del cataclismo político, económico y social que representaron la II guerra mundial y la postguerra; crecen en medio de increíbles privaciones y bajo el fragor de la guerra fría, y se forman -¿o deforman?- tutelados por el enfrentamiento entre el leninismo original y el estalinismo generador de represión y burocracia.
Lenin, sus colegas bolcheviques y los nacidos y crecidos bajo la luz del Gran Octubre, se formaron en medio de un riquísimo debate de ideas, cultura y experiencias sociales en Europa. No en balde se ubican en sus filas los autores de importantes aportes a todo el conjunto del pensamiento y la cultura del socialismo que, aún con limitaciones, inconsecuencias o trivialidades, siguen siendo imprescindibles en las lecturas y estudios de hoy: Mayakovski, Bujarin, Blok, Trotski, Makarenko, Einsenstein, Kalinin, e incluso el propio Stalin.
Para casi todos ellos, la revolución era su hija, su madre o su hermana y, por tanto, algo muy íntimo, personal, sanguíneo -sangrado incluso- con lo que existía un alto grado de compromiso y lealtad, aunque se partiera de un mayor o menor grado de adhesión al marxismo, de una lectura más o menos dialéctica del materialismo, de una interpretación más o menos exacta de sus preguntas, e incluso, de un origen más o menos raigal en la socialdemocracia o el liberalismo europeos,
No tenían nada, o casi nada material a lo que aferrarse, y muy pocas veces, lógicamente, procedieron de la realeza zarista o de la incipiente burguesía rusa, pero como en toda revolución clásica, habían roto los lazos con su propio pasado. Ante ellos estaba un mundo por conquistar y por construir, y lo hacían con entusiasmo, altruismo y altísimas cuotas de sacrificio.
La nueva generación que irrumpió en el escenario soviético en los años cuarentas fue la hija o la nieta de los fundadores o de los nacidos con la Revolución. Había heredado un país nuevo, que se debatía entre el desastre económico y social de una cruenta conflagración y la pujanza de una voluntad industrializadora y renovadora, que al emerger victoriosa de la contienda bélica necesita vindicar ante su pueblo y ante el mundo el nuevo modelo político, económico y social que había probado su supremacía en el campo militar.
Fueron también los años de gran revancha imperialista y de incubación de la guerra fría, lo que en términos del debate de ideas, absolutizó la percepción del mundo, polarizó la política, la cultura, generó emboscadas y desvíos, y provocó el surgimiento de una cortina de hierro, como se le dio en llamar a aquel fenómeno de aislamiento cultural -en el amplio sentido de la palabra- que trascendió, necesariamente en la formación como individuos de aquel grupo humano.
Movidos acaso por el concepto del Estado-protector-preceptor, que a toda costa quería preservar a sus ciudadanos de los ciertos males del capitalismo mundial; indudablemente preocupados por la influencia en la sociedad soviética -como en las otras socialistas europeas- de la escala de valores que transmitía todo un sistema de propaganda subversiva; creídos demasiado en la infalibilidad de sus ideas y, por tanto, en la posibilidad de que por la inmensidad de territorio y diversidad de pueblos, podían generar por si mismos una alternativa nueva aunque aislada, los soviéticos de esa generación y otras sucesivas nacieron y crecieron con una educación que si bien acumulaba de un lado un elevado conjunto de valores positivos, carecía de información, experiencias y vivencias que sólo podían adquirirse en una interrelación, si bien más riesgosa y depredadora, generadora de inmunidad y de formas de lucha contra los fenómenos que el socialismo pretendía superar.
De lo simple a lo profundo, no fue por tanto casual el descubrimiento deslumbrante de Walt Disney, su pato Donald y Micky Mouse, y ni siquiera la escandalosa cortesía a la Coca Cola y a las McDonald´s. Todo eso era, si acaso, gangarria, menudencia, en comparación con otros “descubrimientos” mayores como los textos originales del iluminismo francés, la socialdemocracia germana, el conservadurismo económico británico, el liberalismo norteamericano o el capitalismo social escandinavo y asiático, de los que solo se conocía por manuales o por referencias anecdóticas y sin sustento teórico.
Una de las lecturas más complejas, contrarrevolucionarias y subversivas de la historia que esas generaciones hicieron fue que la socialdemocracia europea y latinoamericana eran portadoras de la simiente de un socialismo con rostro humano –en el entendido que el propio no lo tenía-, capaz de deslumbrar por proveer mercados abarrotados de productos de alta calidad y competitividad que no podían adquirirse en el cerrado mercado soviético. A la vez, una seductora apariencia de libertad individual y de preocupación por los derechos de los individuos daba cuenta de los problemas que el socialismo “marxista” no había sido capaz de proveer.
El desconocimiento de otras realidades, unido a una bien entrenada docilidad para aceptar el conocimiento y los hechos como productos facturados, había creado en muchos una conciencia política y social poco aguda. El pueblo se había habituado a recibir todo, incluso las ideas. Nada era sometido a debate, sino más bien impuesto. La ideología de la Revolución dejó de estudiarse en sus fuentes para ser sustituida por los famosos manuales que interpretaban -en aras de “ahorrar tiempo y facilitar el estudio” su inamovilidad: Lenin, y punto. Maurice Torés era sólo un comunista francés, líder de la III Internacional, una tarja y un nombre de avenida, Antonio Gramsci un comunista revisionista italiano, José Carlos Mariátegui un buen luchador latinoamericano de ideas socialistas pero demasiado idealista, Althuser no existía y Che Guevara fue, a lo sumo, un revolucionario romántico.
Así, cuando Gorbachov llega al poder, quiere cambiar las cosas, pero se compara con los modelos capitalistas de bienestar escandinavos, clama por más humanidad y sensibilidad pero se pierde en los combates de Afganistán, en la compra de costosos trajes Armani y perfumes franceses y en opulentas cenas con Margaret Tatcher y Ronald Reagan, mientras el país languidece. Quiere despertar al periodismo para que sea portavoz de los necesarios cambios y convierte la profesión en un grosero ejercicio de stripteases. Saca al genio de su lámpara, destapa la caja de Pandora y no alcanza a reunir valor, talento ni intención de pararlo porque al final, lo va a confesar: “había que cambiarlo todo”… ¿Todo?
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Entre 1989 y 1998 ha crecido en Cuba una generación de muchachos que lo único que han conocido es el rostro amargo y duro de la crisis, en el trasfondo de la prolongada guerra de los Estados Unidos contra Cuba, acentuada en sus efectos por el impacto mundial y particular de la desaparición del socialismo soviético y su prole bastarda del Este de Europa. Las comparaciones cojean –siempre advirtió Lenin- pero también nos enseñó que la verdad se establece sobre la base de la confrontación de experiencias vitales e ideas.
Para esos jóvenes, como para los que irán naciendo en este aún prolongado camino, el contraste entre el pasado y el presente, alimentado por un enfrentamiento de ideas cada vez más recio, será el referente esencial sobre el que construirán su propia visión del mundo. El pasado más cercano es la experiencia de sus padres, hijos mimados de la Revolución que hicieron sus abuelos. La Cuba de estos últimos, solidaria, sin desigualdades dolorosas, generosa hasta el exceso (y el abuso), está para ellos demasiado lejos. Las historias contadas les parecen ficción en medio de las otras, de supervivencia, del cansancio de unos y los errores y simplificaciones de otros. Lo que hoy aprendan y mal aprendan los llevará a actuar y mal actuar en el futuro. Si reniegan de la historia, si solo les ofrecemos respuestas y aplazamos o no compartimos sus preguntas y las nuestras, si no identificamos juntos lo errores y los rectificamos entre todos, si reducimos los argumentos a consignas y los volvemos incapaces de pensar y expresarse con voz propia, si los enseñamos a conformarse con la mediocridad y lo banal; si por todo ello abandonan las guayaberas por el frac, si nos olvidamos de que la pobreza, por larga que sea, pasa y que lo que no pasa es la deshonra que sobre sus hombros pueden ser capaces de echarse los hombres, no será de ellos la culpa, sino nuestra.
Con todo lo que se reconoce que se imitó y copió, no cometimos aquí los disparates, los abusos, ni los excesos esenciales del llamado socialismo real. No nos enajenamos nunca del mundo circundante ni del contexto occidental en que vivimos y surgieron todas nuestras ideas: Marx, Martí, Fidel. Muchas de nuestras mayores distorsiones tienen su origen en el país neocolonial denunciado en el juicio del Moncada, otras en la larga batalla que hemos librado contra el Imperio –son cicatrices y traumas de guerra-, y las hay también –las menos- hijas de los errores de un país joven que jamás se construyó por recetas y que siempre desdeñó todos los moldes. Levantamos fraguas de hombres nuevos y enseñamos desde niños a imitar el modelo humano del Che, pero no todos crecimos a la estatura del sueño, ni guardamos lealtad al juramento de parecernos al heroico guerrillero. Ya sea por yerro, por tolerancia o por paternalismo, de algunos troncos torcidos, y también de otros más rectos, brotaron retoños truncos.
A esos posibles Gorbachovses cubanos ya puede vérseles asomar en los claros corredores de hoteles, de empresas mixtas y estatales, en agitados pasillos de administraciones justificantes e incapaces, en quietas oficinas donde se cuidan como tronos las butacas, los carros y los aires acondicionados, en los oscuros callejones donde el mercado negro y la ilicitud pululan, en las vidrieras que algunos nos importan, en el desenfreno por el consumo y la complacencia con lo mal hecho, con lo sucio, lo superfluo y lo vulgar, en el individualismo y el egoísmo; y también puede hallárseles en los proyectos de vida frustrados, las oportunidades postergadas, la mesa magra, el techo tambaleante y el escaparate vacío donde no pocos redujeron finalmente a la desesperanza el acto de pensar, soñar y vivir.
Aunque diferentes de los soviéticos en sus apariencias, son esos muchachos –nuestros muchachos- los portadores de los riesgos que nos pueden rondar tarde o temprano.
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Las crisis económicas, dicen los estudiosos, no se saldan sin un costo político y moral. Añaden: diez años es lo máximo soportable por las sociedades humanas, según la experiencia internacional.
Rompiendo todos los oráculos, aquí seguimos en pie y sin grietas sustanciales, aparentes. Nadie puede predecir cuán más largo será el período especial y cuántos más apagones nos quedan por soportar. No hay quien pueda poner fecha al retorno final de la economía y la pirámide social a su justa posición. Nadie puede vaticinar cuándo los Estados Unidos cesarán el acoso, la presión, el bloqueo y la agresión contra Cuba, admitiéndonos como queramos ser, libres, soberanos e independientes, y no “la más jugosa adición que puede hacerse a la Unión americana”, como proclamó uno de los padres fundadores hace más de doscientos años. Ni siquiera sabemos si, además de a ellos, tendremos que confrontar a otros poderosos adversarios –pues tal crece y se extiende el poder avasallador y el despliegue del capitalismo imperial globalizado.
En las guerras abiertas hemos probado virtud, talento y músculos. Pero en el desgaste y la desilusión, en la pelea por nuestras conciencias, que será la próxima apuesta de nuestro pretendido holocausto, todo está por demostrarse. La nueva guerra es de pensamiento, hay que volverlo a repetir. La revolución vive de construirse, crecer y defenderse a diario. Ni el cansancio, ni la indiferencia serán nunca buenas señales de salud. Lo que debemos hacer es atajar a tiempo nuestros males e impedir, con actos e ideas, que nos crezca una generación trunca, que broten y se encumbren nuestros propios Gorbachovses; esos que, de tener la oportunidad, pudieran llegar a derribar las estatuas de José Martí al compás de The Star-Spangled Banner!, y entre brindis de Bacardí y chorreando grasa de hamburguesas por las comisuras de sus labios, se atreverían a firmar la capitulación sobre los pedazos de la Constitución socialista de 1976.
Antes de vernos obligados a desenvainar el machete otra vez, ganémosles martianamente: ¡a pensamiento!
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